


Hay nombres que se pronuncian una sola vez en la vida y le cambian el peso al aire. Durante la Vigésima Tercera Colación de Grados del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, en una sala llena de togas negras y de amigos y familiares emocionados, se pronunciaron muchos nombres, uno detrás de otro, como quien reza una retahíla de futuros. Cada mención duraba apenas diez segundos. Una mano que entregaba un diploma. Otra mano que lo recibía. Y en ese instante mínimo, ese pestañeo, cupieron cincuenta años enteros del centro docente, apretados como se aprieta la vida en una fotografía vieja de alguien que ya no está.

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