José E. Muratti Toro

Punto de vista

Por José E. Muratti Toro
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Las preferencias de las mayorías y la democracia

El pasado jueves, 10 de septiembre, el embaucador en jefe se dirigió a sus leales huestes en un mitin-cum-distracción de los procedimientos de residenciamiento, en Minnesota. La multitud se disfrutó con irrestricta exuberancia sus mofas sobre los orgasmos entre los dos agentes del FBI Peter Strzok y Lisa Page, “los amantes” como él los llama, quienes tuitearon su desprecio hacia él en el 2016. Los abucheos no se hicieron esperara tras su diatriba de "otrificación" hacia Ilhan Omar, la congresista de origen somalí que representa un distrito de ese estado.

El ávido consumo y celebración de esta conducta por una multitud narcotizada con su desprecio por las más mínimas reglas de decoro, amén de la dignidad propia del puesto que ocupa, revelan que un amplio sector de la sociedad estadounidense (entre 38% y 41%) ha renunciado a su propia dignidad. Ese ha sido y es el boleto de entrada a su "realidad alterna" de que los Estados Unidos pertenecen y se deben a los estadounidenses, blancos, en su mayoría pobres o de una clase media muy baja o muy alta.

Esta minoría “mayoritaria” siente que los negros, los latinos, los musulmanes, los liberales, los ecologistas, los socialistas, los comunistas, los que participan de orgías con niños que trafican, los que le rinden culto al demonio en desafío al “mandato del cielo”, como lo llama el evangelista Pat Robertson, en fin quienes personifican toda esa degradación de su identidad “americana” y protagonizan esa barbarie, los demócratas, le han robado “su” país. Así que hay que expulsarlos del territorio, del gobierno, del escenario público y, si no escarmientan, matarlos (“shoot them” dijeron en Florida hace unos meses). Añádanse a estas reiteradas amenazas las masacres e intentos de envíos de bombas, más las decenas de miles de milicias armadas en espera de la orden para comenzar la guerra civil y su aún no pronunciada pero intencionada “solución final” de factura hitleriana.

Curiosamente, nosotros en Puerto Rico, a pesar de que siempre hemos pensado que todo lo que viene del norte es mejor (piénsese en los cientos de millones que les hemos estado pagando a firmas de Estados Unidos para “manejar” la deuda, reseñado en El Nuevo Día del 12 de octubre de 2019) somos un país menos fanáticamente ignorante o ignorantemente fanático. A pesar de que todavía queda un grupo en Facebook de unos 6,000-7,000 adeptos que aún respaldan a Ricardo Rosselló, el millón de puertorriqueños que lo expulsó de Fortaleza, muchos de su propio partido, no estuvieron dispuestos a perdonar el chat, que palidece ante el discurso racista, machista, vulgar y chabacano de todo un presidente de los Estados Unidos de América.

Resulta una gran, aunque no incomprensible, paradoja que la más poderosa democracia (en términos económicos y militares) del siglo XXI, tiene a su cabeza, con el respaldo de 4 de cada 10 de sus ciudadanos, la persona que menos representa los valorescristianos y democráticos, de los que la nación lleva más de un siglo ufanándose de ser el modelo a imitar y replicar en el resto de las naciones del mundo.

Estos acontecimientos deben ser motivo de reflexión para nosotros que hemos demostrado ser menos fanáticos y, en ese sentido, más civilizados. El fascismo que elevó a Hitler, Mussolini, Franco, Stroessner, Somoza, Trujillo, Batista, Pinochet, et al, al poder, no es ajeno a nuestra sociedad occidentalista, liberal y “democrática”. Hasta ahora, en nuestra isla no le hemos permitido a ningún caudillo llegar a esgrimir tanto poder que, más allá de la mordaza de los '50 y el carpeteo de las dos décadas siguientes, nos llevaran a un estado de sitio y una dictadura como los que han experimentado la mayoría de nuestras hermanas repúblicas de América, con el respaldo de los Estados Unidos, valga aclarar y no olvidar. Se puede argüir que no lo hemos tenido bajo la tutela democrática de los Estados Unidos aunque esa misma tutela no ha sido igual en el resto del mundo.

Dicho esto... si ese 40% de los estadounidenses y el Partido Republicano, con la ayuda de la Rusia de Putin, logran excluir de las urnas a suficientes negros y latinos para ganar las elecciones del 2020, ¿quién nos garantiza que un segundo término bajo Trump no redundará en una actitud más hostil hacia la isla que la que ha tenido Trump hacia Yulín, allá o aquí, para los que piensan que eso no nos incumbe? Y si Yulín ganase las elecciones, ¿cuál sería el trato hacia la isla?

Aprender, reflexionar, enseñar a pensar críticamente (no a criticar, sobre todo sin fundamento o reflexión) resulta indispensable como vacuna contra un totalitarismo cada vez más atractivo a nivel mundial. Para grandes sectores de diversas poblaciones en algunas de las economías más grandes del mundo (India, Turquía, Brasil, amén de las conocidas en Europa y Asia), en su desesperación y desesperanza, apuestan al mesías político que les libre de todos los males. Esa elección, paradójicamente en medio de tanta opulencia (la economía global es la más pujante y la pobreza la menos prevalente en la historia), para una mayoría de los ciudadanos de estas mismas economías parece ser el antídoto a un empobrecimiento y una marginación cada vez mayor.

La ideología de la economía de mercado ha sido tan eficiente en distanciar el empobrecimiento de la mayoría del enriquecimiento de unos pocos, que todavía la mayoría piensa que un político, el agente de seguros de esa minoría, va a intervenir a favor de precisamente la mayoría cuyo voto legitima las estructuras de poder económico, político y militar que les exime de la riqueza que ellos mismos producen.

Trump, en cierta medida, es todo lo que el estadounidense promedio quiere ser: un hombre blanco, alto, de ojos azules, multimillonario, con una inconmensurable cantidad de mujeres a su disposición, y el poder político y militar para erradicar todo lo que entorpezca su enriquecimiento sin medidas ni limitaciones, y el poderío absoluto de su nación en todo el planeta. Y es, a la vez, todo lo que cualquier ser humano que se considere decente, detestaría en un hijo, un yerno o un abuelo de sus nietas y nietos: un mentiroso, abusador, criminal y depredador sexual.

Las preferencias de las mayorías no siempre son garantía de democracia. Las elecciones por las urnas, rara vez lo son.


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