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Dos legendarios barrios de este municipio del sur retratan grandes anécdotas y reviven la historia que los caracteriza como precursores de la bomba y plena y promotores de sus coloridos vejigantes

Con mucha naturalidad y destreza,  Luis “Mambo” de León Tricoche  remenea el chékere al son de un conocido estribillo de uno de los géneros musicales más antiguos y característicos del País, la plena, que dice así: “San Antón, este es mi barrio querido. Aquí nací y aquí yo vivo”. Lo acompaña su amigo y vecino  Gregorio “Macri” Sánchez, quien en un santiamén entra a su casa y busca sus tambores mientras ambos relatan con orgullo lo que significa para ellos su barrio, su esencia, su identidad.

“Este barrio es conocido por la bomba y plena que, aunque ha ido desapareciendo, siempre queda algo vivo”, cuenta De León Tricoche, un reconocido pelotero que estuvo siete temporadas activo en las Grandes Ligas (1981-1989).

Con el cantar de sus numerosos gallos de fondo, el espigado deportista narra cómo el legendario barrio de San Antón, en Ponce –donde nació, se crió y regresó a vivir tras su época de gloria en el deporte– mantiene la sustancia que lo caracteriza como cuna de la bomba y la plena. El Sarabanda Club,  negocio cercano a su casa, es ejemplo de ello, advierte al comentar que el reconocido local abre ocasionalmente para dar demostraciones del género musical que forjaron en el siglo XVI los esclavos que en esa época fueron introducidos a la Isla para trabajar en  ingenios azucareros.

“Nuestros abuelos la bailaron. Era música contagiosa. Todavía se hacen festivales de bomba y plena”, dice.

Ejemplo de ello, cuenta, lo es la bailadora de bomba  ibrada Roque, también vecina suya y quien según el ponceño, con cien años aún se levanta ocasionalmente de su silla de ruedas para dar  algunos pasos del género.

“Vivo  orgulloso de mi barrio. Como pelotero siempre me apoyaron. Aquí hay mucho folclor y gente que ha sacado la cara por Puerto Rico. De este barrio pequeño y humilde han salido más de 21 peloteros profesionales”, señala el atleta.

De León Tricoche advierte que San Antón también ha formado otros deportistas y artistas famosos como  Wichie Torres  (pintor),  Papo Franceschi  (atleta),  Toñito Colón  (baloncelista) y  Otoniel Vélez  (pelotero).

Además, recordó al legendario personaje de  Isabel La Negra, dueña de un reconocido burdel, cuya notoriedad trascendió  al punto de que hoy día una de las calles del barrio  lleva su nombre.

Actualmente De León Tricoche ofrece  clínicas del deporte que lo llevó a la fama en un parque cerca de su hogar para intentar sacar a los niños del sedentarismo fomentado por los juegos tecnológicos, asegura.

“Las ayudas (al deporte) no son como antes”, lamenta, por su parte, Sánchez, empleado municipal y líder recreativo, quien deploró que no son muchos los niños del barrio San Antón que acuden a las clínicas que están abiertas a otros niños del municipio también.

Orgulloso de su barrio, De León Tricoche lleva a la visita a casa de su suegra,  Felícita Tricoche, quien vive en una céntrica calle del barrio, donde abundan coloridas casas de madera con balcones de tipo colonial. 

Sentada en un sillón de su sala, a sus cien años, Tricoche recuerda cómo la bomba y plena salieron de su barrio.

“Yo bailaba plena, porque la bomba era para gente vieja”, dice riendo mientras recuerda y canta un verso, “la plena que yo conozco no es de la China ni de Japón, porque la plena viene de Ponce, viene del barrio de San Antón”.

Carlos “Cao” Vélez Franceschi, director y músico del grupo Los Guayacanes de San Antón, asegura que su conjunto musical ha mantenido la tradición de este género tanto dentro como fuera del País durante los últimos 40 años.

Según recordó el también exjardinero corto de los Cardenales de San Luis y de los Leones de Ponce, San Antón es un barrio de tradición totalmente africana, creado por esclavos que fomentaron el género de la bomba y la plena.

“Este es un barrio hospitalario, de mucha historia y aportaciones, bien céntrico, que estuvo a punto de desaparecer en la década de 1970 cuando la administración municipal de turno pretendía desarrollar edificios y comercios en el área, pero  hicimos un comité y evitamos que San Antón desapareciera. Con ese movimiento también conservamos su historia y estructuras”, sostuvo.

Playeros.  “Decían que la Playa de Ponce era bien terrible, pero cuando vine aquí me enamoré de esto”, cuenta    Rosalía Torres.

Eso fue hace 28 años. Desde entonces, Torres labora con los Centros Sor Isolina Ferré, organización que funge como el corazón de este legendario barrio que aún cobija rincones donde predomina la pobreza.

“Conocí todos los barrios, los puntos (de droga), la pobreza de cerca”, planteó Torres, quien funge como directora de la Unidad de Orientación y Servicios a la Comunidad de los Centros Sor Isolina, en Ponce.

Aunque reconoce que  hay sectores de gran indigencia, Torres también advierte que hay gente más educada, preocupada por alcanzar un mayor grado de preparación académica.

El callejón Chardón, dice, es uno de los sectores que retratan la realidad de un lugar humilde  donde sus residentes viven orgullosos de sus raíces, a pesar de enfrentar dificultades.

“Esta es una comunidad que estaba olvidada. Cuando llegué hace diez años, la calle era hasta de tierra. No había ni hidrantes (bocas de incendio). La gente siempre estaba encerrada, aislada. Gracias a Dios, se fueron integrando”, comentó  Aida Ortiz, quien labora en el programa de intercesores de Centros Sor Isolina.

  El callejón Chardón se compone de una estrecha calle con un conglomerado de 12 buzones casi a su entrada, donde viven unas 30 personas. Solo dos de estas casas tienen títulos de propiedad. El resto pulula hace años en un litigio por intentar adquirir los derechos de propiedad de sus viviendas.

“Ese terreno era de la familia Ruberté. Supuestamente (los terrenos) se los dio el alcalde  Eduardo Ruberté  (1965-1968), pero no hay nada escrito y el municipio (de Ponce) no puede intervenir porque tienen dueño”, contó Ortiz.

“Antes pagábamos $2 mensuales por los terrenos, pero después dejaron de cobrarnos”, dijo  Elba Garayua, de 79 años,  nacida y criada en el lugar, quien vive en una casa de madera con tres cuartos.

“Los playeros (de Ponce) somos primero playeros y luego ponceños”, comentó  William Badillo Arroyo, de 65 años.


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