

15 de septiembre de 2017 - 12:00 AM

LOÍZA - La ayuda que recibirá este pueblo para auxiliar a las 79 familias que perdieron sus casas por el paso del huracán Irma dará un alivio al municipio, que tiene recursos limitados para atender las necesidades de los loiceños.
Hace tres días, Loíza fue declarado zona de desastre por la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, en inglés), y resultó elegible para el Programa de Asistencia Pública y el de Asistencia Individual.
Para la alcaldesa Julia Nazario, la noticia da esperanza el pueblo, tanto en términos del recogido de escombros y reparación de infraestructura, como de ayuda directa a las decenas de personas que perdieron sus hogares.
“Hemos estado haciendo grandes sacrificios para poder recoger escombros, y esto, ahora, nos da la oportunidad de que todo lo que hagamos nos lo reembolsen”, declaró la funcionaria, desde su oficina en el segundo piso del ayuntamiento.
Dada la incapacidad del municipio para “ayudar a tantas personas” que perdieron sus hogares, o que, de alguna manera el huracán Irma les hizo algún daño, la alcaldesa insistió que la ayuda federal proveniente de FEMA también deja al pueblo espacio para maniobrar con otras personas necesitadas.
“Nosotros podemos ocuparnos de aquellas personas que no cualifiquen, por alguna razón, por las titularidades o porque está en zonas inundables”, comentó la primera ejecutiva municipal.
Precisamente, en Villa Cristiana –una comunidad cercana a la playa en cuyas calles todavía se acumula la arena-, la penetración del mar y las goteras y filtraciones de los techos han dejado a residentes con colchones húmedos, muebles inutilizables y rendijas en los techos por donde se sigue colando agua con cada llovizna.
Felícita Ortiz contó que su casa sigue inundándose levemente cuando llueve, puesto que el viento arrancó los paneles de cartón en su techo. Frente a la casa de José Luis Díaz, un árbol sigue tumbado contra el tendido eléctrico. Dentro de la casa del policía, todavía quedan restos de humedad que Díaz indicó que se deben a que los dos paneles de su techo triangulado de madera están separados a consecuencia de los vientos huracanados.
Y a Rosa María Bernard, todos los “matres” se le mojaron, y en las paredes quedan impregnadas las líneas de las goteras. Además, las fuertes lluvias y la penetración del mar, le destrozó los cultivos de plátano, guineo y yautía.
“Tuvimos que cortarlo todo”, dijo Bernard mientras señalaba el terreno que colinda con su residencia, con árboles cortados a la mitad. “Yo lloré esos platanitos. A mí me gusta sembrar, fíjate”, lamentó.
Nadie ha venido, repitieron los tres entrevistados en gesto de desespero. Sin servicio eléctrico y con las quejas por las filtraciones, preguntaban a un rostro extraño que frecuentaba la zona si, por fin, habían llegado los inspectores de FEMA.
Para la alcaldesa Nazario, “es increíble cómo la gente se ha desbordado para ser solidarios con Loíza”.
Mencionó al gobernador Ricardo Rosselló, a alcaldes de otros municipios, a empresas privadas, a entidades sin fines de lucro, a artistas del patio y a ciudadanos en general, de otras partes de la isla, que han donado tiempo y recursos para el beneficio del pueblo loiceño.
Crítica a las agencias
Sin embargo, criticó la respuesta de las agencias de gobierno, sobre todo del Departamento de la Familia por las trabas burocráticas que impiden que los recursos lleguen a los ciudadanos. “¿Por qué yo tengo que esperar a que se firme un papel para repartir una compra?”, cuestionó.
Contó que, en una visita de la Administración de Familias y Niños (Adfan) en que iban a repartir unas compras a los ciudadanos afectados, la necesidad de una firma del gobernador en un papel demoró la ayuda.
“Las agencias no han respondido con la diligencia que se supone. Han sido muy lentas… (A la gente) no le ha faltado comida porque el pueblo se ha desbordado. Día a día, repartimos cientos de compras”, comentó Nazario.
