


Estamos en las postrimerías del 2020; un año que parece haber sido más largo que todos los anteriores que hayamos vivido. Un año que entró ya en los anales de la historia mundial por la rapidez y voluptuosidad con que se expandió la pandemia del COVID-19 y la dureza de sus consecuencias. El fin de 2019 presagiaba que así podría ser, pues el virus SARS-CoV-2, que causa la enfermedad, se transmite mediante pequeñas gotas que se emiten al hablar, estornudar, toser o exhalar, actividades humanas cotidianas naturales y extendidas. Probablemente, si en el diseño de estrategias de combate se hubiera dado más valor al conocimiento científico, incluyendo a las ciencias sociales, tendríamos mejores resultados. Futuras generaciones se preguntarán por qué no lo hicimos. Hoy, los gobiernos del mundo pagan las consecuencias de no haber escuchado suficiente a la ciencia y a la historia; también de haber privilegiado la actividad económica sobre la vida misma.

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