

7 de julio de 2019 - 11:30 PM


Ese día, el sol se asomó a las 6:20 a.m.
Una bebé de pelo rizado, ojos café y espíritu de guerrera decidió que era el momento de abandonar la calidez del vientre de su mamá. Comenzó a abrirse camino, desde la pelvis de la mujer que simbolizaría para ella el significado del amor más puro. Siguió por el canal con firmeza, con la misma que le tocaría enfrentar todos sus días y noches. Y cuando la estrella más cerca a la Tierra había dejado de iluminar hacía ya dos horas y 22 minutos, la niña completó su trayecto.
Tomó una bocanada de aire. Abrió los ojos.
Era un sábado, el del 4 de octubre de 1980.
Yamilette Luciano Ruiz arribó a la vida, pero a una de sonidos sepultados. A una existencia de ruidos proscritos. A un mundo de silencios, los más profundos y absolutos. A un planeta que explota de energía, con la ardua tarea de traducir sus vibraciones. Con la tenacidad que se requiere para convertir los obstáculos en milagros, como lo hizo el genio Ludwig van Beethoven al componer la Novena Sinfonía completamente sordo, regalándole a la humanidad la emoción y la belleza de una pieza musical inmortal.
“Nací sorda profunda. Mi mamá se dio cuenta cuando tenía 3 años. Me hablaba y no respondía nada. Me pusieron en un cuido y la maestra le dijo a mi mamá que debería llevarme al doctor”, dijo a El Nuevo Día Yamilette, una mujer brillante, que se deshizo de la palabra inmovilidad y que irradia un gran sentido del humor.
Cuando el médico le confirmó a Aurea Ruiz, y a Roberto Luciano que su hija no iba a oír nunca, la tristeza los apretó. Pero no se detuvieron. Viajaron a Chicago con la esperanza de que un implante pudiera activar su sistema auditivo. No fue posible. Se les recomendó el uso de audífonos.
La niña encaró su mundo de silencios de la mano de su madre. Los lamentos no eran opción. La meta: aprender a hablar con terapias. Desde los 4 años, empezó. Su hermano Roberto se encargaba de llevarla. Su familia nunca la dejó caer.
Hoy, Yamilette tiene 38 años, ostenta dos grados universitarios: un bachillerato en Administración de Sistemas de Oficinas y una maestría en Educación Comercial. Es maestra de lenguaje de señas en la escuela elemental Mariano Riera Palmer, de Mayagüez, y es una líder innata que se ha dedicado en cuerpo y alma a la comunidad de sordos del oeste. Entiende sus frustraciones, tristezas y tropiezos, porque los ha vivido en carne propia.
“Con la ayuda de mis padres, las terapias y de las maestras, me fui desarrollando”, dijo.
¿Usa audífonos?
—Ya no.
¿Qué sonidos oía con ellos?
—Muchos sordos hablamos duro y el audífono me ayudaba a controlar el tono de voz. Ya no los uso, me adapté. En las oficinas médicas, la gente no entiende por qué hablo tan duro, miran y mi mamá me avisa para controlarlo.
¿Cómo es el mundo de los silencios?
—Para mí, es como una oscuridad.
¿Cómo vive en ese mundo?
—Vivo feliz, pero con miedos, con inseguridad.
¿Por qué?
—Si hay una emergencia, si le pasa algo a mi familia, ¿cómo me van a llamar?
¿Ha pasado sustos?
—Sí, vivo en una casa arriba de mi mamá. Una vez, recibió la noticia de que mi tío había fallecido, rompió a gritar, no sabía qué hacer. Yo dormía, como si nada.
Le da miedo no oír el pedido de ayuda de su mamá...
—Exacto. Si hay una alarma de tsunami y mi mamá está trabajando y estoy sola arriba, ¿quién me avisa?
¿Ha vivido emergencias?
—En el huracán Georges. Tenía 18 años, mi papá estaba encamado y me acosté a dormir en el piso, porque lo cuidaba. Detrás de la casa, hay una quebrada. El agua entró y no me di cuenta. Mi papá tuvo que tocarme y cuando desperté, el agua estaba subiendo, me llegó a la cintura.
Un gran susto...
—Sí, no oía nada.
¿Qué hizo?
—Corrí hasta la escuela, que era refugio, a pedir ayuda para que sacaran a mi papá.
