

16 de mayo de 2026 - 11:13 PM


La cruz está cubierta de flores. A lo largo de siglos, lo que en algún momento fue una de las imágenes más temidas y terribles, es hoy digno de alabanza. Un instrumento de tortura y de muerte, exaltado al lugar de un auténtico altar: ironía perfecta. Ahora, entre velas e imágenes de santos, la cruz florida espera el momento de su exaltación y decenas de personas llegan de todas partes de San Juan para unir sus voces en cantos de alabanza. Son cantos de pueblo, creados en el corazón de los campos puertorriqueños, nacidos de la pobreza, del amor, de la devoción, de la entrega y la fe absoluta en algo mejor.
De un lado, Sebastián, el mártir, atado a un árbol y con el cuerpo atravesado por flechas; del otro, María, madre de Jesús, Señora Nuestra de la Divina Providencia, patrona y protectora de la isla del Bautista, homenajeados en este evento que se llevó a cabo en la noche del 6 de mayo. Entre ellos, en la cima de nueve escalones, resalta una cruz que parece hecha enteramente de pétalos coloridos. El caso de muchas tradiciones religiosas es que nadie sabe exactamente de dónde salen, pero, por razones misteriosas, perduran por décadas y, en casos verdaderamente especiales, siglos. Las Fiestas de Cruz en Puerto Rico se celebran en el mes de mayo, coincidentemente el mes en que también se celebra la figura de la Virgen en la tradición católica. La festividad se atribuye al supuesto hallazgo de la cruz en la que murió Jesús de Nazaret por una mujer llamada Elena de Jerusalén en el siglo IV. Es imposible constatar la veracidad de ese hallazgo, pero la fecha y la celebración quedaron grabadas en el calendario cristiano.
“Por la señal
de la santa cruz,
de nuestros enemigos
líbranos Señor,
Dios nuestro…”
La voz de un joven hombre entona la invocación, cuatro, bajo y tambores ofreciendo la melodía. Aunque se tildan de “rosarios cantados”, estas fiestas son más bien una colección de canciones populares que se cantan en un orden particular y que nada tienen de la estructura tradicional de un rosario (aunque otras tradiciones sí).
A Puerto Rico la fiesta llega un tanto tarde en la historia de la cristiandad. La isla no fue colonizada formalmente hasta el siglo XVI, cuando la historia de vida y muerte del Cristo tenía unos tiernos 1,500 años de historia, pero para los europeos lo bueno nunca pasaba de moda, así que todas sus tradiciones, creencias y fiestas llegaron al archipiélago para quedarse. Parece extraño, pero a pesar de ser una de las instituciones más centralizadas y con mayor control sobre sus fieles (al que no le gustara le podía tocar la hoguera caliente), la Iglesia Católica nunca logró el control absoluto al que aspiraba en el Nuevo Mundo. Esto permitió que los creyentes de esta parte del planeta desarrollaran sus propias formas de practicar su fe y en Puerto Rico, una de esas formas fue la música. En papel, los llamados “rosarios cantados” estaban mal vistos por las autoridades eclesiásticas, pero los fieles de la época no perdían el sueño por eso.
En lo que seguramente sea la investigación más completa sobre el tema, los folcloristas Pedro y Elsa Escabí estudiaron y documentaron la costumbre de estos cantos religiosos, según eran practicados en distintos pueblos de la isla. Su extraordinario trabajo recogió, entre otras cosas, cientos de variantes de estas prácticas piadosas, muchas de las que perduran al día de hoy. Estos eventos se celebraban, además, como “promesas” dedicadas a figuras de santos o advocaciones de la Virgen María por favores pedidos o en agradecimiento por sucesos particulares. Una difícil realidad de nuestros tiempos, sin embargo, es que la vasta mayoría de estas prácticas, principalmente familiares, se han ido perdiendo con el paso del tiempo por no haber personas que continúen con las tradiciones, aunque lugares de San Juan y partes de Ponce y otros municipios en el centro de la isla todavía las conservan. En busca de combatir esa triste forma de olvidó, el Departamento de Arte y Cultura de San Juan quiso intentar darle nueva vida a unas Fiestas de Cruz en el Museo de San Juan. No se trata de un evento nuevo, las fiestas se solían celebrar en varias calles y comunidades de la antigua ciudad, pero habían comenzado a desaparecer.
“Alabado sea mil veces
sea el santísimo madero
y la cruz en la que oró
Jesús, el remedio nuestro”.
El coro de uno de los temas resuena y decenas de voces se unen en aplausos de alegría, fervor y nostalgia por una tradición que creían perdida. De cara al verano, incluso la noche se siente calurosa en el Viejo San Juan. Pero el patio interior del Museo, abierto y amplio, como el de muchos otros edificios históricos de la zona, sirve hoy como el punto de encuentro para los cantadores y devotos. Allí, ante la cruz de flores y las imágenes de los santos, personas de todas las edades se han congregado para cantar.
Don Oscar Ríos ha sido músico toda su vida y esta noche tiene a su cargo las melódicas cuerdas de un cuatro, el instrumento nacional. Empezó en esto siendo un adolescente. Lo reclutaron en un grupo de reconocidos músicos locales de la época y, entre sus muchos compromisos artísticos, estaban las Fiestas de Cruz. Lleva cerca de 40 años tocándolas, un compromiso inquebrantable cada vez que llega el mes de mayo,
“Yo toco esto y a mí me agrada, pero recibo la bendición de tanta gente de los que están en el público que les agrada y que vienen a decirle a uno. La tradición y todo eso está y la vamos a seguir haciendo.Pero la bendición, la cosa interna de la gente que todavía le levantamos el espíritu, nos motiva, pues esa es la intención, tratar de mantener ese espíritu, esa cosa. La cruz es el lugar del sacrificio, el lugar donde el Señor lo dejó todo por nosotros. La cruz es una cosa que parece sencilla, pero tiene demasiadas cosas importantes envueltas”, explica, poco después de terminar de darle voz al cancionero.
“Lo que me llevo es que me da satisfacción haber edificado cultural y socialmente en un aspecto donde es sumamente importante y muy poco reconocido. Cuando toco una misa veo a la gente que disfruta de lo que estamos llevando, y esa es la misma satisfacción que yo me llevo para casa de unas Fiestas de Cruz, el haber yo podido darle de mi arte, de mi destreza, que el Señor me brindó para que lo disfruten todos los que quieran”, dice.
La cruz de flores está ahora cubierta en sombras, la luz de velas diminutas reflejándose en los pétalos. Tal vez los símbolos nunca desaparecen completamente, quizá solo cambian y se transforman en lo que necesita cada época del tiempo. La cruz que una vez fue dolor puede ser ahora un altar de flores. La música que una vez fue promesa, puede ser ahora tradición. Todo cambia, todo sigue, todo permanece. No debería ser posible, pero lo es. Pequeños milagros de nuestros días.
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