


La historia, sustentada en estadísticas sobre el porcentaje de la población mundial que alcanza el sueño de llegar a las Grandes Ligas, es contundente y real: menos del 1% lo logra.
De ese reducido grupo, menos del 10% consigue alcanzar los 10 años de servicio, una cifra que hoy se considera un hito poco común.
Elementos como talento, perseverancia y consistencia, en muchas ocasiones, no son suficientes.
El valor añadido es vital. Y dentro de ese valor añadido hay un factor determinante: la salud, particularmente el aspecto mental —el mindset—, una virtud reservada para muy pocos.
La cantidad de peloteros boricuas que han jugado en las Grandes Ligas se aproxima a los 300.
De ellos, alrededor de 15 han participado en 15 o más temporadas. Carlos Beltrán, junto a Iván Rodríguez, alcanzó las 20 temporadas.
¿Qué tienen en común?
Fueron jugadores de seis herramientas, ganadores de múltiples galardones, incluyendo anillos de Serie Mundial.
La sexta herramienta —la más subestimada— es el aspecto mental.
Las otras cinco son conocidas: poder, velocidad, brazo, fildeo y bateo de promedio.
Al entrar directamente en la carrera de Carlos, más allá de sus impresionantes estadísticas —que lo hacían merecedor de la inmortalidad incluso antes del presente año—, es justo y necesario desmenuzar esa sexta herramienta, desde varios ángulos y desde mi perspectiva.
La matemática no falla.
Estuvo en el terreno durante 20 temporadas, consumió 9,768 turnos al bate, empujó y anotó más de 1,500 carreras, con 2,725 imparables.Fue premiado con múltiples Guantes de Oro y Bates de Plata.
Al mismo tiempo se desempeño como guardabosque central gran parte de su carrera y tambien el bosque derecho.
Se desempeñó mayormente como guardabosque central, además de cubrir el bosque derecho. Tenía poder para conectar cuadrangulares y, a la vez, velocidad en las piernas, siendo un excelente robador de bases.
Sus estadísticas y porcentajes no mienten.
Registró 130 asistencias a lo largo de su carrera, evidencia de un brazo respetable.
A tales estadísticas, añada:
A todo lo anterior le falta un detalle irremplazable: el tiempo con la familia y sus propios procesos.
Muchas personas perciben el glamour y el escenario de las Grandes Ligas como lo máximo. Deportivamente lo es. Pero también es una carrera de sacrificios profundos, que demanda días, meses y años.
Mientras más longeva es la carrera, mayores son los sacrificios: balancear familia, esposa, hijos, preparación, salud, entrenamientos y el desgaste físico de movimientos repetitivos año tras año.
Tuve la oportunidad y el privilegio de ver a Carlos de cerca en distintos escenarios y etapas de su carrera, incluso de trabajar con él durante su estancia con los Mets de Nueva York, en Clásicos Mundiales y fuera de temporada.
¿Qué vi en él?
Observé características que, a lo largo de mi carrera, no vi en muchos:
Aun así, extendió una carrera que el 95% hubiera dado por terminada.
Utilizó esa sexta herramienta —la capacidad mental— para seguir impactando el juego, dejando un legado y un profundo sentido de responsabilidad para la cepa actual que nos representa y para las futuras generaciones, incluso en días de dolor.
Desde mi perspectiva —y no tengo la menor duda—, con la mitad de esos dolores, Carlos habría alcanzado 600 dobles, 400 bases robadas, 3,000 imparables, 1,700 carreras empujadas y 1,700 anotadas.
Mi gente, el orgullo del pueblo de Manatí y de Puerto Rico fue un fenómeno con etiqueta de Hall of Fame desde su debut en septiembre de 1998.
(El autor es fisiólogo del ejercicio y posee un centro de desarrollo y capacitación. Puede ser contactado al correo electrónico: jc_scs@yahoo.com)

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