¿Se le hizo difícil?
—No entendía lo que hablaban, estaba desorientada. Solo cuando trajeron a mi papá me quedé tranquila. Tú puedes oír el huracán, yo no. Si duermo, no me entero.
¿Y en el huracán María?
—La pasé con mi mamá. Como había vivido lo de Georges, no dormí por el miedo, por si entraba el agua, si llamaban... Fue frustrante.
¿Qué la frustraba?
—Estábamos un grupo juntos y hablaban, pero no entendía. No había luz, tenía que alumbrarles la boca para leer los labios. Cuando se agotaba la batería, no podía verlos. Me deprimió.
Estaba aislada en las noches...
—Sí, en un mundo de oscuridad sin sonidos, encerrada, incomunicada. Fue horrible.
¿Lo que percibe es silencio absoluto o hay alguna vibración?
—Mis nervios están muertos. A veces, siento un silbido. A otros amigos sordos les pasa... es normal.
¿La primera vez se asustó?
—No, sentí esperanza. ¿Voy a escuchar? ¿Cómo será oír la voz de otra persona? ¿Oiré los pájaros? ¿Oiré el mar? Me dicen que ese sonido es bello...
Sí, es relajante y el viento suena...
-Sí... Me gustaría hacer yoga, pero uno necesita oír. ¿Cómo puedo relajarme así? No he perdido la esperanza de que me digan otra forma de cómo trabajar el yoga.
Debe existir...
—¿Verdad que sí?
Mientras conversábamos, debía hablarle de frente para que leyera mis labios. Ella respondía perfectamente, porque las terapias que tomó desde niña hasta los 18 años le dieron esa herramienta. A la vez, usaba el lenguaje de señas para el que los dedos equivalen al alfabeto. Lucía unas uñas espectaculares, largas, bien cuidadas y pintadas de un llamativo amarillo neón.
“Mis manos son especiales para mí porque me ayudan a comunicarme con mi comunidad de sordos y con personas que quieren aprender a comunicarse con ellos”, destacó.
¿Sus uñas son como sus labios y el esmalte como el lápiz labial?
—Sí, son como la belleza, el encanto especial.
¿Cómo despierta sin alarma?
—Muchos me lo preguntan, porque siempre me levanto a las 6:10 a.m. Aunque esté en fiestas, es igual. Dios me levanta porque está conmigo.
¿Siente el vibrar de la música?
—Sí, la vibración se siente en el piso o en las sillas, pero tiene que ser que esté alta, como la de un DJ. Los teléfonos no. En una discoteca, se siente en el cuerpo: bum, bum, bum. Lo que no sabemos son las letras, si es Marc Anthony o Anthony Santos.
¿Puede diferenciar los géneros: merengue, salsa, bolero o reguetón?
—Es distinto y se puede.
¿Puede diferenciar la diversidad en un mismo género?
—No, ahí no se puede saber si es un merengue ripiao o si es Grupo Manía.
¿Y en el carro?
—La música debe ser a todo volumen para sentir el bum, bum, bum en el guía.
Imagino que no oír las bocinas en los tapones es bueno...
—(Ríe) Pueden sacar un biombo y pi, pi, pi, no escucho nada. Las personas me insultan y yo las miro y digo: “¿Qué pasó?” Sigo feliz porque no los oigo.
La seguridad que hoy muestra Yamilette no siempre fue igual. Fue construyéndola paso a paso. Hubo momentos difíciles. La burla en la escuela y el discrimen que se extendió hasta la universidad. Salió de la protección de su familia hacia un salón que compartía con otros niños sordos. Se sentía a gusto, porque había otros como ella y hasta hizo amigos. Pero ya se estaba acostumbrando a hablar solo en lenguaje de señas y su madre decidió que debía sacarla de ese confort que la desviaba de la meta: aprender a hablar en oraciones completas.
Con 9 años enfrentó ese cambio. La ubicaron en un salón de niños oyentes y con diversas discapacidades. Fue fuerte, pero lo superó.
“Gracias a la decisión de mi mamá, puedo hablar”, resaltó.
¿La mayoría de los sordos no hablan?
—Hablan, pero se les hace difícil.
¿Vivió eventos traumáticos en la escuela?
—Fue impactante ver cómo se reían de mí. No entendía lo que decían, pero veía los gestos. Hacían muecas con las manos y con la lengua. Hoy día, me ven y bajan la cabeza.
