


Lo que sorprende no es que un líder narcisista y megalomaníaco esté dando al traste con todos los principios que supuestamente regían la vida estadounidense: el estado de derecho, la democracia salvaguardada por instituciones fundamentales, el recurso a la justicia para todos, el orden cívico, la acogida generosa a los pobres de la tierra (¿quién se acuerda ya del poema de Emma Lazarus?). Lo que realmente sorprende es que en el plazo de un año todos los principios sobre los que Estados Unidos había basado su muy cacareado excepcionalismo se esfumaron, que ninguna de las instituciones que debían poner límites al poder absoluto haya funcionado como debía.

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