

23 de mayo de 2026 - 5:50 PM

Estudios en psicología del desarrollo relacionan la habilidad de gestionar las propias emociones con una crianza marcada por la autonomía, la baja supervisión adulta y la necesidad de resolver problemas sin ayuda constante.
Los especialistas sostienen que este entorno fortalece habilidades como la tolerancia a la frustración, el control emocional y la capacidad de enfrentar conflictos cotidianos desde edades tempranas.
En 1966, la psicóloga Diana Baumrind, de la Universidad de California en Berkeley, identificó tres estilos de crianza: autoritario, autoritativo y permisivo. Sin embargo, más allá de estas categorías, gran parte de los niños de los años 60 y 70 vivió una infancia con altos niveles de independencia.
Los menores caminaron solos hacia la escuela. También resolvieron discusiones sin intervención de adultos y aprendieron a tolerar el aburrimiento sin estímulos permanentes.
Los padres pasaban más tiempo fuera de casa por trabajo y el bienestar emocional infantil no ocupaba el centro de las dinámicas familiares. Como consecuencia, los niños desarrollaron mecanismos propios para enfrentar incomodidades y dificultades.
El psicólogo Peter Gray, del Boston College, definió este fenómeno como juego libre. Según explicó, la posibilidad de negociar reglas, resolver conflictos y organizar actividades sin supervisión fortaleció habilidades emocionales fundamentales.

La psicóloga Jean Twenge investigó el concepto de locus de control, relacionado con la percepción de dominio sobre la propia vida.
Su análisis mostró que entre 1960 y 2002 los jóvenes comenzaron a sentir que factores externos controlaban cada vez más sus decisiones y resultados.
Para el 2002, un joven promedio percibía menos control sobre su vida que el 80% de los jóvenes de la década de 1960.
La investigación vinculó este cambio con el aumento de trastornos como ansiedad, depresión y pensamientos suicidas. Los estudios sugieren que las generaciones criadas con mayor autonomía desarrollaron una sensación más fuerte de capacidad personal.
Otro elemento central fue la llamada tolerancia a la angustia. Este concepto describe la capacidad de convivir con la incomodidad sin buscar eliminarla de inmediato.
En los años 60 y 70, esta práctica formó parte de la vida cotidiana. Los niños esperaban más tiempo para obtener lo que deseaban. Además, enfrentaban momentos de aburrimiento sin distracciones digitales y resolvían problemas sociales sin intervención inmediata.
Especialistas consideran que esas experiencias funcionaron como un entrenamiento emocional involuntario.
No obstante, los expertos también señalaron consecuencias negativas en ese modelo de crianza. La falta de validación emocional y el estigma hacia la salud mental provocaron dificultades en muchas personas.

Actualmente, la supervisión constante y la intervención inmediata ante cualquier dificultad forman parte de muchos modelos de crianza.
Algunos investigadores advierten que este enfoque reduce las oportunidades para desarrollar herramientas de afrontamiento antes de la adultez.
La evidencia sugiere que décadas atrás muchas crisis emocionales se resolvían en espacios cotidianos como la escuela o el barrio. Hoy, varios de esos desafíos aparecen en etapas posteriores de la vida.
Los estudios concluyen que la generación de los años 60 y 70 desarrolló fortaleza emocional en medio de un contexto menos protector y con mayores exigencias de autonomía.
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