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El atleta o el sistema: ¿quién corre realmente en la prueba del maratón?

Carlos Guzmán, directivo de la Federación de Atletismo de Puerto Rico, reflexiona sobre cómo el maratón se ha convertido en una expresión del poder tecnológico y estructural

29 de abril de 2026 - 2:00 PM

Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente del autor y no reflejan las opiniones y creencias de El Nuevo Día o sus afiliados.
Sabastian Sawe celebra tras ganar la carrera en Londres en menos de dos horas. (Ian Walton)

La prueba del maratón siempre ha sido una vitrina del poder de la sociedad.

No del esfuerzo individual, como muchas veces se quiere vender, sino del sistema que produce ese esfuerzo. Esta semana lo dejó claro.

Por un lado, en Pekín, un robot humanoide completó el medio maratón más rápido que cualquier ser humano en la historia con 50:26 minutos.

Por otro lado, en Londres, dos atletas rompieron la barrera de las dos horas en el maratón en una competencia oficial.

Sabastian Sawe registró tiempo de 1 hora, 59 minutos y 30 segundos (1:59:30), pulverizando el anterior récord mundial masculino por un asombroso margen de 65 segundos.

Apenas 11 segundos detrás llegó el etíope Yomif Kejelcha, quien —en su primer maratón— también completó los 42.2 kilómetros en menos de dos horas.

Dos eventos que, lejos de contradecirse, revelan la misma realidad: el rendimiento ya no es solo humano.

Conviene decirlo sin rodeos: el atleta de élite moderno no compite solo con su talento. Compite con tecnología, con inversión y con estructuras que lo diseñan casi pieza por pieza.

La idea romántica del corredor que “se supera a sí mismo” está cada vez más lejos de explicar lo que realmente ocurre.

No es nuevo. Nunca lo fue.

Desde Filípides hasta hoy, el cuerpo del corredor ha estado al servicio de algo más grande.

Primero fue la supervivencia de la civilización de Atenas frente a Persia. En los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, fueron los dioses y las ciudades-estado; con el renacimiento de los Juegos Olímpicos Modernos en 1896, las naciones-estado; y más tarde, las ideologías.

Hoy, ese poder se distribuye entre estados, marcas deportivas y capital tecnológico. Cambian los actores, pero no la lógica: el cuerpo sigue siendo un instrumento del poder de la sociedad.

La diferencia es que ahora el nivel de intervención es total. La frontera de lo humano y la tecnología en el deporte se fusionan en una nueva geografía política del rendimiento.

La tecnología ya no es un apoyo externo. Es parte del rendimiento mismo.

Sin zapatillas ultralivianas, sin análisis de datos, sin estrategias de ritmo calculadas al milímetro, esos tiempos históricos simplemente no existen.

No estamos viendo solo atletas mejores; estamos viendo sistemas más eficientes.

Y aquí es donde el debate se vuelve incómodo.

Si el rendimiento depende cada vez más de factores externos al atleta, ¿qué exactamente estamos celebrando? ¿El esfuerzo humano… o la capacidad tecnológica detrás de ese esfuerzo? ¿La excelencia del corredor… o la ventaja del sistema que lo respalda?

El caso de Abebe Bikila, corriendo descalzo en 1960, suele presentarse como símbolo de pureza deportiva. Pero incluso ese gesto fue una respuesta política, un acto cargado de contexto.

El deporte nunca ha sido neutral. Hoy, simplemente, es más evidente.

La aparición de máquinas capaces de superar al humano no marca el fin del deporte. Pero sí obliga a redefinirlo como una manifestación compatible del transhumanismo y el manifiesto de la elite con la Republica Tecnológica del siglo XXI.

Porque si la referencia deja de ser el límite humano, entonces la pregunta ya no es quién corre más rápido.

La pregunta es otra: ¿qué estamos midiendo… y al servicio de quién?

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