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Las dos caras de emigrar a Florida

Muchos boricuas llegan con un trabajo en la mano, pero otros pasan una transición dura y complicada tras abandonar Puerto Rico. Mira los vídeos

21 de diciembre de 2014 - 12:00 AM

Archivo
Esta historia fue publicada hace más de 11 años.

ORLANDO - Son cada vez más los puertorriqueños que se aventuran a buscar el “sueño americano” en el reino oficial del mundo de la fantasía.

La ola migratoria boricua de las últimas dos décadas ha tenido como epicentro la Florida central, sobre todo la zona metropolitana de Orlando, que incluye a Kissimmee, alentada en gran medida por la industria de centros de entretenimiento y servicios generada alrededor de la evolución del conglomerado “reino mágico” de Disney.

Afectados por una crisis fiscal y económica que parece no tener fin, muchos abandonan la Isla aunque tienen trabajo -como ha sido el caso emblemático de ingenieros de la NASA y maestros-, certeros de que Florida será su pasaporte hacia un nuevo comienzo. 

Para otros, en una tendencia que parece ir en crecimiento, la emigración es todo un experimento: son los que llegan sin trabajo, dominio del inglés y/o medio de transporte, lo que complica su transición e incorporación a su nuevo entorno.

“Hay muchos casos de gente que viene a explorar, sin nada seguro. Algunos se han traído a su familia, sin tener casa, ni trabajo y han tenido que vivir un largo tiempo en un hotel. Eso es un error”, dijo la directora de la Administración de Asuntos Federales de Puerto Rico (Prfaa) en Florida, Betsy Franceschini, cuya oficina de Kissimmee ha atendido a más de 8,300 puertorriqueños en los pasados 19 meses, en persona, por teléfono o internet.


Cuando se le pregunta al nuevo emigrante por qué dejó la Isla, las respuestas principales se pueden resumir en dos, simples y contundentes: la búsqueda de mejores oportunidades de trabajo y, aunque las estadísticas indiquen una baja en la tasa de criminalidad, dejar atrás la inseguridad de las calles de Puerto Rico.

Tener familia en la zona facilita la decisión.

En Orlando, con una población de 255,000 personas y donde residen alrededor de  30,000 boricuas, la presencia puertorriqueña es significativa. Pero es mucho más evidente en Kissimmee, donde proliferan los negocios borinqueños, sobre todo de comida, los anuncios publicitarios en español y los boricuas suponen cerca de un tercio de los 60,000 habitantes.

Héctor Areizaga, por 12 años maestro en el sistema de educación pública de Puerto Rico, es una de las caras de la nueva emigración, que ha elevado el total de boricuas en Florida a cerca de un millón (rondaban en 2013 los 924,000 según la Encuesta de la Comunidad del Censo de los Estados Unidos).

Dos días antes de la Navidad de 2013, Areizaga no podía despegarse de la radio y la red de internet en San Juan. En una apresurada sesión, como acaba de suceder con “la crudita”, la Legislatura de Puerto Rico recortaba los beneficios del sistema de retiro de los maestros.

Para Areizaga, de 58 años y quien fue director de la escuela Rafael Cordero de Aguadilla, la prisa de los legisladores significaba que su jubilación como maestro, en vez de a los 65, no le haría sentido sino hasta mucho más tarde. La larga espera por el retiro estaría endurecida por un cheque más pequeño.


Ante la amenaza del cambio en las reglas, Areizaga renunció a su puesto de maestro el verano pasado. Su hija Katina, quien tiene dos hijos, estaba además en el proceso de ir a reencontrarse con su marido, que ya trabajaba en Orlando.

Cuando El Nuevo Día fue a entrevistarlo, Areizaga -quien fue locutor comercial en el baloncesto puertorriqueño-, ayudaba a su hija, sus dos nietos y yerno a instalarse en un apartamento ubicado a 12 minutos del aeropuerto de Orlando. 

Allí su familia paga una renta de $900 al mes, en un apartamento de tres cuartos, con sala-comedor-cocina integrada.

