La enfermedad de Hansen, o lepra —como se conoce comúnmente— actualmente no es considerada un problema de salud pública a pesar de no haber sido erradicada del todo. Sin embargo, a finales del siglo XIX, la contagiosa enfermedad continuaba siendo una gran preocupación para el recién impuesto gobierno militar tras la invasión estadounidense de Puerto Rico en 1898.
Aunque el gobierno español en la isla había adoptado iniciativas de remoción de pacientes de las calles ante el incremento de casos y las dificultades para realizar un diagnóstico certero, lo cierto es que estos pacientes todavía convivían libremente con la comunidad no contagiada.
Los pacientes en San Juan eran ingresados al Asilo de Leprosos de Puerta de Tierra, donde eran atendidos con métodos rústicos de aislamiento y de segregación del resto de la población.
El gobierno militar estadounidense en la isla prestó particular atención a la lepra dentro de su nuevo modelo de salud pública, ello ante la gran preocupación de que la bacteria que provoca la enfermedad —que aún no era del todo comprendida— se propagara en una isla que, a todas luces, continuaba rezagada en el pasado y sumida en la insalubridad.
Hoy día, la ciencia ha establecido que no todos los que padecen de lepra despiden bacilos fuera de su cuerpo que provocan el contagio. Esta posibilidad se elimina al administrar medicamentos.
En estricto aislamiento
En febrero de 1899, el recién nombrado gobernador, el general Guy Vernor Henry, asignó una comisión para identificar el número de contagiados de lepra que existía en la isla e informar sobre las condiciones en las que se encontraba el Asilo de Puerta de Tierra.
Hasta ese momento el gobierno español establecía que cada municipio debía atender a sus propios leprosos, pero la iniciativa estadounidense descargaba esa responsabilidad sobre el gobierno insular. Asimismo, los estadounidenses implementaron el llamado “modelo hawaiano”, que proponía el total aislamiento para evitar el contagio de personas sanas, estrategia que realmente estaba enfocada en proteger a la población y no en tratar al paciente.
Según el artículo “En estricto aislamiento: La invasión estadounidense y la medicalización de la lepra en Puerto Rico, 1898–1903”, del profesor de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, el doctor César Augusto Salcedo Chirinos; la investigación se realizó entre los meses de febrero y abril de ese año.

“Como resultado (de la investigación) fueron apartados nueve enfermos de la capital, uno de Camuy y otro de Ponce; estos once fueron llevados al hospital (asilo) como lo exigían las autoridades. La suma de estos once enfermos, a los dos que ya vivían en el asilo, son los trece pacientes con los que inicia el lazareto”, indica Salcedo Chirinos.
La premura por aislar a los leprosos llevó al gobierno a buscar un lugar más apropiado para mantener a los pacientes. Primero se sugirió trasladar la colonia al cayo San Luis, cerca de la isla de Culebra. Más tarde, se propuso la zona de Punta Salinas, en Toa Baja, pero tampoco se materializó por la falta de fondos.
El 27 de noviembre de 1900, finalmente, los primeros leprosos fueron trasladados a Isla de Cabras.
Sin embargo, las dificultades para transportar a los pacientes hasta el islote, ubicado en la boca de la Bahía de San Juan, hicieron que el primer año de operaciones solo se sumaran nueve pacientes adicionales. Los ferrocarriles se negaban a llevar a los leprosos por temor al contagio.
La vida en el leprocomio
Según el profesor, la vida en la colonia estaba marcada por “el tiempo libre y el desorden”, y donde se destacaban “las deficiencias en la vida moral”.

