“Uno, dos, tres… uno, dos, tres”, susurré mientras me reía e intentaba seguir el paso de los bailarines en el escenario junto a mis amigas. El ritmo de bomba y plena retumbaba a mi alrededor mientras las luces azules y rojas del espectáculo nocturno puertorriqueño en la escuela Thomas Alva Edison iluminaban mi rostro. Una alegría desconocida, pero de algún modo nostálgica, me envolvía mientras bailaba al compás. En ese momento, algo dentro de mí cambió cuando comencé a recordar todos los aspectos de la cultura que siempre he amado tanto y lo orgullosa que me siento de ser puertorriqueña.

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