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Este martes se cumplen 54 años de la muerte de uno de los pioneros de la comedia en Puerto Rico. Un hombre que con sus personajes, chistes y ocurrencias arrancó carcajadas a miles de puertorriqueños, alegrando hasta el corazón más triste: Ramón Rivero, conocido popularmente como Diplo.

Fue a las 3 de la madrugada del 24 de agosto de 1956, en un cuarto del Hospital Municipal de Santurce, mientras todo Puerto Rico dormía, cuando se apagó la voz de una leyenda que vivió apasionada por hacer a otros sonreír, por deleitar al mundo con sus canciones, y ayudar a los menos afortunados. Un repentino derrame cerebral hizo caer el telón en la vida de este popular actor, escritor y cantante, de 47 años, que puso el nombre de Puerto Rico en alto.

Desde el amanecer de ese día, la triste noticia de Diplo corrió como pólvora por la radio y la televisión, dejando a muchos boricuas atónitos por su trágica partida. Y no era para menos, Ramón Rivero fue una figura que hizo reír a su pueblo durante una época de necesidad social, económica y cultural, logrando ganarse el cariño de la patria que lo vio nacer.

Nace una estrella

La mañana del 29 de mayo de 1909, en la Calle Cambímbora de Naguabo, mientras tropas americanas celebraban un desfile militar en la plaza del pueblo, llegó al mundo Arturo Ramón Máximo Ortiz del Rivero. Pasó los primeros ochos años de vida jugando y correteando por las calles de este pueblo costero hasta que sus padres, el licenciado Juan Ortiz Alibrán y doña Providencia del Rivero, se mudaron a la Calle del Cristo en el Viejo San Juan.

De pequeño le atrajeron las artes, aprendiendo a tocar el piano, la guitarra y la mandolina. Al graduarse de la Escuela Superior Central en San Juan, su padre lo envió a Ontario, Canadá a estudiar leyes, según citan datos biográficos de la Fundación Nacional para la Cultura Popular. Pero contrario a los deseos de su progenitor, su hijo regresó del Norte convertido en un pelotero profesional. Ejerció este deporte por varios años, pero lo dejó cuando se mudó a Cayey para laborar como maestro de educación física, una decisión que, sin imaginar, cambiaría su vida.

Ya radicado en la región montañosa conoció a quien se convertiría en su compañero de comedias y mejor amigo, José Luis Torregrosa. De hecho, fue por medio de este hombre que Rivero descubrió sus dotes de comediante. Y es que Torregrosa, quien poseía una compañía teatral que integraba con su hermana y varios estudiantes de la Escuela Superior de Cayey, lo convenció a actuar por primera vez en la comedia teatral “El proceso de Armando Líos”, en la cual Rivero personificó a un viejo boticario llamado Don Cándido Querube.

Su debut lo motivó a cultivar la actuación cómica. No obstante, no contó con el apoyó de su padre, quien, avergonzado por tener un hijo comediante en la familia, le exigió cambiar su nombre. Fue así que Arturo Ramón Máximo Ortiz del Rivero adoptó el nombre de Ramón Rivero.

En sus comienzos en el género, “Moncho” como también le llamaban sus amigos, actuó en múltiples obras escritas por Torregrosa, y en el camino descubrió un personaje que hizo parte de su vida y que lo lanzó a la fama. Su nombre era Diplo, inspirado en un personaje que conoció llamado “Diplomacia”. Para darle vida, Rivero se maquillaba la cara de negro, vestía corbata pequeña, pantalones raídos, chaleco de cuadros y una boina de marinero.

“Diplo era copia de un negrito de Cuba que se hizo famoso y Ramón lo puertorriqueñizó”, sostuvo la productora de televisión e investigadora de la historia del medio, Flavia García. De hecho, en varios episodios de comedia que aún guarda internet se ve un personaje sin complejos, bilingüe, con novias más altas que él, y con ocurrencias que no caían en lo vulgar o chabacano.

Con este personaje y otros programas de comedia de autoría, como “Los embajadores del buen humor”, “A mí me matan, pero yo gozo”, “La vida en broma”, “La tremenda corte” y “El tremendo hotel”, con su personaje de Calderón, la carrera de este cómico tomó fuerza en la radio y el teatro, tanto a nivel local, como en Estados Unidos. En 1953, por ejemplo, su comedia “El tremendo hotel” llenó durante tres semanas seguidas tres teatros en Nueva York.

Con la llegada de la televisión, en 1954, Rivero produjo el primer programa cómico del país “La Taberna India”, haciéndolo merecedor de galardones artísticos, incluyendo Rey de la Farándula y Señor Televisión. Su talento le permitió llegar a la pantalla grande filmando en la Isla largometrajes como “Los Peloteros”, y en Cuba, la película “Una gallega en La Habana” con la actriz, guionista y comediante argentina, Niní Marshall.

Además de ser actor, Rivero fue libretista para radio, televisión, teatro y cine, y el único artista del patio, según datos de la Fundación Ramón Rivero, en viajar fuera de la Isla para entretener con su chispa pícara a soldados boricuas que peleaban por su patria en la Segunda Guerra Mundial.

La música fue su otra novia llegando a componer temas como “Ya me olvidaste”, “Así es”, y la más difundida “Donde quiera que tú vayas”, una canción que le abrió las puertas para una película de Columbia Pictures en la que aparecería Diplo con Rita Hayworth, y que nunca pudo grabar por su súbita muerte.

A pesar de su ajetreada agenda, Rivero sacó tiempo para las causas benéficas y en 1953 respondió al llamado de la Liga Puertorriqueña Contra el Cáncer produciendo el primer radiomaratón para recaudar fondos para combatir la enfermedad. Incluso, cumplió su promesa de hacer una caminata de 80 millas partiendo desde La Fortaleza a Ponce si alguien donaba $1,000. Miles se le unieron a la caminata y más de 15,000 ponceños esperaron su entrada triunfal.

Esta no sería su única obra a favor de los desamparados. Días antes de su muerte, se preparaba para llevar su show “La Farándula Corona” hasta el pueblo de Yabucoa para recoger fondos a beneficio de ese pueblo que el 11 de agosto había sido devastado por el huracán Santa Clara. Pero 13 días después, la muerte lo sorprendió sin prevenirlo ni darle tiempo para maquillarse.

Ese 24 de agosto, miles llegaron hasta la radio emisora WKAQ Radio El Mundo, en Santurce, para darle el último adiós y otros se despidieron mientras veían pasar su ataúd destapado por las calles del Viejo San Juan. Más de 50,000 personas asistieron al entierro de este comediante que se fue de este mundo en el apogeo de su popularidad, y a décadas de su muerte, su legado continúa con continuas caminatas de parte de otros populares comediantes a favor de los enfermos de cáncer.


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