

15 de enero de 2026 - 11:10 PM


Aun cuando algunos recibieron con beneplácito la última edición de las Guías Alimentarias para los Estadounidenses, anunciadas el pasado 7 de enero y que están vigente hasta el 2030, al tener algunos aciertos predecibles, como abandonar los alimentos ultraprocesados y el azúcar añadido -que son un problema serio de salud pública-, al mismo tiempo expertos en nutrición señalan que tienen demasiadas incongruencias y omisiones.
En cuanto a cómo afectan estas nuevas guías a la población puertorriqueña, tres nutricionistas dietistas licenciadas consultadas por El Nuevo Día, coinciden en que estas influyen directamente, al Puerto Rico participar de los programas federales de nutrición, que le obliga a alinearse con las referidas guías.
Entre estos programas se destacan el de alimentación escolar bajo el Programa de Comedores Escolares, el WIC y el PAN, así como programas de nutrición para adultos mayores, entre otros subsidios nutricionales, por lo que su impacto en la isla es significativo.
“Al regirse por las guías estos programas federales, influyen directamente en qué alimentos se compran, se sirven y se priorizan en escuelas y programas comunitarios en Puerto Rico. Lamentablemente, afectan la dieta boricua. Las nuevas guías no están diseñadas pensando en Puerto Rico, no se adaptan a nuestra realidad cultural, económica ni alimentaria. Desplazan alimentos tradicionales como las habichuelas, las viandas, el plátano, la yuca y la batata, mientras favorecen alimentos de alto costo”, expresó la nutricionista-dietista licenciada Carla de la Torre.
Por tanto, la también fisióloga del ejercicio, señaló la falta de enfoque en equidad y determinantes sociales y, aunque las guías reconocen disparidades de salud, no ofrecieron estrategias concretas ante el acceso limitado a alimentos frescos, la inseguridad alimentaria y las comunidades rurales o “food deserts” (desiertos alimentarios).
“Esto es particularmente problemático considerando que los programas que dependen de estas guías sirven a poblaciones vulnerables, donde el acceso real no siempre coincide con las recomendaciones teóricas”, acotó De La Torre.
Por otro lado, la licenciada en nutrición y dietética registrada Rubí Mendoza lamentó que estas guías afecten la alimentación boricua debido a los diferentes programas federales que las van a implantar. “De alguna forma u otra se van a aplicar a la población puertorriqueña y esto nos pone en retroceso completamente”, previno.
En esa misma línea, la nutricionista-dietista licenciada Karilyn López señala que las guías no siempre consideran nuestra realidad cultural, epidemiológica y socioeconómica.
“Puerto Rico presenta altas tasas de diabetes, hipertensión, enfermedad renal y obesidad, por lo que una adopción literal de las guías, sin adaptación local, puede resultar contraproducente”, alertó López.
Asimismo, trajo a la atención cómo se priorizó el consumo de proteínas densas en nutrientes en cada comida, tanto de fuentes animales (huevos, aves, carnes rojas, mariscos) como vegetales (frijoles, lentejas, nueces) en el nuevo gráfico, que muestra una versión invertida de la ya abandonada pirámide alimentaria.
“Ante la alta prevalencia de enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación, preocupa la forma en que se presentan ciertos alimentos —como la carne roja, la mantequilla y los lácteos enteros— sin el contexto adecuado de frecuencia, cantidad y perfil poblacional. La colocación visual y narrativa de estos productos puede interpretarse como una recomendación generalizada, cuando la evidencia científica sugiere que su consumo debe ser moderado y altamente individualizado”, destacó.
Sobre el impacto en la alimentación boricua, López puntualiza que las nuevas guías podrían reforzar patrones ya existentes de alto consumo de carnes rojas, grasas saturadas y lácteos enteros, mientras se desplazaron alimentos tradicionalmente beneficiosos, tales como: legumbres, pescados, frutas, vegetales y aceites vegetales.
