


Dostoievski ya no podrá salvarnos de Wanda Vázquez. Ni siquiera aquel profesor que me asignó “Crimen y castigo” encontraría la salida de este marasmo moral. Todavía lo recuerdo llegar al salón, con una prisa feliz, con su tímido acento chileno y una guayabera algo amarillenta, listo para convencernos de leer aquel novelón, que nos mostró eufórico como si se hubiera robado el mejor pedazo de pan sobao del mundo. Entonces yo no sabía bien qué era un indulto y no tuvo que explicarlo mucho porque lo dramatizó sin tapujos; hasta se puso las manos detrás y cerró los ojos, esperando las balas imaginarias del pelotón de fusilamiento del zar Nicolás I. Contó que el autor de la novela que íbamos a leer no se podía entender sin aquel día de diciembre, de mediados del siglo XIX, en que lo amarraron de un poste de la plaza Semenovsky junto a otros dos prisioneros, vestidos con gorros campesinos, con los ojos vendados y la fría extremaunción de un sacerdote rondándole por la oreja. Y justo cuando creía que lo iban a fusilar, escuchó que un mensajero llegó de golpe y leyó a viva voz el decreto imperial que sustituía su pena de muerte por trabajos forzados en un campo de Siberia, por cuatro años, seguido de una etapa de servicio militar.

Te invitamos a descargar cualquiera de estos navegadores para ver nuestras noticias: