


Este será el último sábado que mi papá comprará el periódico en el supermercado y le dirá a la cajera: “este es mi hijo”. Más allá de la nostalgia o la apresurada despedida de la tinta y el papel, las palabras sabatinas de mi papá en la correa negra de la caja registradora se habían convertido, desde hace años, en una tierna forma de la venganza de cara a lo que él mismo vivió cuando el arte digital sustituyó las serigrafías, y mandó a mi papá y a otros artistas directo al limbo del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Y digo limbo porque, muchas veces, al salir de la escuela, encontraba a mi papá recostado en la baranda de cemento mirando el mar de la bahía de San Juan, o dibujando la colorida basura que flotaba en la orilla del Arsenal de la Puntilla, esperando a que el ponchador diera las cuatro y media.

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