“Esto es especialmente relevante en un contexto donde el acceso a alimentos frescos y de calidad no es equitativo para toda la población”, agregó.
Más que afectar la alimentación boricua, Mendoza adelanta que es muy probable que los índices de enfermedades crónicas aumenten, lo que puede ser un factor que empeore “nuestro precario y frágil sistema de salud”. “Estas guías establecen que mientras más grasas saturadas consumas, mejor es, cuando esa no es la retórica ni lo que, incluso, se ha demostrado por muchísimos años”, advirtió.

De La Torre trajo a la atención las recomendaciones incluidas de forma parcial y que resultan contradictorias, al mantener en menos del 10 % de las calorías totales provenientes de grasas saturadas.
“Este mensaje queda prácticamente anulado cuando al mismo tiempo se promueve un mayor consumo de carne roja, mantequilla, sebo y lácteos enteros como ‘grasas de calidad’. Desde un punto de vista matemático y dietético, ambas recomendaciones no pueden cumplirse simultáneamente en la dieta habitual de la población. Esta contradicción también dificulta la planificación de menús en programas federales como los comedores escolares”, resaltó De La Torre.
Mendoza explica que tanto las carnes rojas como los lácteos enteros y las mantequillas en barra tienen grasas saturadas y, a eso se le añade el que el puertorriqueño de por sí ya tiene un consumo elevado de grasas saturadas. “Esto lo que va a estar favoreciendo es un aumento en el riesgo de desarrollar condiciones cardiovasculares”, recalcó mientras hizo referencia a la contrariedad del consumo de menos del 10% de calorías totales de grasas saturadas, lo que es bien complejo calcular porque las grasas saturadas se encuentran tanto en alimentos de origen vegetal como en los alimentos de origen animal.
En eso también concuerda López al agregar que existe una clara contradicción entre promover mantequilla y sebo de res como “grasas saludables” y, al mismo tiempo, intentar reducir el riesgo cardiovascular poblacional.
“La evidencia continúa apoyando el uso de grasas insaturadas —como aceite de oliva, canola, aguacate, nueces y semillas— especialmente en poblaciones con alto riesgo cardiometabólico”, explicó mientras advirtió que personas con diabetes, enfermedad cardiovascular, enfermedad renal crónica, dislipidemias o antecedentes de cáncer deben ser particularmente ser cautelosas con estas recomendaciones señaladas.
“El aumento indiscriminado de grasas saturadas y carnes rojas puede agravar su condición. En estos casos, la individualización del plan de alimentación es indispensable”, reiteró López, quien es especialista en diabetes, enfermedades renales y control de peso.
Al aumentar notablemente las cantidades de proteína sugeridas, De La Torre por su parte explicó que esos valores provienen de estudios de “weight loss trials” y poblaciones específicas (personas en pérdida de peso o atletas), y no de la población general, lo que limita su aplicabilidad.
“Mayor énfasis en proteína animal agrava el déficit de fibra ya existente en la población. La evidencia es clara: reemplazar carne roja por pescado y proteínas vegetales se asocia con menor mortalidad y mejor salud cardiovascular. En la práctica, este énfasis en ‘comer más proteína’ probablemente se traduzca no en más legumbres o pescado, sino en mayor consumo de productos ultraprocesados fortificados con proteína (barras, cereales, snacks y suplementos), una tendencia ya dominante en el mercado”, añadió.
Mientras que Mendoza apuntó que las nuevas guías se van en contra de la ciencia en muchos aspectos, y puso como ejemplo recomendar carnes rojas cuando ya se ha estudiado que su consumo por encima de alrededor de 17.6 onzas aumenta el riesgo de siete tipos de cáncer diferentes, entre ellos: el cáncer de la próstata, colon, seno y colorrectal, entre otros.
“Otra contradicción es que colocan al final lo que son los carbohidratos enteros y en las recomendaciones me dice ingerir de 2 a 4 porciones diarias de carbohidratos enteros, pero visualmente es como una contradicción porque básicamente es lo mínimo que se supone que entonces estemos comiendo", informa.
