A finales del siglo XIX, acosados por la corrupción y el deterioro en la calidad del funcionamiento gubernamental, Estados Unidos, al igual que el Reino Unido, replantearon la forma en que las personas ingresaban al servicio público. Hasta ese momento, los amigos, familiares y colaboradores del partido político ganador se repartían los puestos públicos sin que sus capacidades fueran un criterio determinante. Bastaba con la adhesión y la lealtad a la colectividad política en el poder. Fue entonces cuando el principio de mérito comenzó a convertirse en el elemento central para el ingreso al servicio público.

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