En su residencia, las fotos, como las que por años tomó a Roberto Clemente, son dueñas de las paredes (semisquare-x3)
En su residencia, las fotos, como las que por años tomó a Roberto Clemente, son dueñas de las paredes. (Juan Luis Martínez)

La primera cámara que tuvo en sus manos Luis Ramos fue una que intentó construir él mismo con un par de cajas después de quedar impactado con la labor que realizaba un fotógrafo en su Primera Comunión. Corría la década de los años 50 y, para aquella época, la cámara era un objeto grande y misterioso que poca gente tenía. El fotógrafo debía cubrirse la cabeza con un paño para retratar y detrás del lente todo se veía al revés.

“¡Qué maravilla!”, pensó Ramos.

Movido por la intriga que le provocó ver al fotógrafo en acción, tan pronto llegó a su casa al finalizar la ceremonia, Ramos quiso imitarlo. No pudo construir una cámara como la que había visto, pero en el intento de lograrlo empezó a expresar los rasgos de su carácter que le llevaron a convertirse en uno de los fotoperiodistas más reconocidos del país.

Desde aquel día, el muchacho oriundo de Humacao aprovechó cada oportunidad que tuvo para aprender el oficio. Tomó cursos de fotografía y practicó por su cuenta, hasta que con apenas 16 años empezó a tomar fotos de los juegos de pelota y fútbol para el periódico El Imparcial. Luego, se convirtió en aprendiz de Carlos Bueso y mientras limpiaba pisos y rieles aprendió a revelar e imprimir. Más tarde estudió en el Germain School of Photography de Nueva York y a su regreso a la isla, después de una huelga en El Imparcial, le ofrecieron ser parte del primer equipo de fotoperiodistas de El Nuevo Día, donde trabajó durante 37 años, parte de los cuales dirigió el departamento de fotografía hasta su retiro en 2007.

Quien lo haya visto en acción, escuchado sus anécdotas o repasado algunas de las miles de imágenes que tomó durante su extensa carrera sabe quién era Ramos en la calle. Su instinto, arrojo y trato campechano pero respetuoso con todo el mundo le permitieron capturar escenas que hoy son parte de la historia política, deportiva, cultural y cotidiana de Puerto Rico, desde principios de la década del 60 hasta comienzos del siglo 21.

Entre ellas se encuentran la icónica foto del hit 3,000 de Roberto Clemente, la llegada del Papa Juan Pablo II a la República Dominicana, la visita de Lolita Lebrón a la tumba de Pedro Albizu Campos tras su excarcelación, el sepelio de Luis Muñoz Marín, Pablo Casals tocando el chelo en el cuarto del hospital poco tiempo antes de morir y muchas otras estampas del campo y la ciudad antes de la industrialización. En su colección de imágenes, mayormente análogas pero también digitales, se mezclan los jíbaros con los políticos; la opulencia y la pobreza.

El libro “Luis Ramos y la eternidad del instante: fotos de un Puerto Rico en transición” recoge un escogido de estas fotos tomadas durante su larga carrera profesional. La publicación es un homenaje que GFR Media y el Principal Oficial de Innovación Social del Grupo Ferré Rangel y Consejero Editorial de GFR Media, Luis Alberto Ferré Rangel, le rinden a Ramos. Es tanto un reconocimiento a su desempeño profesional como un legado a Puerto Rico y a los nuevos profesionales del periodismo.

“Ramos es una figura de transición en Puerto Rico. Él retrató ese Puerto Rico que estaba saliendo de la era agraria y entrando al Puerto Rico más urbano. Pudo capturar con su lente y su sensibilidad esa transformación social”, sostuvo Ferré Rangel, quien conoció al fotoperiodista cuando era niño y luego aprendió y trabajó junto a él.

Luis Ramos y Luis Alberto Ferré Rangel. (GFR Media)

Sentado en el sofá de su sencilla residencia en Río Piedras, Ramos repasó algunos de los momentos más importantes de su carrera con una emoción todavía fresca en su memoria. Los años han pasado, pero esas experiencias están tan ligadas a él que no se puede separar al fotoperiodista del hombre.

Durante todo el tiempo que trabajó para el periódico, su compromiso con el trabajo, con ser el primero en enterarse de la noticia era tal que dormía junto a un escáner en el que monitoreaba las alertas de incendios, accidentes y otros eventos relevantes. Riéndose, dice que no sabe cómo su esposa, Carmen Fernández, lo soportó.

Con el paso del tiempo, el teléfono de su casa -luego el beeper- timbraba casi tan rápido como el escáner cuando era preciso salir corriendo con las cámaras.