Después de pasar la Navidad en la Isla, Areizaga regresará  a buscar dónde vivir y continuar la búsqueda de trabajo en la zona de Orlando. “La calidad de vida y la seguridad laboral se puso extremadamente complicada en Puerto Rico”, dijo Areizaga.

Su hija, que hasta su cierre trabajó como mesera en un restaurante de Aguadilla y no domina el inglés, en su momento también buscará  trabajo. 

En su caso,  Héctor Areizaga -quien domina el inglés y tiene una maestría en administración-, piensa que tiene dos opciones principales: certificarse como maestro o buscar un trabajo administrativo. “Nos sentimos más relajados. Los servicios que recibimos del gobierno son extremadamente ágiles”, agregó  Areizaga, esperanzado en un mejor futuro.

Un cambio planificado 

Carlos Díaz, por su parte, diseñó con tiempo su mudanza a la zona de Orlando. Es pensionado de la industria farmacéutica, en la que trabajó por 25 años.

Su hijo de 17 años -activo desde pequeño en el baloncesto-, quería venir a estudiar su escuela superior en la zona de Orlando y tratar de desarrollarse en el deporte. Conocían el área por frecuentes visitas a familiares y a los centros de Disney.

“Hicimos un plan, dos o tres años antes de mudarnos, con miras a darle la oportunidad de que iniciara su ‘high school’ en Estados Unidos”, dijo Díaz.

Lleva dos años y medio en la zona residencial de clase media alta en Wyndham Lakes, en Orlando, a medio camino de Kissimmee.  El patio de la casa da a un lago. 

Su hijo había estado en escuelas privadas en Puerto Rico. 


“En términos de educación, se le ofrece la misma calidad, en algunas áreas mejor que la privada sin tener que pagar”, sostuvo Díaz, al resaltar además las ofertas extracurriculares del sistema escolar público de Orlando.

Poco a poco, dijo, se acostumbró a destensarse con respecto a las salidas de su hijo y a la seguridad en su casa. “Me siento más seguro en el área de Orlando. A la gente le digo que hay que prepararse económicamente y hacer un plan de transición. Estamos en otro mundo, aunque con la particularidad de que tenemos una gran población puertorriqueña e hispana”, dijo Díaz.

Edwin Ocasio, cofundador del grupo de teatro Contrapuntos, lleva dos años viviendo en la zona de Orlando y desde hace un año comenzó a presentar sus proyectos en esta zona.

“En Orlando he encontrado estructura. Quizá la permisología es tan estricta como en Puerto Rico, pero funcionan más rápido y creo que están enfocados en facilitar el proceso de producción, que en mi caso es el teatro”, sostuvo Ocasio.

Huyendo del frío

Carmen Pastor, Gustavo Torres y sus tres hijos integran, por su parte, una de las muchas familias que ha vivido en estados con temperaturas frías y escoge  la zona de Orlando/Kissimmee como destino. Es el caso de muchos boricuas que dejan Nueva York, Chicago (Illinois) o la zona de Hartford (Connecticut), en busca de un mejor clima y un ritmo de vida más sosegado.

Desde hace cinco meses, la familia Torres-Pastor vive en Kissimmee, en el vecindario de Ponciana. La casa que tienen rentada les ofrece el patio con el que soñaron durante las últimas tres décadas en Connecticut.

Y viven literalmente rodeados de boricuas. En el círculo en que residen, siete de las nueve casas son de familias de origen puertorriqueño.  

“Esto es como Puerto Rico”, dijo Carmen Pastor, encantada de encontrar en Kissimmee muchos más productos autóctonos y negocios boricuas que en Willimantic, donde vivían en Connecticut.

Desde hace cuatro meses, Coraly Sánchez, de 24 años, se mudó a Ponciana, en Kissimmee, “en busca de un cambio de vida”. Con su exmarido vivió un tiempo en Chicago, pero luego regresó a San Juan.

Piensa seguir en Kissimmee, donde trabaja en un negocio de comida boricua, hasta principios de año. Pero, Florida central se le hace muy tranquilo. Dice que pronto irá a probar suerte en Filadelfia, Pensilvania. Si tampoco se acostumbra, entonces volverá a la Isla.

(Busca la historia completa en la edición impresa de El Nuevo Día).

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