Carmen Dolores Hernández
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Leer para sobrevivir

Amenazados aún por la pandemia, hemos ido -sin embargo- sobreviviendo. El encierro no ha sido del todo negativo. Hemos tenido tiempo de reflexionar y de… leer, una magnífica manera de protegernos de situaciones desagradables, incluyendo el aislamiento, el aburrimiento y la depresión. Es posible evadirlas, superarlas e incluso ignorarlas con un libro en la mano. Lo sé por experiencia.

Cuando niña la lectura me hacía invulnerable a todo requerimiento engorroso. “No la molesten, que está leyendo”, decían en casa, eximiéndome de todo cumplimiento. “No te preocupes por ella, siempre tiene la nariz metida en un libro”, dijeron luego los amigos, con lo cual no tenía que justificarme por no cumplir con ritos sociales que no eran de mi agrado. Ante la ira de los demás, ante la soledad, ante la lluvia o el calor insoportable, ante las visitas inconvenientes, ante el tedio de los veranos, la lectura fue mi tabla infalible de salvación

Mi capacidad de escapar de la realidad circundante y vivir a través de las páginas de una novela fue en aumento. En los aeropuertos, en el banco, en los médicos, el libro fue un antídoto mágico para las esperas; incluso logró aliviar el dolor. Cuando estaba por nacer mi primer hijo, llegué con un libro de Agatha Christie a la sala donde debía aguardar el momento de la verdad. De las salas contiguas donde otras mujeres esperaban lo mismo salían gritos y gemidos. Yo leía con aprehensión creciente sobre los esfuerzos de Hercule Poirot por identificar al criminal desalmado entre varios sospechosos. Mientras más arreciaban las señales de que el parto se aproximaba, más me concentraba en la trama. El médico, cuando llegó, se quedó atónito. “¿Qué lee?” preguntó azorado y algo de vergüenza me dio confesar que en aquel momento trascendente leía un vulgar “whodunit” y no un tratado de filosofía. 

Después de años de tal estilo de lectura adictiva, enajenante, que me permitió -de pequeña- entrar en familias numerosas (yo, que era hija única); concebir maldades (yo, tan bien portada siempre); desafiar a mis mayores (yo, tan respetuosa) y emprender aventuras extraordinarias (yo, tan tímida y sedentaria), empecé a leer de formas diferentes. Como la vida, los modos de leer cambian. En medio de mis estudios doctorales, en vez de a un príncipe azul como los de las novelas románticas, encontré a un hombre bueno con quien compartir mi vida. La realidad extra-literaria se impuso cuando llegaron cinco niños que no podía, de ninguna manera, ignorar. Mis lecturas se transformaron; también yo. Empecé a leer críticamente, analíticamente, anticipando las posibilidades literarias del libro que caía en mis manos, sin perder la admiración por los escritores, ni el placer incomparable de “conversar” con quienes comparten su vida, su sabiduría o su humor en sus escritos. Con ellos dialogo preguntándoles: “¿Qué dices? ¿Porqué? ¿De dónde vienes? ¿Qué te inspiró esa idea, aquella imagen, tal frase inolvidable?”

Ahora releo y recuerdo. Comprendo que el mundo que me rodea no es lo que veo, toco u oigo: o, por lo menos, no es solo eso. El mundo consiste de las ideas e impresiones que han pasado por mentes más poderosas que la mía, por sensibilidades más finas, por ambiciones más fuertes, por anhelos más definidos. Esas percepciones ajenas que he hecho mías revisten lo que me rodea y lo que pienso, permitiéndome apreciarlo a través de una óptica literaria que le ha añadido nuevas dimensiones a mi circunstancia, complementando mi mirada. Yo soy yo, y también mis lecturas. En el encierro forzado, ellas -las viejas y las nuevas- me sostienen más que el alimento almacenado y me acompañan como amigos con los que puedo comunicarme siempre.  





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