


El intento de censurar libros es casi tan antiguo como la imprenta misma. A través de la historia se han confeccionado listas de libros prohibidos que eventualmente han terminado en la hoguera. Desde la persecución de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera por parte de la Inquisición española por traducir y publicar en castellano en 1569 la primera versión completa de los textos bíblicos originales escritos en hebreo y griego, conocida como la “Biblia del Oso”, hasta el intento de censurar la novela Ulises de James Joyce en Estados Unidos entre 1918 y 1933, donde las autoridades, impulsadas por sociedades puritanas, confiscaron y quemaron cientos de ejemplares en las instalaciones de la aduana de Nueva York por considerar que la novela era obscena. De igual modo, regímenes totalitarios tanto de derecha como de izquierda, establecieron organismos oficiales encargados de censurar la publicación de libros como el Ministerio de Ilustración Pública y Propaganda (dirigido por Goebbels) en la Alemania nazi, el Departamento de Censura, en la España de Francisco Franco, el Glavlit institucionalizado en la antigua Unión Soviética por Stalin y el Grupo de la Revolución Cultural en China establecido y dirigido por Mao Zedong. Estas instituciones no solo elaboraron listas negras de autores proscritos sino que también dirigieron la quema y destrucción física de miles de obras para garantizar que el pensamiento único de sus respectivos Estados no encontrara resistencia a base de las ideas que pudieran surgir como resultado de la lectura de algún libro.

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