Jaime Lluch
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Democracia ahora para Puerto Rico

Hace mucho tiempo que en Puerto Rico se vive en una democracia de muy baja calidad. ¿Cómo podemos lograr que una sociedad humana se convierta en una bien gobernada, próspera y profundamente democrática?

Una de las mejores explicaciones la acaban de proveer Acemoglu y Robinson en su obra reciente (2019) sobre el “corredor estrecho” que en la modernidad ha llevado a crear sociedades democráticas. Si Hobbes (1651) escribía sobre la necesidad de construir un estado centralizado fuerte, en realidad el desarrollo de los estados centralizados a menudo ha llevado al Leviatán Despótico que ha sido opresivo contra sus propios ciudadanos y reprimido la libertad (p. ej., Guatemala en el siglo 20, China hoy en día, o la Rusia de los zares). El opuesto a través de la historia ha sido el Leviatán Ausente, las sociedades donde el estado es inexistente, fallido o inefectivo: en esas sociedades las personas a menudo son víctimas de la violencia y es imposible que pueda florecer la libertad en esas condiciones (p. ej., Libia o Siria hoy en día) (Acemoglu/Robinson 2019). Además, ha existido en muchas sociedades humanas una variante del Leviatán Ausente que es la encerrona de las normas tradicionales: para imponer el orden en la ausencia de un estado centralizado se dependía de relaciones de autoridad, de dependencia y clientelismo y otras normas tradicionales que regulaban la vida y con el tiempo se convirtieron en otra forma de dominación y una especie de “jaula tradicional” de la cual una sociedad no podía librarse para avanzar hacia la libertad multidimensional (Acemoglu/Robinson 2019: 23). En el Leviatán Despótico, hay demasiado estado y poca sociedad. En el Leviatán Ausente, hay demasiada sociedad y poco estado (Wolf 2019).

El único estado que va a crear las condiciones para la democracia y la libertad es un “Leviatán Encadenado”, donde hay un equilibrio entre estado y sociedad (y ambos son fuertes), y se desmantela la jaula de las normas tradicionales. El estado le rinde cuentas a la sociedad en lugares como Costa Rica, Uruguay y Canadá. En Estados Unidos lo que asegura el balance entre estado y sociedad no es solo la Constitución y la Carta de Derechos, sino la gente misma que va a querellarse, va a marchar y va a protestar enérgicamente cuando hiciera falta, como se está viendo en estos días en respuesta a la brutalidad policíaca contra minorías.

¿Entonces, por qué la democracia de baja calidad en Puerto Rico? Primero, no hay confianza en el gobierno. La confianza, no el miedo, es la piedra angular de un gobierno fuerte. Segundo, como el gobierno no es fuerte suceden cosas como lo que vemos desde enero: el gobierno aquí con el virus lo único que ha logrado es encerrarnos y ni siquiera ha podido montar un sistema de rastreo de contactos, etc. Tampoco ni siquiera ha podido administrar un CESCO bien o administrar un sistema de educación de calidad. Tercero, la “jaula de las normas tradicionales” sigue robusta: abundan el clientelismo, las relaciones verticales de autoridad y dependencia y el amiguismo en la contratación gubernamental, etc. Cuarto, la sociedad aquí en general es débil y exhibe demasiada quietud y pasividad. El verano pasado la consigna no debió haber sido “fulano renuncia”: tenía que haber sido “Democracia ahora”.




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