

21 de mayo de 2017 - 12:00 AM


Seis décadas han pasado desde que Raúl Russi se unió a la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos
Hace poco, evocó aquel 17 de abril de 1957 cuando salió del barrio Apeadero, en Patillas, con destino a la ciudad de Búfalo, la segunda más grande Nueva York.
Era miércoles. Tenía 11 años. Llegó con su padre y hermanos.
Al abrir la puerta del aeropuerto neoyorquino, sintió una brisa fría… tan fría que, al recodarla ahora, de inmediato se transporta a los buenos ratos en el río o en la finca de su abuelo que acababa de dejar atrás.
Pero aquel miércoles no había mucho tiempo para nostalgia. Había escuela el próximo lunes. Sexto grado. En un mismo salón, 27 estudiantes.
“Solo había uno que se parecía físicamente a mí. Le pregunté: ‘¿hablas español?’. Me dijo: ‘sí’. Era otro puertorriqueño que había llegado tres meses antes y me ayudó con la traducción. Llegué a Búfalo sin saber nada de inglés. La maestra hablaba y yo no entendía nada, pero gracias a ese otro niño sobreviví”, cuenta sobre la experiencia que, temprano en la vida, le enseñó “una de las mejores características” de la diáspora boricua: solidaridad.
Hace cinco años, tras haber creado Acacia Network –la segunda organización sin fines de lucro de base latina más grande de Estados Unidos–, Russi viajó a la Isla y aprendió otra gran lección.
“Conocí a un señor que me dijo: ‘el puertorriqueño es puertorriqueño estando en Estados Unidos, Europa o Asia. Si un puertorriqueño está en crisis, todos los puertorriqueños estamos en crisis’. Me puse a pensar y tenía razón. Donde haya un puertorriqueño, el corazón y el orgullo se sienten, pero también se siente el dolor cuando hay una emergencia o necesidad. Eso me cambió la mente”, afirma.
Fue así como decidió replicar aquí el trabajo comunitario que Acacia Network ha estado realizando en Nueva York, Maryland, Tenesí, Georgia y Florida, entre otros estados, proveyendo servicios en las áreas de salud, vivienda y desarrollo económico.
Tras una búsqueda de “proyectos de primera necesidad” en los que se pudiera invertir, reunirse con 15 alcaldes y contactar organizaciones similares a la suya, llegó a la conclusión de que la población de adultos mayores es la que más atención requiere.
Terminó, entonces, en una finca en Toa Alta, donde desde noviembre pasado está en construcción el proyecto “Palacio Dorado”, que consiste de 103 unidades de vivienda asequibles y orientadas a satisfacer las necesidades de las personas de 62 años o más.
Durante su más reciente visita, Russi conversó con El Nuevo Día sobre su niñez, su vida en Nueva York y su visión de cómo la diáspora puede y debe ser pieza clave en la recuperación económica y social del Ptaís.
¿Qué factores incidieron para que el primer proyecto de Acacia Network en Puerto Rico fuera con adultos mayores?
—Pensamos en los viejos de la Isla, que están solos en sus casas porque sus hijos se han ido aEstados Unidos u otra ciudad. Aquí hay necesidad de buenas viviendas para esos viejos.
¿Cómo el proyecto “Palacio Dorado” atiende esa necesidad?
—Son 103 viviendas, que deben estar ocupadas en septiembre de 2018. Hay unidades que serán adaptables, accesibles para movilidad y equipadas con sensores. Pero más que un edificio, nuestro interés es que se haga una comunidad. Por eso, el proyecto ofrecerá servicios de salud física y mental. Además, cerca del proyecto hay centros médicos y farmacias.
Específicamente, ¿en qué consiste la ayuda de Acacia Network?
—Lo primero que hicimos fue aportar $1 millón en la etapa de predesarrollo, para negociar con ingenieros, arquitectos, contratistas y consultores. Nosotros pagamos por esos servicios, en parte, para eliminar el riesgo en torno al proyecto y que después no se realizara. Esa inversión de predesarrollo siempre es lo más duro. En esta etapa de construcción, trabajamos a través del programa de “tax credits”, que provee para hacer viviendas para gente de bajos ingresos. Eso se junta con otros programas y “vouchers”, lo que nos da una combinación de dinero para la construcción y subsidios para pagar la renta. En otros proyectos que tenemos en Estados Unidos, también recibimos dinero para proveer servicios de salud y contra la adicción a drogas.
¿Quién es la persona que lo motivó a traer a la Isla el trabajo de su organización?
—Se llama Oscar González y es un juez de Guayama. Vine aquí, lo conocí y me preguntó por qué, siendo puertorriqueño y con una organización para latinos exitosa en Estados Unidos, no trataba de hacer lo mismo aquí. Me dijo que tratara de unir organizaciones para desarrollar proyectos; que, si lo hacía allá, también podía hacerlo aquí.
¿Por qué antes no pensaba de esa forma?
—Pensaba que en Puerto Rico hay más personas que podían hacer el trabajo; no creía que me necesitaran a mí. Pero mi pensamiento empezó a cambiar tras la conversación con Oscar, quien me hizo ver que la nación puertorriqueña no tiene fronteras.
¿Cuán importante es desarrollar y esparcir ese pensamiento, en momentos en que la ola migratoria actual ya excedió el éxodo de mediados de siglo pasado?
—Tenemos que tener una campaña entre los de aquí y los de allá, entendiendo que todos somos una misma nación; que tenemos que apoyarnos unos a otros. Si estamos bien aquí y allá hay uno que no está bien, tenemos que ayudar. Si aquí no están bien, no podemos dejar que nuestras raíces sufran.
¿Qué propone para involucrar más a la diáspora?
—Cosas tan sencillas como que, si van a hacer un viaje de vacaciones, que vengan a las playas de Puerto Rico. Si quieren invertir o hacer un negocio, que lo hagan en Puerto Rico. Si ahora mismo hay más puertorriqueños en Estados Unidos que en la Isla, hay que aprovechar ese poder de negocio. Lo que no se puede tener esmiedo.
¿Qué opina de quienes están dejando la Isla ahora?
—Si no hay trabajo y tienesfamilia, vas a ir al fin del mundo para darles de comer. Yo no culpé a mi papá. En el barrio Apeadero, con seis hijos e hijas, no había trabajo ni comida… no había trabajo para quienes no tenían gran educación, y había que buscar casa, comida y ropa. Yo entiendo eso. Pero si cambiamos la dinámica, si los de allá ayudamos a los de acá, no habría tanto éxodo. Nosotros sufrimos yéndonos de la Isla.
¿A qué se refiere?
—(Ojos llorosos y voz entrecortada) A la pérdida de la cultura, de la lengua, del amor que le tengo a mi barrio, que lo visito con una nostalgia de lo que éramos… comiendo mangó, trepándonos a los árboles y viendo gente que vivía hasta los 100 años. Cuando voy a Apeadero, lo miro y me dijo: “me perdí mi futuro aquí, porque mi papá tuvo que hacer una decisión”. Pero entiendo esa decisión y no lo culpo.
¿Qué recuerdos tiene de su infancia?
—Me acuerdo de la escuela, que andábamos por una cuesta bien alta, como una milla o milla y media, con los zapatos sobre el hombro, para poder llegar. Nos limpiábamos los pies en el río y nos poníamos los zapatos, que eran unas botitas negras que nos daba el Gobierno. Recuerdo también a mi abuelito, don Faustino, que sabía más de las tierras y las frutas de Puerto Rico que cualquier agricultor. Era un jibarito, que también era barbero y hasta cajas de muerto hacía. Siempre tenía alimentos en su finca de 30 cuerdas.
¿Cómo fue la adaptación en Búfalo teniendo 11 años?
—Cuando llegué, mi primera impresión fue el frío y luego, el idioma. En ese primer verano, entré a una escuela de adultos con mis hermanos para aprender inglés. Esa parte del idioma siempre me dejó un poco debilitado. Llegué al sexto grado y tuve que repetirlo. Luego me pusieron en una escuela vocacional. Lo que aprendí en esa escuela vocacional por cuatro años, me ha guiado toda la vida.
¿Qué aprendió?
—Aparte de las reglas básicas de electricidad, plomería y carpintería, salí con un entendimiento de cómo el mundo camina, de cómo las máquinas hacen las cosas. Así es que manejo mis problemas, yendo siempre a lo más básico.
¿Cuál fue su primera experiencia laboral?
—Empecé en una planta de acero, en los años 60. Pero las ciudades empezaron a caer, porque las fábricas cerraron. Entonces me dijeron que estaban buscando puertorriqueños para la Policía de Búfalo.
¿Por qué buscaban puertorriqueños?
—Porque había problemas con la comunidad puertorriqueña. Todos los policías eran blancos. De 1,500 agentes, solo 12 era morenos. Pucho Olivencia, un señor de Hormigueros, vino a mi casa, donde habíamos tres hermanos y todos mediamos cinco pies con nueve pulgadas de estatura. Me hablaron de coger el examen y no quería. Me convertí en lo se conoce como “community peace officer” y estuve año y medio. De ahí pasé a la Policía como tal y fui policía de la ciudad por 15 años, de 1971 a 1986. Fui el primer latino en la Policía de Búfalo.
