
Opinión
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Las vacunas experimentales contra el cáncer han tropezado durante años con un problema logístico: que no sabían llegar. Aunque cargadas con antígenos o proteínas tumorales capaces de evocar una respuesta inmune en contra del tumor, muchas vacunas se perdían en el cuerpo antes de alcanzar su destino: los ganglios linfáticos (también conocidos como glándulas linfáticas), ese centro donde los linfocitos identifican y atacan cualquier cosa que no debería estar allí.
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