


Que la literatura es mejor que la vida, eso lo sabe todo el mundo. Pero que “Nuestra Señora de París”, de Víctor Hugo, me saliera al paso, mientras la gobernadora tocaba la campana de Wall Street, eso sí que no me lo esperaba. No es que sea la primera vez; hace apenas una década, algún corredor de bolsa ilustrado vio una gráfica de la conducta errática del mercado financiero y la bautizó como el “patrón de Quasimodo”. Y hasta nombraron partes de la gráfica con el cuerpo deforme de aquel tierno monstruo medieval. Alivia en algo saber que los propios corredores engendraron un monstruo muy similar al de Víctor Hugo en la catedral de Wall Street. Basta leer la descripción de Quasimodo en la novela para imaginarse de los que son capaces de celebrar -y con campanadas- aquellos corredores de Wall Street: “nariz piramidal, boca de herradura, ojo izquierdo tapado por una ceja rojiza, ojo derecho perdido entre una enorme verruga, dientes amontonados y mentón partido”.

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