El filme de la cadena HBO contiene graves denuncias de pedofilia contra el rey del pop, fallecido de sobredosis en 2009, a los 50 años.

“Leaving Neverland”, el polémico documental que explora las acusaciones de abusos sexuales contra Michael Jackson, transmitido esta semana por HBO, es un reto cinematográfico que requiere mucha fortaleza emocional, independientemente de si el espectador crea o no en las alegaciones que se le atribuyen.

Lo primero que deja claro el filme del cineasta británico Dan Reed es que no está interesado en escandalizar con especulaciones o insinuaciones.

Las cuatro horas de duración de esta producción son construidas como una plataforma para que las víctimas Wade Robson y James Safechuck puedan contar sus historias.

La experiencia de Robson comienza a los siete años, cuando este gana un concurso de baile que tenía como premio conocer al astro del pop, mientras estaba en su gira por Australia en 1987.

La historia de Safechuck comienza a sus diez años cuando es seleccionado para participar en un comercial junto a Jackson.

Los detalles de lo que sucede después de estos encuentros iniciales es delineado con entrevistas con los dos hombres y miembros clave de su familia.

Más impresionante y horroroso que los pormenores del abuso sexual que relatan Wade y James es cómo sus familiares confirman la forma en que Michael Jackson, la estrella más grande del planeta en el tope de su carrera, maniobró para introducirse en las vidas de sus familias y eventualmente aislar a estos niños de la supervisión de sus padres.

El artista no está vivo para defenderse o expresar su punto de vista, pero lo que da peso a las alegaciones de abuso sexual es cómo la estrategia para que estos niños entraran en su órbita puede ser corroborada por múltiples personas.

Independientemente de las protestas expresadas por la familia de Jackson, que ha demandó a HBO por $100 millones por transmitir el filme, o el fervor inquebrantable de sus fanáticos, el espectador que se siente a ver este documental podrá corroborar que él mismo no ha sido construido como un ataque al legado musical de Michael Jackson.

De la forma que se delinea la narrativa, Reed argumenta que el peso de su fama fue el arma principal de Jackson para desmantelar los núcleos familiares que hubieran protegido a los niños de cualquier tipo de abuso.

De forma pausada, creando espacio para que el espectador pueda procesar el impacto emocional de lo que se plantea, el director va construyendo una plataforma para ilustrar las diferentes formas en que el abuso sexual puede destruir a sus víctimas y a sus familiares.

Las alegaciones de Robson y Wade jamás podrán ser discutidas en un foro legal, porque ya han sido descartas por haber esperado demasiado tiempo para hacerlas. El filme les da el espacio a ambos para explicar por qué no sintieron las repercusiones reales del abuso décadas después cuando ambos tuvieron sus propios hijos.

Para muchos de los que vean este filme, este será el momento en que el contexto bajo el cual consideran a Michael Jackson cambiará para siempre. Sin embargo, el verdadero valor cultural de este documental es como un detonante irrefutable de la necesidad que hay de educarse sobre todas las formas de abuso sexual y que las miles de conversaciones que genere el filme se viertan en cómo sanar a los que han sido víctimas y prevenir de que la infancia de un niño sea aniquilada.


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