Antonio Quiñones Calderón
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Las elecciones más decisivas de nuestra historia

El pasado domingo 3 marcó en el calendario el inicio del año que resta para los comicios de 11/20. Revisitando los más recientes acontecimientos, incluido el panorama general en que estos se han desarrollado, no es mera repetición cuatrienal presagiar que nos espera la más decisiva elección general de todas las efectuadas en la historia política moderna del territorio. 

Varias instancias de previsible influencia en la campaña ya iniciada (dígase que no) la elevan a esa categoría:  1) la decisión del pueblo, punto menos que unánime, por salir de la encerrona colonial prevaleciente, sin cuya solución (ha quedado meridianamente comprobado) no podrán resolverse los demás problemas sociales y económicos; 2) las ofertas económicas y sociales coherentes que debemos esperar de candidatos y partidos; 3) la influencia sobre el elector de la continuada intervención usurpadora de la Junta de Control Fiscal en la dirección gubernamental, que ha hecho añicos la constitución de gobierno interno de 1952; 4) las consecuencias del fin de un liderato fuerte y aglutinador en el PPD y su obligada búsqueda de un proyecto social e ideológico que sustituya la consigna de la mano suplicante de dádivas federales y la vieja fantasía del llamado “ELA”; 5) la estrategia ideológica, social y económica que esboce el Partido Nuevo Progresista, reivindicado luego de la traición a sus principios fundacionales de 1967 que le ocasionó una parte de su cúpula de gobierno, ya descabezada; 6) la estrategia que pueda desarrollar el PIP para superar su papel de una colectividad política venida a mera figura nominal, y 7) el efecto que pueda tener el grupo Victoria Ciudadana sobre los sectores ideológicos ambivalentes del PPD, el PIP e indecisos.

Las circunstancias anteriores podrían tener un efecto positivo y hasta pedagógico durante la campaña, si todos los protagonistas de la misma son conscientes de la necesidad de propiciar un debate público con total desapego a lo superficial, mediocre y populista, la hipocresía, la virulencia y la irresponsabilidad en la tribuna y en la oferta de soluciones a los verdaderos problemas del territorio. Me propongo atender esos escenarios, no sin antes insistir en que la decisión de los electores en 11/20 tiene que estar cimentada, cuando vayan a votar, sobre el conocimiento cabal de las opciones reales y medulares propias de un evento electoral decisivo para todo un pueblo. La verdad y el bien, decía Hostos, siguen un mismo camino y agregaba: “el que busca la verdad encuentra el bien”. De manera que sólo diciendo cada cual la verdad, podría producirse el resultado de un camino de bien para la presente y las futuras generaciones.

La discusión alrededor de la verdad sobre la prevaleciente relación política colonial debe tener, pienso, fuerte peso durante los próximos meses, porque, sin un entendimiento cabal de esa realidad y sus nefastas limitaciones, no podría el elector estar absolutamente convencido de lo forzoso de su abolición y de su sustitución por el estatus político que se ajuste de verdad a lo mejor para cada puertorriqueño.


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