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Desde donde escribo en Madrid

El escritor nicaraguense Sergio Ramírez, a quien el gobierno de su país le tiene prohibido regresar, cuenta la cotidianeidad que ve desde la ventana del apartamento en que lleva tres años residiendo en Madrid

7 de julio de 2024 - 1:00 AM

Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del autor y no reflejan las opiniones y creencias de El Nuevo Día o sus afiliados.
Foto ilustrativa de circo, payaso (Archivo)

La ventana del cuarto donde escribo da a un patio de luz del edificio y diviso a la rusa rubia en su cocina, encendiendo el fuego para la marmita del té del desayuno, sus trenzas recogidas en una corona y la cara de desvelo porque ha venido a visitarla anoche el venezolano con voz de barítono que le trae flores en un cartucho de papel de seda y se sienta a esperar que prepare los blinis de la cena mientras le cuenta embustes que él mismo celebra entre risas sonoras, y luego de recoger ella los platos apagan la luz y viene el silencio.

La cocina que sigue es la de la señora de andar enérgico que extiende los brazos fuera de la ventana para colgar la ropa en el tendedero, las bolsas del delantal llenas de prensadores que se pone de a dos en la boca mientras va colgando unos pantalones de azulón del marido, unos shorts deportivos, una camiseta a rayas rojas del Atlético, un camisón de dormir azul celeste, y no tarde en entrar en disputa por el uso de una de las cuerdas con el vecino, un viejo jubilado que aún dentro de su casa lleva siempre su bastón y una gorra de jockey, y que a pesar del enfisema que le quita fuelle al andar sale a fumar a la acera escondido de la esposa, y dice él esa cuerda no le corresponde, y dice ella, vaya sino me corresponde, y entonces dice él, no empiece una guerra, y dice ella, joder, venga ya, con lo que a mí me gustan las guerras.

En el patio de luz contiguo, y que da por uno de sus costados al circo Price, la ropa colgada suele desprenderse de los prensadores y volar libre, y entonces aparece en el tablero de anuncios del vestíbulo el aviso se ruega al dueño de los calzones que cayeron en el patio del circo Price pasar a reclamarlos con el guarda del mismo porque de lo contrario dispondrán de ellos. También entran por la ventana las voces amortiguadas de los escolares traídos a las funciones de circo a bordo de enormes autocares, voces y risas de admiración frente a las pruebas que estará haciendo el mago en el redondel, serruchar por la mitad la caja dorada donde ha metido a la mujer vestida de lentejuelas, hacerla desaparecer debajo del paño negro con que la ha cubierto. Siempre me repito que voy a ir una de esas funciones, sobre todo cuando anuncian concursos de magos. Solo es bajar en el ascensor los cinco pisos y ya estoy en la puerta del circo. Pero ya van tres años y nunca me resuelvo, y vaya sino quiero conocerlo, es un circo fijo como el famoso circo de Moscú, con su propio edificio donde, según entiendo, antes hubo una fábrica de galletas, y hasta esta ventana habrán llegado en un tiempo olores de masa recién horneada y vainilla y anís.

¿Un circo que nunca se mueve de lugar? Los circos en mi memoria son andariegos, llega una madrugada la caravana de camiones, arman los tinglados en un baldío y cuando se van los desarman. Los que aparecían en mi pueblo algunos no tenían ni carpa, solo un redondel de lona a través de la que transparentaban las siluetas de los espectadores sentados en los tramos de la galería. Contrataban a mi tío Carlos José con su clarinete con el que punteaba la entrada de los payasos, Gustavo Blanco con el redoblante, un niño con los platillos, y a cielo abierto se veía volar a los trapecistas ejecutando el salto de la muerte antecedido por el crescendo del redoblante y marcado por el estallar de los platillos, payasos, malabaristas, domadores, equilibristas, no es que durmieran en esos remolques que se ven en las películas de circo, se alojaban en pensiones o alquilaban entre todos una casa vacía y salían a las calles como seres extraños de otro mundo. Un día entró uno a la tienda de mi padre a comprar cigarrillos y estaba la Mercedes Alborada sacando brillo al piso con el lampazo, su hijito andando a gatas tras ella, y el hombre, que debió haber sido uno de los payasos, sin la cara pintada cómo podía saberse, le dijo, señora, me vende a ese niño para echárselo al león de almuerzo, y ella como un rayo dejó el lampazo y enardecida agarró el cuchillo de partir el queso en pedazos de una libra, media libra y cuatro onzas y se abalanzó sobre el payaso o lo que fuera que haya sido que si no acierta a dar un salto hacia atrás y salir huyendo lo degüella allí mismo.

En lo que estábamos, bajar en el ascensor cinco pisos y ya estoy en la puerta del circo, pero el caso es que en ese ascensor se quedó encerrado el venezolano hace poco porque se paró a medio camino y tuvo que esperar más de una hora mientras la compañía de mantenimiento enviaba a rescatarlo, la rusa de las trenzas en corona sentada en las gradas de la escalera consolándolo, el ascensor entrampado a medio camino entre el tercero y el cuarto piso, y la voz de barítono, como desde el fondo de un pozo, diciéndole que de esas situaciones mejor reírse, pero nada de aquella su risa sonora mientras esperaba los blinis, más bien acobardado, aquí adentro hace calor como en Maracaibo, compadre, ¿crees Ekaterina, que vendrán pronto?, y ella, asomándose al pozo, el móvil en la mano, vienen cerca de la puerta de Toledo pero hay demasiado tráfico, un ascensor que anda lento, como lleno de fatiga y desdén, y no es ni viejo ni nuevo, un cajón forrado de latón, más seguros esos antiguos que parecen de museo, una cabina de maderas lustrosas con puertas dobles acristaladas y banqueta forrada de terciopelo grana, un espejo biselado, todo un boudoir, o mejor, la caja de un mago.

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