


Los tiempos que vivimos parecen una continua celebración de la estupidez. Ese es un rasgo de nuestra naturaleza que ha estado presente en todos los tiempos y entre todo tipo de personas, pero hoy con especial intensidad. Hemos perdido la capacidad para distinguir la verdad de la mentira, por más patente que esta sea. Aceptamos una catarata diaria de falsedades para no asumir la responsabilidad de pensar independientemente. Recibimos nuestra información de fuentes que propagan teorías de conjuras sin base alguna y las aceptamos sin cuestionarlas. Por esto, acaban en posiciones de poder personas con graves deficiencias de carácter (algunos con todas las concebibles), corruptos hasta los huesos, y claramente incompetentes. Carentes de criterio propio, aceptamos sin cuestionar el de nuestra tribu o nuestro líder. Confirmamos así las teorías sobre la estupidez de Dietrich Bonhoeffer y Carlo Cipolla.

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