


Cuando el pequeño avión dejó la pista y comenzó su ascenso, sentí que me apropiaba de sus alas pues necesitaba alzar vuelo dejando atrás el agobio de un país donde impera la improvisación y la mentira en la política, muchas noticias se han convertido en entretenimiento morboso, la educación implosiona, la salud se vende al detalle y, entre vecinos, se ha legalizado la “ley del revolver”. Miré por la ventanilla. Los cayos aparecieron como pinceladas verdes sobre un mar en calma. Más allá, las siluetas de las islas desdibujadas por la bruma me hacían consciente del Caribe que habito, y ya eso, comenzó el lento, pero agradable proceso del despeje.

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