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Congo y la lucha por los bonobos: un santuario frente a la caza furtiva

Con leche, juegos y afecto humano, cuidadoras intentan devolver esperanza a crías rescatadas

13 de mayo de 2026 - 9:32 AM

Cuidadores del santuario Lola ya Bonobo atienden a bonobos huérfanos en Kinshasa, República Democrática del Congo. (Samy Ntumba Shambuyi)

Micheline Nzonzi acunaba a un pequeño y somnoliento bonobo, un huérfano cuya vida intentará salvar en los próximos tres años aproximadamente.

Las posibilidades del niño de 1 año son buenas, con afecto materno, leche del biberón y juegos frecuentes con otros bebés.

“Sin mí, sin nosotros, estos bonobos no pueden sobrevivir”, afirma Nzonzi, madre adoptiva de bonobos desde hace 24 años. “Sobreviven gracias al afecto humano”.

Esta guardería de primates en las afueras boscosas de Kinshasa, la capital congoleña, es el único santuario del mundo para bonobos huérfanos, normalmente rescatados de cazadores furtivos o encontrados atrapados en casas de lugareños que los crían por su carne.

Aunque grandes simios como los bonobos, en peligro de extinción, están legalmente protegidos de los cazadores, siguen siendo objeto de caza para satisfacer la demanda de carne de animales silvestres en zonas más allá de la cuenca del Congo, una extensa selva tropical que a veces se denomina el segundo pulmón de la Tierra. El comercio de carne de animales silvestres abarca desde roedores hasta antílopes, pero un simio totémico como el bonobo puede alcanzar un precio más alto.

“Los bonobos están en peligro. Estamos educando a la gente para que no mate a los bonobos”, afirma Arsène Madimba, educador del santuario Lola ya Bonobo. “No podemos matarlos, no podemos tenerlos en casa como mascotas, no podemos comérnoslos. Debido a la caza furtiva, podemos encontrar grandes intercambios de bonobos huérfanos por todo el país”.

Congo ha propuesto la emisión de “créditos bonobo”

Los bonobos crían a sus bebés durante cuatro o cinco años. Su bajo ciclo reproductivo los hace vulnerables a las perturbaciones medioambientales. Para protegerlos a ellos y a su hábitat, las autoridades congoleñas plantearon el año pasado la idea de emitir “bonobonos”, similares a los créditos de carbono, para recompensar a las comunidades por preservar los bosques. El programa aún no ha despegado.

“Hay una diferencia cultural” entre el Congo y la vecina Uganda, donde los simios no se cazan por su carne, dijo la primatóloga Gladys Kalema-Zikusoka, fundadora del grupo Conservation Through Public Health, con sede en Uganda. “En el Congo, creen que puedes llegar a ser tan fuerte como (el primate comido)”.

Hay docenas de bonobos adultos en Lola ya Bonobo. Algunos viven allí desde 2002, cuando se inauguró este santuario bajo el patrocinio de una organización conservacionista sin ánimo de lucro conocida por su nombre francés Les Amis des Bonobos du Congo.

La guardería también cuenta con 11 bonobos jóvenes, el último de los cuales llegó a principios de este año. Cada cría se empareja con una madre adoptiva que cuidará de ella durante años antes de que pueda ser transferida a grupos de bonobos abiertos a los visitantes.

En raras ocasiones, un animal de Lola ya Bonobo acaba volviendo a su hábitat natural, lo que puede llevar años de preparación.

Quedan unos 20,000 bonobos en libertad

Los bonobos comparten casi el 99% de su ADN con los humanos y, junto con los chimpancés, son nuestros parientes vivos más cercanos.

En la década de 1980, los primatólogos calculaban que quedaban unos 100,000 bonobos en libertad. Ahora se calcula que quedan unos 20,000, una disminución asombrosa. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el bonobo está amenazado principalmente por el comercio de carne de animales silvestres.

El hábitat natural del bonobo es una zona de densa selva ecuatorial al sur del río Congo. Los bonobos apenas se estudian en libertad, y gran parte de lo que se sabe de ellos procede de estudios en zoológicos extranjeros y de investigadores foráneos atraídos por una criatura fascinante.

El bonobo se identificó por primera vez como una posible especie separada en 1929, cuando el anatomista alemán Ernst Schwarz observó una diferencia en el cráneo de un espécimen que se creía que era un chimpancé adulto con una cabeza inusualmente pequeña. El rival de Schwarz, un zoólogo estadounidense llamado Harold Coolidge, proporcionó más tarde descripciones detalladas que permitieron en 1933 clasificar al bonobo como especie separada.

El bonobo es relativamente conocido entre los estadounidenses, debido en parte a su reputación como uno de los animales más inteligentes, pacíficos y empáticos. Puede que incluso tengan capacidad de imaginación, según un estudio publicado en 2025 por la Universidad Johns Hopkins.

Los bonobos están liderados por hembras y se distinguen por su aparente ausencia de celos sexuales. Cuando dos grupos se encuentran, las hembras pueden cambiar de bando sin provocar una pelea, a diferencia de los chimpancés y los gorilas. Pueden iniciar apareamientos casuales, que ocurren con tanta frecuencia, intensidad y variedad de estilos que los bonobos son descritos como los “simios hippies”.

El mercado de la carne de mono continúa

En Kinshasa, el comercio de carne de primate ha pasado a la clandestinidad. Los comerciantes necesitan permisos para cazar antílopes y otras especies, pero el comercio de “les macaques” está prohibido en parte para evitar la propagación de enfermedades zoonóticas como el ébola.

“Antes vendía monos, pero ahora no podemos vender monos, ningún tipo de monos”, dijo Charles Ntanga, vendedor del mercado de Masina.

Ntanga blandía un matamoscas para espantar a las moscas que se posaban en el rancio cadáver de un roedor gigante que tenía delante, y cuyo kilo costaba unos 17 dólares. Guyva Mputu, el vendedor que tenía al lado, vendía pitones, cuya carne congelada empezaba a humear en el clima húmedo.

Los bonobos bebés capturados por cazadores furtivos se utilizan para atraer a bonobos adultos, a los que se dispara cuando acuden a investigar el ruido, explica Madimba, de Lola ya Bonobo.

Los bonobos huérfanos crean vínculos con sus cuidadores, que a menudo pueden identificarlos por su nombre, explica Frank Lutete, cuidador del zoo, cuya función es alimentar a los animales. Remó por el agua para distribuir papaya mientras los bonobos armaban jaleo bajando de los árboles para recoger sus ofrendas.

Algunos bonobos se lo agradecen, dice, dándose golpecitos en el pecho en señal de gratitud.

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