A través de la ventana de la oficina de la alcaldesa, se escuchaba el alboroto en la Plaza de Recreo Ricardo Sanjurjo. Un grupo de loiceños formaba una fila para recibir un plato de pasta penne con salsa blanca, donada por una empresa.
Una cuadra más arriba, en el Centro de Acopio frente a la parroquia, las cajas se amontonaban repletas de ropa, botellas de agua, productos de comida no perecedera, escobas, productos de higiene. Las compras se repartían a quienes formaban la fila.
“Todavía tienen mucha necesidad. La mayoría no tiene luz ni agua... Estamos más que agradecidos, vamos por todas las comunidades a ayudar”, subrayó Maritza Franqui, voluntaria y miembro del Consorcio del Noreste.
Pierden sus casas
Leilany Velázquez se encontraba a pocos pasos de su casa cuando escuchó el gigante árbol de pana caer contra su techo de madera.
“Primero, empezaron los vientos bien fuertes. Después, escuché cuando algo estilló. Yo dije: ‘Fue el árbol por encima de mi casa’. Cuando salí, lo vi así, y dije: ‘Lo que yo pensé, ahora me quedé sin casa, y no pude sacar nada’”, dijo la mujer de 34 años, parada de espalda a los escombros.
Allá adentro, sepultados los trozos de madera pintada de azul, se veían las hornillas de una estufa tumbada de lado, una puerta blanca de madera caída en el suelo con el manojo intacto, una nevera enclaustrada al otro extremo. Y las panas caídas alrededor, y el mar de hojas secas, y los troncos fuertes del árbol aplastando cada vez más el lugar en que antes dormían y se servían la comida la familia compuesta por Velázquez, su esposo y sus tres hijos.
Dos empleadas de FEMA acababan de abandonar el predio. Según Velázquez, en la conversación, le indicaron que cualificaba para el Programa de Asistencia Individual, que le enviarían un inspector en una semana para verificar los daños, que volverían al otro día a tomarle los datos porque a sus celulares les faltaba la señal.
Mientras tanto, seguirá en casa de su suegra en el sector Los Ayala del barrio Medianía Alta en Loíza, a pocos pasos del revoltijo de escombros que es ahora su vivienda, esa casa de cemento desde donde escuchó el crack del árbol de pana que colapsó contra sus puertas y ventanas.
Ruta a la reconstrucción
Cruzando la verja desde la casita de madera quebrada por un árbol de pana, a Raúl Ayala se le humedecieron los ojos. El Batey de los Ayala, que hace 60 años levantó sus paredes y se convirtió en punto de referencia loiceño para los visitantes curiosos, que con su venta de artesanía y sus fiestas de bomba ha sido eslabón esencial de la expresión cultural del municipio costero, ahora, de él, solo quedan los cimientos en el suelo.
“Se nos fue el corazón al piso, como dicen… Son 60 años. Esto es una vida. Lo que representa es mi vida. Aquí yo me crié, mi papá levantó toda la familia a base de lo que se vendía aquí, las caretas de vejigantes, los souvenirs que él vendía de coco y bambú, ver eso en el piso es como si...”, se interrumpió. Ayala, con 70 años en las costillas, no pudo seguir hablando.
Ya los trozos de madera estaban apilados en el suelo. Con el paso del huracán Irma, el techo de la tienda-museo Castor Ayala se desgajó y solo quedaron las paredes, ya de por sí inclinadas por el paso del tiempo y de las tormentas. Era un peligro entrar. No quedaba más remedio que derrumbar esos trozos de madera, carcomidos por la polilla, débiles por el paso de las décadas.
Tras entender que los recursos no le daban para levantar de nuevo la estructura, y ponerse a buscar alternativa, un agradecido Ayala compartió que, en un junte de la alcaldía de Loíza con la de San Lorenzo, los recursos serán donados para poner el popular Batey de vuelta en su sitio.
“Lo único que yo quiero es ponerla de pie y seguir con la actividad cultural que se daba aquí. Y, para la reinauguración, lo vamos a hacer al estilo de los Ayala, con una fiesta de bomba”, adelantó.
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