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“Piglet”, “Pooh”, “Rabbit”, “Roo”, “Kanga”, “Tigger” y “Eeyore” cobran vida gracias a la animación computadorizada. (Suministrada)

La mayoría de las historias que lidian con el final de la infancia o la perdida de la inocencia resultan en experiencias agridulces y “Christopher Robin”, la nueva producción de Walt Disney Pictures que estrena hoy en Puerto Rico, no es la excepción.

Las partes dulces del nuevo filme de Marc Foster (“The Kite Runner”, “Finding Neverland”) son extremadamente azucaradas y lidian con “Winnie-the-Pooh” y el resto de los animales de peluche que llenaron las horas de juego de la infancia del personaje titular.

La parte agria presenta a Robin como un hombre cuarentón (Ewan McGregor) que se ha desconectado por completo de su inocencia y de su imaginación, algo que está a punto de costarle su relación con su esposa (Hayley Atwell) y con su hija (Bronte Carmichael).

Por alguna razón la garantía de un final feliz en el que este persona aprenda una lección de vida valiosa no es suficiente para aliviar el aire melancólico que se interpone entre las dos secciones del filme.

Aunque no hay nada en la trama que pueda ser catalogado como una tragedia, el filme sí cuenta con un momento que podría romperle el corazón al espectador de la misma forma que cuando Bambi se entera de que su madre ha fallecido y que se ha quedado solo en el bosque.

Gran parte del atractivo del guión de este filme reside en que no hay ningún tipo de explicación evidente que cuestione la interacción entre Christopher Robin y sus amigos del bosque.

Esta historia trasncurre en un mundo donde el realismo mágico se manifiesta constantemente, muy parecido al encanto peculiar de “Mary Poppins” para entretener a los niños que tiene a su cargo.

Precisamente, ese otro clásico de Disney, tomado también de la literatura infantil británica, resulta ser un buen punto de referencia porque la historia del Christopher Robin adulto es muy parecida a la del Señor Banks. Ambos son hombres que han sido aplastados por vivencias duras y que se han olvidado del placer de poder darle rienda suelta a su niño interior.

Al comienzo de esta película “Pooh”, “Piglet”, “Tigger”, “Eeyore”, “Owl” y “Rabbit” han organizado una fiesta de despedida para Christopher Robin quien está por abandonar su casa para irse a estudiar lejos de sus padres en un colegio internado.

Christopher promete visitar cuando esté de vacaciones, pero la adolescencia y la llegada de la Segunda Guerra Mundial impiden que esto suceda.

Cuando Winnie-the-Pooh se da cuenta que la ausencia de su amigo ha causado que la vegetación del bosque se haya deteriorado, el osito, con un antojo constante por miel, se encamina hacia Londres para buscar a su viejo amigo. Allí se encuentra con un Robin consumido con la tarea de tener que salvar la compañía para la cual trabajasintener que despedir a la mayoría de sus empleados.

El problema principal de esta película no es la simpleza de su trama o que su desarrollo resulte extremadamente predecible. A pesar de ser un filme que busca celebrar la importancia de la familia y de atesorar todo lo que es valioso durante la infancia, la película entera carga con una aire de melancolía que no es opresivo, pero deja muy poco espacio para que el final que aboga por la esperanza tenga mayor impacto emocional.

Esto está directamente ligado con la interpretación de Ewan McGregor. El actor no tiene ningún problema en evocar los posibles traumas que lograron que se olvidara de sus amigos de infancia, pero es mucho menos convincente como alguien que puede recuperar la inocencia de ser niño. Hay una escena en la que Robin es particularmente cruel con “Pooh”, algo que es necesario en la narrativa para que el protagonista logre redimirse como padre, amigo y esposo. Sin embargo, el filme nunca logra recuperarse de este momento, logrando que el espectador desee que Winnie-the-Pooh y sus amigos se olviden de Robin y decidan volcar su atención en su hija.


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