¿Cómo describe esa experiencia?
—Fui delos mejores policías que la ciudad tuvo. Me honraron en muchas ocasiones, incluyendo la medalla “Puple Heart”, porque en uno de los arrestos cogí tres disparos. Estuve un año recuperándome de eso.
Presumo que fue como volver a nacer...
—Sin duda, fue un cambio de mente. En ese tiempo, en Búfalo había tres pequeñas organizaciones puertorriqueñas y el alcalde de entonces no quería darles fondos para seguir operando. Eran $20,000 para cada una. Sabía que el alcalde iba a venir a verme para tomarse una foto para los periódicos. Entonces, le dije: “alcalde, no le quite el dinero a esas organizaciones, que son mis amigos”. Y me dijo: “por ti, lo voy a hacer”. Cada organización recibió su dinero, pero después pensé que era una lástima que, como latinos, no tuviéramos el poder político para parar esas cosas. Mi mente cambió y me envolví más con la comunidad latina.
¿Qué hizo específicamente?
—Me involucré en una organización para ayudar a las personas con problemas de drogas. Uno de ellos, Andrés García, que luego llegó a ser vicepresidente de un hospital, me dijo: “¿por qué, en vez de arrestarnos todo el tiempo, nos ayudas con programas?”. Así fue que cogimos a las tres organizaciones que siempre estaban peleando y creamos una nueva organización: Hispanos Unidos de Búfalo.
¿Cuánto tiempo más estuvo en la Policía?
—Cuando salí del hospital, estuve tres años más en la Policía. El alcalde con quien conversé allá, me mandó a uno de sus socios y al otro día me encontré trabajando en la cárcel, sacando las huellas dactilares a los presos. Allí durante dos años, pero aproveché para completar mi bachillerato y organicé la comunidad; una fuerza política. Aspiré para ser asambleísta en Búfalo. Perdí, pero gané. Quedé segundo, pero supieron de mí.
¿Qué ocurrió después?
—Un amigo mío se hizo “sheriff” del condado de Erie y me invitó a dirigir la cárcel. Fui superintendente. Estuve tres años y medio, de 1986 a 1989, e hice un buen trabajo. Fui reconocido como mejor oficial correccional del estado de Nueva York, y de ahí salí una conversación con el gobernador Mario Coumo, quien me ofreció presidir la Junta de Libertad bajo Palabra para la Ciudad de Nueva York. Eso me dio la oportunidad de ayudar por primera vez a Puerto Rico; vine a la Isla a trabajar con la Junta de Libertad bajo Palabra para mejorar sus procesos. Después de seis años, Cuomo, que conocía al alcalde Rudy Giuliani, me recomendó para ser “sheriff” de la Ciudad de Nueva York, y estuve un año. Después estuve cinco años en el Departamento de Probatoria de la Ciudad de Nueva York, de donde me jubilé en mayo de 2001.
¿En qué momento creó Acacia Network?
—Un grupo de puertorriqueños en El Bronx me habló de ir allá a formar una organización puertorriqueña y tratar de salvar las organizaciones que estaba fallando. Fue así que, en 2002, nació BASICS (Bronx Addiction Services Integrated Concepts System, Inc.), con 27 empleados, en un edificio para atender personas sin casa y adictos a drogas. Hoy tenemos casi 3,000 empleados y más de 200 edificios. En 2009, para agrupar a las 68 organizaciones que proveen servicios, se creó Acacia Network. El 98% de esas organizaciones fueron fundadas por puertorriqueños, pero también tenemos una fundada por dominicanos y otra por estadounidenses. Acacia Network es un grupo de organizaciones fundadas por pioneros puertorriqueños en la migración de los años 50, incluyendo mi papá… que llegaron a un país, del que eran ciudadanos, pero no se sentían como tal.
¿Qué es lo próximo con la organización?
—Somos la organización puertorriqueña más grande en Estados Unidos, pero todavía dependemos mucho del Gobierno para tener dinero para las cosas. Lo más importante es tener la oportunidad de tener dinero para hacer proyectos, como el que estamos haciendo en Toa Alta, y para eso, hay que meternos en el centro del negocio. Podemos crear una organización con fines de lucro, para que el dinero que ganen, se invierta en proyectos. Queremos crear un grupo, para que las ganancias que se obtengan se puedan invertir. Como puertorriqueños, aquí o en Estados Unidos, no somos menos que nadie; somos igual o mejor.
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