Pedro Ortiz
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Mi derecho a hablar en una democracia

El cantor y poeta cubano Silvio Rodríguez, en su composición “Te doy una canción” narra la experiencia de entregarle a otra persona lo mejor de uno mismo y que al hacerlo “hago un discurso sobre mi derecho a hablar”. Después de transitar por las vivencias humanas desde su poesía, concluye diciendo que te doy una canción “como doy el amor”.

Pero en mi querido Puerto Rico, desgraciadamente, hay quienes intentan poner de moda aquello de callar a los demás. Algo que es tan distante de la verdadera democracia. 

Peor aún, intentan evitar así enfrentarse a las críticas, a los señalamientos de que han hecho algo malo, y hasta tratar de evitar que los demás puedan pensar que ellos están en un error, o que han hecho mal. De esa manera, se van endureciendo los bandos que quieren que el otro se calle, a como dé lugar. Y esto es tremendamente peligroso, venga de la línea ideológica que venga.  

Hay personas que se comportan como si quisieran parecerse así al pueblo norteamericano, donde la intolerancia y la persecución racial ya ha costado miles de muertos, mientras se intenta curar la grave enfermedad social prohibiendo palabras. Ya no se puede decir tal o cual palabra.  A ese ritmo llegará el momento en que no podremos decir nada. Las situaciones que llevan a los seres humanos a “gritar” o a protestar no se resuelven tapándoles la boca, como hace cientos de años aprendimos que con quemar a los herejes no se acaban las epidemias. 

Es mejor que nuestros hijos se atrevan a contarnos lo que les pasa a que tengan tanto miedo de hablarnos que nos vengamos a enterar de sus problemas cuando ya es tarde. 

Es mejor que el esposo y la esposa se digan las cosas, a que callen hasta que el matrimonio reviente. 

Es mejor, tanto en la vida individual como la social, que aquel que se siente agraviado o preocupado por algo nos pida explicaciones y que estemos dispuestos a responderle con el corazón abierto, pues el diálogo es fuente de luz.  

Dios nos creó varones y mujeres, con todas las preferencias imaginables, de todas las razas y culturas, de todas las condiciones físicas, desde los que tienen cuerpos atléticos y hermosos hasta los gorditos, altos y bajitos, bonitos y feos, con salud física y mental, así como con grandes limitaciones y discapacidad funcional. Hay incluso quienes llegaron a este mundo en cuna de oro y quienes nacieron en cuna de paja. Todos, sin embargo, tenemos la misma y única dignidad humana que nuestra constitución declara inviolable.

En este marco social en que vivimos les pido que el que quiera ser político y quiera ayudar a construir un mejor país con nuevos instrumentos de lucha política, que comience por aprender a escuchar, aunque lo que le digan no le guste, y a responder por sus propios actos, vengan de donde vengan los comentarios. El que sueñe con ser el mejor, con ser el campeón de la lucha, que comience por aceptar que todo ser humano es imperfecto y que todos los seres humanos pecamos, nos equivocamos y todos, en algún momento, tenemos que pedir perdón.

“El que tenga oídos para oír, que oiga”. 

Puerto Rico y el mundo han estado pasando por años difíciles, todos lo sabemos. Aquí el que más o el que menos, ha sufrido y tenemos muchas cosas que hay que hablar. No dejemos, como pueblo, que nos arrastren a peleas inútiles que distraen de los problemas urgentes de verdad. 

Como bien decía el poeta Miguel Hernández, “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.





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