

30 de agosto de 2026 - 6:51 PM

De uno de los muertos solo hay una pierna que mostrar y a una mujer, con el rostro profundamente deteriorado, le separaron los labios antes de fotografiarla para dejar visible un diente de oro, porque frente a la morgue de Katmandú cualquier detalle que la riada haya dejado intacto puede ser suficiente para que una familia reconozca entre los cadáveres a quien lleva cinco días buscando.
Las fotografías cubren una persiana metálica junto a la entrada, cuerpos enteros y restos humanos, rostros todavía cubiertos de barro, prendas visibles y pequeñas fichas con números y anotaciones que los familiares recorren una a una en busca de algo conocido.
Las fotografías que ellos trajeron están justo enfrente.
Son imágenes muy distintas, hombres y mujeres sonriendo, parejas abrazadas, retratos familiares, selfies, recuerdos de viajes y capturas de redes sociales pegadas junto a nombres, edades, teléfonos y el último lugar donde alguien supo de ellos. De este lado, las familias buscan entre los muertos a quienes aparecen vivos en la pared de enfrente.
Raj Bahadur Thapa lleva cinco días mirando en ambos lados.
Su hermano, Deepak Pradhan, de unos 43 años, desapareció en Timure, en el distrito de Rasuwa, la mañana del miércoles. La última comunicación de la familia con él fue antes de las 8:00 y hacia las 8:30 su teléfono dejó de responder, el comienzo de una búsqueda que los ha llevado sobre el terreno, en helicóptero y por hospitales situados incluso en Chitwan, a decenas de kilómetros de las montañas donde desapareció.
Raj estuvo el sábado frente a estas fotografías y el domingo regresó para mirarlas otra vez.
“En este lado están los desaparecidos. En aquel, los que encontraron muertos”, explica a EFE mientras señala primero una pared y después la otra.
Deepak no está en ninguna.
“Seguimos buscando. Todavía estamos esperando”, dice.

La espera se repite en Nuwakot, en la base militar donde aterrizan los helicópteros que regresan de las zonas devastadas y donde cientos de personas continúan concentradas fuera en busca de noticias de sus familiares, como durante los primeros días de la emergencia, aunque cinco días después hay algo que permite advertir el cambio antes incluso de cruzar la entrada.
Ahora casi todos llevan mascarillas, los soldados que entran y salen de las instalaciones y también muchas de las personas que aguardan fuera, hasta donde llega el olor de los cuerpos en descomposición que los equipos de rescate continúan recuperando.
De los helicópteros bajan bolsas mortuorias que los militares descargan y trasladan hacia el interior, algunas con formas irregulares bajo el plástico, sin el contorno reconocible de un cuerpo completo.
Ese deterioro acompaña a los cadáveres hasta los hospitales. “Los cuerpos que llegan están todos en estado de descomposición y algunos están fragmentados. Estamos intentando recoger todos los rasgos identificativos y muestras de ADN”, explicó a EFE un forense del Teaching Hospital de Katmandú, que había recibido 72 cadáveres procedentes de Rasuwa, Trishuli, Dhading y otros lugares.
La morgue tiene capacidad para 70.
“La capacidad ya ha sido superada”, confirmó el forense que pidió el anonimato.
En todo Nepal, casi 800 cuerpos y restos humanos han sido recuperados desde la riada y miles de personas continúan desaparecidas. Solo un día antes, cuando el recuento todavía era menor, la Policía había clasificado 211 de los hallazgos como cuerpos mutilados, restos parciales o miembros separados y apenas una veintena había podido ser identificada por sus familiares.
La corriente dispersó además los cadáveres a lo largo de decenas de kilómetros, desde las montañas de Rasuwa y Nuwakot hacia distritos situados río abajo como Dhading, Gorkha, Tanahun, Chitwan y Nawalparasi, obligando a familias que no saben siquiera si buscan a alguien vivo a recorrer hospitales y morgues cada vez más alejados del último lugar donde lo vieron.
Raj llegó así hasta Chitwan buscando a Deepak.

Cuando el rostro ya no permite reconocer a una persona, la búsqueda puede depender de algo que hasta entonces apenas habría importado.
Una familia pudo identificar a un hombre desaparecido en Nuwakot cuyo rostro ya no era reconocible por un tatuaje que llevaba en el pecho con el nombre de su esposa, uno de los rasgos que los equipos forenses intentan preservar junto con huellas, registros dentales, ropa, joyas y otras pertenencias.
En la fotografía expuesta frente a la morgue de Katmandú, puede ser un diente de oro.
La Policía fotografía los cadáveres y restos, les asigna un número y registra las características que todavía puedan servir para identificarlos, mientras conserva bajo el mismo código las pertenencias recuperadas y toma muestras de ADN cuando el reconocimiento visual ya no es posible.
Las fotografías de la morgue son ahora solo una parte de esa búsqueda. La Policía distribuye un código QR que conduce a una base de datos pública de cadáveres “no identificados y no reclamados”, con imágenes y datos sobre el lugar donde fueron recuperados, para que una familia pueda descubrir desde un teléfono que la persona que busca en Rasuwa apareció mucho más abajo, en otro distrito.
El problema es también cuánto tiempo pueden conservarse allí esos cuerpos.
La llegada continua de cadáveres ha superado la capacidad de varias morgues y las autoridades comenzaron a enterrar a quienes nadie había podido identificar o reclamar, después de tomar muestras de ADN y registrar la información necesaria para localizarlos si una familia consigue reconocerlos más adelante. En Chitwan comenzó el entierro de 229 cuerpos no identificados, cada uno asociado a un código y a la ubicación de su sepultura.
Fotografías, características físicas, informes forenses, muestras genéticas y el lugar exacto del entierro quedan entonces como la posibilidad de completar después una identificación que no pudo hacerse frente al cadáver.
Raj todavía no sabe si su búsqueda llegará hasta allí.
Cinco días después de perder el contacto con Deepak, conserva su fotografía en el teléfono, ha recorrido las zonas de búsqueda, ha volado en helicóptero, ha ido hasta Chitwan y ha vuelto dos veces a la entrada de la morgue de Katmandú.
En una pared siguen apareciendo las fotografías de quienes faltan y, justo enfrente, las de quienes ya fueron encontrados.
Deepak todavía no está entre unos ni entre otros.
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