Nos dice Manuel Álvarez Nazario que, en el habla campesina, nuestro jíbaro añadía (e incluso algunos citadinos) el prefijo a- a muchas palabras, especialmente a los verbos. Esta adición, o debo decir rasgo del habla campesina, nos llega por herencia, asegura Álvarez, “de etapas antiguas en la historia medieval del castellano”. Sugiere este autor que esa a- que le añadía el hablante, tenía el propósito de intensificar lo dicho. Esas viejas prefijaciones, como por ejemplo arreguindarse y arrempujar, se arraigaron a partir de la colonización española y, además, “con las oleadas migratorias” de las islas Canarias, quienes con su presencia y su particular modo de hablar (dialectos en contacto), influyeron en el habla campesina y, hasta hoy, en el habla general. Muchas de ellas, aunque no las use, de seguro le serán conocidas, como por ejemplo, abombarse, y otras no tanto, como acortejarse. ¿Había escuchado amancebarse? Y ¿qué me dice que amañarse? En diciembre, a muchas personas les arropa la melancolía y se aplatanan, mientras que otros no se pierden ni un bautizo de muñecas y se atacuñan de lechón, pasteles, arroz con gandules y morcillas. Ya que estamos en época festiva, y hay fiestas en cada esquina, sea prudente con el consumo de alcohol, pues nada bueno saca con ajumarse. En esta Navidad, celebre con precaución y pase la llave si se ajuma, para que, aunque sea apalastrado, llegue a su destino.
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ARREGUINDARSE
La profesora Aida Vergne explica el uso del prefijo a en Puerto Rico y la influencia de las Islas Canarias.
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