El establecimiento de una biblioteca fue uno de los proyectos que buscaba ayudar a los pacientes a no ocupar todo su tiempo libre en esas “deficiencias morales”. La idea fue propuesta por Manuel Fernández Juncos, padre del doctor Manuel Fernández Náter, director del leprocomio. Fernández Juncos proponía la cultura como forma de aliviar el sufrimiento de estos enfermos.
“En el islote fueron recibidos más de cien volúmenes (de libros), el problema estaba en que muchos de ellos (los pacientes) no sabían leer. En ocasiones, los libros fueron utilizados solo para ver las imágenes”, indica el profesor.
“En el mes de agosto de 1903”, relata Salcedo Chirinos, “mientras se discutía públicamente la presencia en el leprocomio de personas no contagiadas que vivían en la libre comunidad, se supo que José Aldrich, un practicante, criaba animales en el islote para luego venderlos en el mercado de San Juan. El escándalo fue mayúsculo porque se afirmaba que los animales estaban contagiados y podían enfermar a los consumidores”.
“Una comisión visitó el islote e identificó siete chivos, 38 gallinas, 26 pollos, dos gatos y dos perros. Todos fueron sacrificados. Aunque Fernández Náter se excusó afirmando que desconocía sobre este asunto, tanto él como el practicante fueron despedidos”, añade.
Un nuevo leprocomio
Según el artículo titulado “Historia del antiguo leprocomio de Trujillo Alto (1926-1977)”, de Walter R. Bonilla, publicado en la edición número 25 de la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP); el 2 de abril de 1923, la Junta del Asilo de Leprosos adquirió dos parcelas de terreno en el barrio Las Cuevas de ese municipio por la cantidad de $8,000, ante la presión de varios sectores para mejorar la calidad de vida de los leprosos.
La Junta adquirió dos fincas: una de 40 cuerdas y otra de dos, utilizadas mayormente con fines agrícola, sin ninguna estructura edificada.
En 1924, el arquitecto Rafael Carmoega, a cargo de la División de Edificios Públicos del Departamento del Interior de Puerto Rico (hoy día Departamento de Transportación y Obras Públicas), preparó el primer proyecto de construcción del complejo y, en 1926, se comenzó la construcción de las nuevas instalaciones de la colonia.
La existencia de agua en los terrenos adquiridos por el gobierno fue, posiblemente, su mayor atractivo, no solo para el suplido de agua potable, sino para mantener la colonia limpia. La carencia de agua en el antiguo lazareto de Isla de Cabras exacerbaba las malas condiciones de los pacientes.
Durante la década de 1930, dos grupos religiosos, uno católico y otro protestante, construyeron dos capillas para los servicios espirituales de los leprosos. Ambos grupos sufragaron todos los gastos de construcción de la capilla católica, que fue inaugurada en 1930, y de la capilla protestante, develada en 1934.
Actualmente solo la Capilla del Divino Niño Jesús queda en pie, luego de que la capilla protestante fuera demolida en la década de 1980 debido a las expansiones de la carretera PR-199.

Desintegración de la colonia
Los adelantos en los tratamientos de la lepra repercutieron en la derogación, el 4 de junio de 1960, de la Ley 76 que creaba la Junta de Asilo de Leprosos.
A partir de la década de 1960, con la disminución de los casos de lepra, el leprocomio fue perdiendo su integridad física, dando paso a nuevas construcciones y la demolición de estructuras.
En 1966, la Universidad de Puerto Rico estableció en el lugar el Centro Dermatológico de Trujillo alto, ocupando el personal y las clínicas del leprocomio en la parte oeste de la finca.
Por otro lado, en la parte este se estableció el Hogar Insular de Niñas y un centro de tratamiento de la Administración de Servicios de Salud y Contra la Adicción (ASSMCA), que impulsaron cambios radicales en las antiguas instalaciones provocando que seis casetas, construidas en 1935, fueran demolidas.
Al ser desalojados los últimos pacientes de lepra, entre 1976 y 1977, la clínica de dermatología se trasladó al Centro Médico, ya que no era necesario aislar a los enfermos de la población saludable. Poco a poco, lo que fue una colonia de pacientes se convertía en una especie de pueblo fantasma.

Afortunadamente, las gestiones del comité de Amigos de la Capilla del Divino Niño lograron detener la destrucción total del leprocomio.
Actualmente, ambas ruinas de lo que fue la única colonia de leprosos en Puerto Rico yacen perdidas en el tiempo: una golpeada por el inclemente océano Atlántico y la otra escondida entre la densa maleza urbana.


