José A. Fusté

Punto de vista

Por José A. Fusté
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El crimen, una crisis social

Leer los frecuentes artículos sobre la violencia de género y la generalizada violencia en crímenes contra la persona, incluyendo los diarios carjackings, trae a mi mente la larga lista de horrores que presencié desfilar ante mí por 30 años. Tanta sangre derramada, tanta tortura y, sobre todo, el hábito de rematar un cadáver hasta despedazarlo, dejaron en mí una huella permanente de desasosiego e inolvidables recuerdos que aún en el sueño salen a relucir.

Nunca olvidaré ciertos carjackings. Uno fue el de dos ancianos que se dirigían a un servicio religioso de madrugada. Indefensos como eran, los asesinaron sin piedad para quitarles un viejo auto. Otro fue el de un hombre mayor, que al ocurrir el carjacking, lo convirtieron en una momia viviente al cubrir su cuerpo de pies a cabeza con “duct tape” gris. Murió por asfixia.

Recuerdo también el crimen violento de alguien a quien los asaltantes se lo llevaron en su auto, lo asesinaron a tiros dentro del vehículo y luego comenzaron a burlarse del difunto, entablando una conversación-monólogo con su cadáver. También pienso en los muchos que no solo fueron asesinados, sino que les “borraron la cara” a tiro limpio, quedando las cabezas en pedazos e irreconocibles. No olvido a las mujeres que fueron objeto de carjacking, violadas y maltratadas físicamente. Terribles escenas que afectan la siquis del más fuerte, no importa lo acostumbrado que se esté a ver ese tipo de escena. Verdaderos horrores inconsistentes con el concepto de humanidad, con las cosas de Dios y la ética.

En los últimos años aquí han asesinado hasta 710 personas en un año natural. Es normal que estas muertes violentas ocurran a todas horas del día y de la noche y en cualquier predio, ya sea el Condado o el barrio más remoto de la isla. Proliferan las armas ilegales. No hablo de “revolvitos”. Se trata de rifles de asalto y pistolas, estas últimas convertidas en ametralladoras por armeros que en violación de la ley le hacen ese trabajo al elemento criminal. Recuerdo el caso de una armería que le vendió 5,000 balas para rifles de asalto a un individuo “con licencia”. Nadie preguntó y a nadie le importó. Las municiones se venden igual que la droga. En todas partes.

Se habla de estados con alta incidencia criminal y eso es cierto, pero incomparable con lo nuestro. En Washington DC metropolitano, si asesinan a 80 personas en un año, surge una revolución política pues no lo aceptan y lo combaten. La comparación con Puerto Rico es evidente. Nos llevamos el premio de violencia.

No sé cuál es la respuesta para atender este problema. La cárcel no resuelve nada por sí sola. Eso lo vi y lo viví. Sí hace falta acción policiaca efectiva y no se puede descansar solamente en el gobierno federal para resolver esto.

La educación sobre valores es sumamente importante. Y no duden que la pobreza y el desempleo, o el empleo mal remunerado, son abono para el semillero del crimen.

Hay que asumir la responsabilidad de la vigilancia colectiva. El miedo a informar a las autoridades se tiene que acabar. La sociedad tiene que adoptar un papel proactivo para ayudar al gobierno. Hay que hacer renacer los valores religiosos y éticos que han guiado a las sociedades por miles de años.

Es fácil señalar todo esto y difícil arreglarlo. Solo un esfuerzo gubernamental y social podrá al menos reducir los males sociales que dan lugar a esta desgracia. ¿Cuántos de ustedes conocen de casos de muerte o atentados violentos que les han tocado de cerca? Seguro que la mayoría. Han ocurrido en mi familia y en muchísimas familias puertorriqueñas.

No podemos seguir así. ¿Quién de nosotros será la próxima víctima? Busquemos soluciones a estos derramamientos de sangre que tan mala fama le traen a Puerto Rico. La dejadez no es la solución y el endurecernos al extremo de leer sobre la violencia mientras tranquilamente nos tomamos un café no lo es tampoco. Lo podemos hacer mejor.



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