En una ocasión oigo un 10-50 y llamo a Radio Control a un amigo mío y le digo: ‘averíguate’. Se había estrellado un avión despegando de Santo Domingo. Castañeda me dijo: ‘arranca para el aeropuerto’ y yo me fui. A las 8:00 a.m. me llama un gringo que no sabía español a decirme que se había estrellado el avión y yo ya tenía las fotos. Es cuestión de tener relaciones”, recordó satisfecho por aquella misión cumplida que le encomendó el ex director de El Nuevo Día, Carlos Castañeda.

“¡Eso no lo tuvo nadie!”, dice para rematar la anécdota, y esta frase la repite con placer en otros momentos de la conversación cuando narra otras veces que dio “un palo”, o sea, tuvo una exclusiva.

Así fue el día que una de las fuentes que cultivó en la Policía le avisó que la niña Odalys Cruz Maldonado, secuestrada en el hospital donde nació, había sido rescatada. Él llamó al periódico inmediatamente para avisar y canalizar que un fotoperiodista de El Nuevo Día tomara la esperada fotografía de Odalys junto a sus padres.

En un momento de la entrevista, Ramos se para frente a una de las paredes de su sala de donde cuelgan algunas de las páginas enmarcadas de El Nuevo Día, ilustradas con sus fotos. Entre ellas resalta la figura de Roberto Clemente, uno de los deportistas más queridos en la isla, que él llegó a retratar hasta mientras se duchaba.

“¡Clemente no era fácil!”, dijo con satisfacción ante el hecho de que él pudo manejar el carácter fuerte del pelotero para poder retratarlo, incluso las veces que todo indicaba que no podría hacerlo. Así ocurrió el día que Ramos llegó hasta el estadio Hiram Bithorn, donde Clemente recogía donaciones para los damnificados de un terremoto en Nicaragua.

“Dile a Ramos que yo no quiero fotos de esto”,le mandó a decir a través del fenecido locutor Felo Ramírez.

“Pues dile a Roberto que lo voy a retratar”, le contestó Ramos, y fue la última foto que tuvo del atleta antes de que el avión donde transportaba las donaciones cayera al mar un 31 de diciembre de 1972.

Igual que ese día, Ramos conseguía lo que quería porque no aceptaba un “no” cuando estaba buscando la foto que deseaba o le habían pedido en el periódico. Eso que llaman olfato periodístico era para él una herramienta tan valiosa como su cámara.

“Había que ingeniárselas, anticipar”, aseguró.

Si no había suficiente luz, si no había cómo hacer la foto, Ramos retaba sus capacidades y su estrategia. Más de una vez se metió en lugares que no debía, escondía el rollo de película en sus medias y salía a toda prisa al periódico para revelar el material que había conseguido. Así ocurrió cuando entró detrás de un camión de bomberos a la Base Aérea Muñiz para retratar unos aviones que quedaron destruidos por explosivos que colocó el Ejército Popular Boricua, Los Macheteros.

En el libro, desarrollado por la periodista Nilka Estrada Resto, el fotoperiodista cuenta la historia detrás de varias de sus fotos más conocidas y de cómo era su relación con varios de los personajes que retrató a lo largo de los años.

Ramos todavía se conmueve al pensar que siendo un jibarito de Humacao pudo estar cerca de figuras que admiraba, como fue el caso del Papa Juan Pablo II, cuando lo retrató de cerca en Santo Domingo, o llegar a conocer la intimidad de figuras tan relevantes para el país como el ex gobernador Luis Muñoz Marín.

Tras la muerte del líder estadolibrista Ramos recibió una llamada de la viuda, doña Inés María Mendoza, para avisarle que su esposo le había pedido que retratara su casa tal como él la había dejado.

“Cuando llegué, doña Inés me dijo: ‘usted va a ser el primer particular que va a entrar al cuarto de Muñoz Marín’. Me quedé sorprendido y solo pensé: ‘Dios mío!’”, relató Ramos en su libro, que acaricia como un “sueño cumplido".

Para Ferré Rangel, editor del libro, si algo pueden aprender los nuevos fotoperiodistas y periodistas de una figura como Ramos es la sensibilidadque transmitía a través de sus imágenes, especialmente en la época de la fotografía manual, cuando no existían medios sofisticados para crear efectos o retocar.

“Él captaba esa humanidad de las personas y la fotografía es eso. Capturar la esencia del ser humano en su manifestación física, espiritual y emocional”, sostuvo Ferré Rangel.


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