¿Se los encuentra?
—Sí, uno que se burlaba es policía municipal. Di unos talleres sobre cómo tratar personas sordas en una emergencia. Habían policías, bomberos y personal de Manejo de Emergencias. Por casualidad, estaba el compañero (de la escuela). Les conté que en la escuela se burlaban por como hablaba y dije: “¿Te acuerdas Waldemar?” Él se levantó y me dijo: “Es verdad, te pido disculpas, me arrepiento. Mis dos hijas están en Educación Especial”.
¿Cómo reaccionó?
—Me dieron ganas de llorar por sus hijas. Le dije: “Lo siento mucho, que Dios cuide a tus hijas; ellas pueden, mira donde llegué”.
¿Qué la hacía llorar?
—Lloraba mucho de frustración, por el desprecio. No podía tener amigas porque no las entendía. No podía hablar. Me sentía rechazada. Lloraba aparte, pero mis padres sabían y me apoyaban.
A los 18 años, le dijo a su mamá que dejaría las terapias para iniciar estudios universitarios. Hablaba, pero aún le faltaban palabras por aprender. La universidad fue una etapa aún más difícil.
“Fue muy difícil. Me decían que hablaba raro, que si tenía alguna discapacidad intelectual. A mí me sorprendía porque era en la universidad”, rememoró.
¿Y en las clases?
—No me dieron un intérprete rápido. Quería estudiar Justicia Criminal, pero no pude porque todo era hablado. Cuando tienes un profesor que sigue hablando y hablando es imposible. No entendía. Bajé el promedio. Tuve que cambiar de concentración.
En la Universidad Interamericana de San Germán le dieron el intérprete que necesitaba tres años después de comenzar sus estudios y tras someter una querella en lo que hoy se conoce como Defensoría de las Personas con Impedimentos. Obtuvo su diploma universitario en 2006.
Un estudio de 2016, publicado en la página del Departamento de Salud, dice que en la isla había 153,329 personas con problemas auditivos. Yamilette asegura que la cifra ya ronda los 200,000. La mayoría están en Orocovis y Moca, donde ella ha visitado familias enteras audio impedidas.
¿Cómo la tecnología la ayuda?
—Mucho, porque nos podemos comunicar a través del lenguaje de señas por vídeo. Muchos sordos no saben leer ni escribir en oraciones completas. Se comunican en señas, de cámara a cámara.
¿Cómo va la implantación de la ley para enseñar lenguaje de señas a padres y tutores?
—Pertenezco a los comités. Es un proceso lento, pero sí se está trabajando.
En su salón, tiene 22 niños oyentes y dos sordos. Los asume como una gran responsabilidad.
“Vi y viví tanto discrimen que decidí que iba a ayudar a mi comunidad y demostrarles que sí se puede”, dijo.
¿Qué le preguntan los niños oyentes?
—Que por qué hablo así, vocabulario en lenguaje de señas, qué significa sordo. Yo les explico.
¿Qué significan para usted sus estudiantes que no oyen?
—Son sordos profundos, como yo. Son especiales para mí.
¿Qué cosas le preguntan?
—Uno estaba triste y me preguntó que por qué hablaba así... Les digo que pueden pararse frente a la clase y que no deben tener miedo. Los motivo. No permito que se frustren.
Yamilette organiza, incluso, charlas para la comunidad no oyente sobre temas relevantes, como prevención de suicidios y Ley 54.
Tiene un compañero, Eric González, un policía municipal de Hormigueros. Él quiso aprender el lenguaje de señas. Ella fue su maestra. Entre curso y curso, Cupido los flechó.
“Se siente muy orgulloso de mis logros”, dijo.
¿Cuál ha sido el mayor reto?
—Tener fe en mí misma.
¿Y lo más satisfactorio?
—Mi relación con mi mamá. Es mi alma, mi escudo, la que me llevó donde quería estar.
Si pudiera, ¿que le gustaría oír?
—El mar, el viento y sentir la paz de estar en la playa... Me gustaría oír las palabras bonitas que me dice mi mamá.
¿Qué le falta por hacer?
—Un libro de señas. Solo hay uno viejo. Busco personas que me ayuden. Me lo propuse y lo lograré... ¡Yo soy feliz!
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