“Mi recomendación es utilizar estas guías como un marco general, no como una regla absoluta. Priorizar alimentos frescos y locales, mantener una base de plantas (vegetales, frutas, legumbres y granos integrales), escoger proteínas magras y pescados, y usar grasas insaturadas como principal fuente de grasa. La moderación, la variedad y el contexto cultural deben guiar nuestras decisiones alimentarias”, indicó López.
“Estas guías se usan como referencia para programas federales, pero esto no significa que tú, a nivel individual, tengas que seguirlas al pie de la letra: las decisiones personales deben basarse en evidencia científica, condiciones y realidad personal”, enfatizó Mendoza por su parte, mientras hizo referencia a la Comisión de Nutrición y de Alimentos en Puerto Rico, que se dedica a crear herramientas para lo que es “mi plato puertorriqueño” al precisamente la alimentación boricua no ser la misma de los Estados Unidos.
Tanto De La Torre como Mendoza trajeron a la atención que la pirámide alimenticia de hace 15 años se eliminó precisamente al estar obsoleta porque visualmente era muy confusa, y se sustituyó con el diagrama de “Mi plato” porque era una forma más clara, sencilla, visualmente más atractiva, y fácil de aplicar. En cambio, la nueva pirámide es una herramienta educativa deficiente al ser menos intuitiva, especialmente para personas con aprendizaje visual y no refleja adecuadamente las recomendaciones escritas, lo que crea aún más confusión.
“Para aquellos con condiciones de salud, es importante aclarar que las guías y todo esto son para la población en general. Típicamente, la recomendación debería ser para personas que no tienen condiciones preexistentes, pero eso tampoco está muy claro en las guías ni en el diagrama, así que es importante que las personas cuando las vean no lo tomen por sentado. Por eso la alimentación se individualiza. Es importante que lo consulte con su nutricionista, cardiólogo y equipo médico, para que se pueda individualizar la alimentación, porque no porque las guías estén establecidas así, significa que nosotros ahora tenemos que cambiar la forma en que comemos”, manifestó Mendoza.
Entre las recomendaciones del comité que finalmente se incorporaron fueron pocas y bastante básicas, entre ellas mover las legumbres del grupo de vegetales al grupo de proteínas, priorizar el agua como bebida principal, y limitar alimentos y bebidas con alto contenido de azúcar añadida.
“Lo único positivo que tiene es algo que se ha venido mencionando desde hace muchísimo tiempo, de consumir alimentos reales, aquellos que sean mínimamente procesados”, planteó Mendoza a la vez que criticó el que no haya un plan estratégico ni pasos precisos de cómo se va a abordar lo de disminuir el consumo de los ultraprocesados, por ejemplo.
Asimismo, las expertas están de acuerdo con que se haya hecho hincapié en eliminar los edulcorantes artificiales y los productos con colorantes. “Los edulcorantes artificiales mantienen una preferencia elevada por lo dulce y dificultan la adaptación a sabores naturales. No ayudan a reducir el gusto por lo dulce, solo ‘lo maquillan’ y pueden alterar la microbiota intestinal. Los colorantes se han asociado en algunos niños con problemas de conducta y atención, lo que ha llevado a restricciones más estrictas en otros países”, especifica De La Torre.
Como ya se ha revelado, De la Torre indica la relevancia de que los miembros del comité científico tienen vínculos con la industria de lácteos y carne vacuna, así como que algunos tienen epresas de suplementos nutricionales y compañías de snacks altos en proteína. “Esto plantea dudas legítimas sobre la neutralidad de algunas recomendaciones”.
Por tanto, para López resulta válido cuestionar los posibles conflictos de interés en la elaboración de estas guías, “especialmente cuando se destacan alimentos alineados con corrientes políticas o ideológicas específicas”. “La nutrición basada en evidencia debe mantenerse independiente de agendas externas y centrada en la salud pública”, argumentó.
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