Análisis
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Ocho claves para entender la nueva encíclica de León XIV: “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”

El documento del papa presta especial atención a la preservación de la dignidad humana en la era de la tecnología

25 de mayo de 2026 - 2:00 PM

El papa León XIV llega a su audiencia general semanal en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, el miércoles 13 de mayo de 2026. (AP Foto/Alessandra Tarantino) (Alessandra Tarantino)

La defensa de la dignidad humana en la época de tecnologías deshumanizantes es el gran tema central de la primera encíclica del papa León XIV, titulada, “Magnifica humanitas” o “Magnífica humanidad”, en español. El documento, publicado por el Vaticano el 25 de mayo, fue firmado el día 15 del mismo mes, coincidiendo con aniversario número 135 del documento que abrió el camino para lo que luego sería conocido como la Doctrina social de la Iglesia Católica, la encíclica “Rerum novarum”, del papa León XIII. A lo largo de 235 puntos, el papa ofrece una advertencia ante un mundo cada vez más dominado por tecnologías como la Inteligencia Artificial (IA) y, a la vez, varias formas de confrontarlas.

Aquí algunos de los aspectos más destacados de “Magnífica humanitas”:

Una nueva torre de Babel

Desde la introducción del documento, León XIV coloca ejemplos que hilvana a lo largo de toda la encíclica y que le dan una base teológica sólida a los razonamientos que discute. El pontífice comienza comparando la actual era de la humanidad con una de las historias bíblicas más conocidas del Antiguo Testamento: el levantamiento de la torre de Babel. El papa argumenta que la humanidad se enfrenta a una decisión crucial en la que deberá elegir entre el levantamiento de una nueva torre de Babel, símbolo de la soberbia humana, o la edificación de una nueva ciudad en la que Dios y la humanidad habiten juntos, haciendo una comparación directa a la historia del profeta Nehemías, recordando que en su misión, “no impone soluciones desde lo alto”, sino que muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes”.

“Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”, explica León en la introducción.

La tecnología y el destino de los pueblos

En la misma introducción, el pontífice reconoce la importancia que la tecnología ha tenido en el desarrollo de la vida humana, pero también destaca que los instrumentos que han permitido estos avances no son herramientas moralmente ambiguas, sino que han sido utilizadas para causar daño

“Hoy, sin embargo, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma». Las nuevas tecnologías abren un horizonte que se extiende en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por completo. Esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común”, reza el documento.

Ante esto, el papa plantea preguntas que considera ineludibles para determinar el futuro de estas innovaciones y su rol en la sociedad: ¿hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?

El rol de la tecnología

“La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”, explica el pontífice en la encíclica.

León hace un llamado a evitar lo que describe como el “síndrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos. La razón siendo que al caer en esta forma de ver las cosas se corre un gran riesgo de caer en la deshumanización. Ante esa tentación cada vez más creciente, el papa insiste en el deber de permanecer profundamente humanos, de custodiar el amor a esa “magnífica humanidad” que ninguna máquina podrá sustituir jamás.

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Inteligencia artificial vs. humanidad real

En el punto 85 del documento, el papa sostiene que las innovaciones tecnológicas, incluida la Inteligencia artificial (IA), no son neutrales y que pueden ser usadas para el beneficio o el detrimento de las sociedades, siendo explotadas para ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Aquí, una vez más, León invita al cuestionamiento sobre estas tecnologías: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?

El pontífice hace una distinción clara entre la inteligencia humana y la IA, dejando claro en el punto 99 que no son elementos comparables de ningún modo, pues la segunda y sus manifestaciones “no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias. Son solo meras imitaciones que no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio.

La IA y la moral

En su punto 103, el papa explica que la práctica de permitir que un algoritmo tenga el poder de seleccionar quién o no es digno de vivir, sin que nadie asuma el peso de esa decisión, disminuye la empatía hacia el excluido y, sobre todo, la responsabilidad política, pues la acción de descartar a los débiles queda reducida a una neutralidad y objetividad contra las que es imposible protestar, permitiendo así que la injusticia se realice silenciosamente y la compasión, la misericordia y el perdón, no como simple apariencia, sino como gestos políticos, desaparecen del horizonte.

“Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida”, lee el punto 110 del documento.

La búsqueda de la verdad como misión perpetua

El papa se muestra muy preocupado por el rol de la verdad en una sociedad en la que cada vez más parece un elemento del que se puede desprender. Esto, argumenta, es un golpe serio a la democracia y abre el camino a formas violentas de gobierno.

Dice en su punto 134: “El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)»”.

Ante esto, ofrece como respuesta el no demonizar ni idolatrar los medios, sino el gestionarlos viendo al verdad como un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad, poniendo especial énfasis sobre lo que llama “ecología de la comunicación”: establecer reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos y que protejan los datos personales, el fortalecimiento de los organismos intermedios, un periodismo serio y espacios de debate en los que primen la argumentación y la verificación por encima de la reacción inmediata

La tecnología como nueva forma de esclavitud y colonialismo

“Si una tecnología promete emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de la dignidad de la persona”, lee el documento en su punto 173.

El papa explica que debido a la forma silenciosa en la operan las grandes compañías tecnológicas, el colonialismo ha adquirido un tipo de invisibilidad. Ya no solamente domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable. León señala la vulnerabilidad particular de territorios enteros, sobre todo aquellos con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural que se ven atravesados por esta nueva lógica de extracción.

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Una solución humana a un problema humano

Al final de la encíclica, el papa recuerda las palabras del escritor J.R.R. Tolkien, autor de “El Señor de los Anillos”: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”.

Con ellas, León explica que la responsabilidad cotidiana y pública es un camino posible para hacerle frente a esta nueva realidad y propone cinco vías: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo.

Ante todo, el papa insiste en la necesidad de abandonar el individualismo, reconociendo, en su lugar, al ser humano como criatura en relación con toda la creación.

“En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la Encarnación. Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat, para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”, concluye el documento.

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