


Recientemente abordé la antidemocracia desde la masculinidad hegemónica. Aquí la examino desde un concepto clásico de la teoría política: el patrimonialismo. El sociólogo alemán Max Weber, en Economía y Sociedad (1922), definió el patrimonialismo como un sistema en el cual el gobernante administra el Estado como si fuera una extensión de su propiedad personal. En este modelo, no existe una separación clara entre lo público y lo privado; la lealtad sustituye la competencia técnica; y los cargos y beneficios se distribuyen por fidelidad antes que por mérito. En otras palabras, el poder deja de ser impersonal y se vuelve personal.

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