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Residentes de Jayuya y Adjuntas se sienten abandonados y tienen difíciles condiciones de vida desde el huracán María

Jayuya - Un resplandor azul llena la habitación de doña Eugenia Cruz en su casa a orillas de una pronunciada pendiente en el barrio Mameyes de esta población.

El resplandor lo produce la luz de un tibio sol de mediodía cuando traspasa el toldo azul que hace unas semanas es el techo de la casa. Una brisa fría entra a la residencia sin invitación, sacude los retratos familiares clavados en las paredes y los utensilios de la cocina, y hace a los que viven aquí tensar sus cuerpos y frotarse las manos.

“Tengo las rodillas que no las puedo doblar”, dice, con un ligero temblor, doña Eugenia, quien tiene 76 años, es viuda y vive con dos de sus seis hijos en esta casa remendada por las incontables generaciones que la han habitado.

En medio del cuarto está la cama grande donde la anciana, apenas cae la pesada noche que después de las 6:00 p.m., se despliega sobre estos campos como una enorme manta oscura que lo cubre todo, se acuesta arropada de pies a cabeza a dormir con la esperanza de que, al amanecer, cuando el universo se abra a un nuevo día, el viento, el sol, lo que sea, le traigan la ansiosamente esperada noticia de aquí también vuelve la normalidad a casi cinco meses del huracán María.

“Nosotros nos sentimos como que estamos abandonados. No tenemos agua, no tenemos luz. La gente que pasaba por ahí dando compra ya no pasa tampoco…”, dice doña Eugenia, con una sombra de resignación cruzándole sus pequeños y vivaces ojos.

Hoy se cumplen 144 días del huracán María. En buena parte de la isla hay asomos de normalidad, sobre todo en la zona metropolitana, donde ya la agenda noticiosa empieza a ser dominada, como siempre, por controversias gubernamentales, renuncias, investigaciones, disputas partidistas, lo que pasa o no pasa en Washington, lo usual.

Pero por acá, por el centro de la isla, por lo más profundo del corazón de la ruralía puertorriqueña, el huracán María no es una mala memoria que empieza a hundirse bajo el peso de otras preocupaciones, sino una realidad enredada todavía con la cotidianidad de todos los días, con miles todavía sin luz, sin agua o sin ambas, miles de residencias aún destruidas esperando reparación o ayuda que no acaba de llegar.

“Verdaderamente esto llora ante los ojos de Dios”, dice Ángel Rivera Cruz, el hijo de doña Eugenia, un obrero de la agricultura que recién empezó a trabajar a tiempo parcial tras haber estado meses desempleado, precisamente porque María destruyó la finca de plátanos en la que laboraba.

“Siento ansiedad, desespero, impotencia. Eso es lo más difícil. No puedo hacer nada. Quisiera hacer, pero ¿qué puedo hacer?”, dice Ángel.

El Nuevo Día visitó esta semana tres pueblos del centro de la isla: Comerío, Jayuya y Adjuntas.

Encontró una situación que se replica en prácticamente toda la zona montañosa central delpaís: la inmensa mayoría de la gente todavía sin luz, servicio de agua intermitente y no confiable, miles de casas destruidas esperando reparación, comunidades todavía de difícil acceso y muchísimas personas dependiendo de la caridad de organizaciones sin fines de lucro o gobiernos municipales para procurarse las necesidades más básicas.

Tras casi cinco meses sin servicios básicos, y no teniendo noticia de cuándo volverán a recuperarlos, la crítica situación está teniendo también otro efecto: se empieza a notar una población cansada, apática, deprimida, al punto de la desesperación.

“Mi casa es la oficina del llanto. No tengo ni que ir a la oficina. La gente viene a mi casa a llorar”, dijo el alcalde de Jayuya, Jorge Luis González Otero, quien tampoco tiene luz en su propia residencia.

En Jayuya, según el alcalde, solo el 40% tiene luz. La situación es similar en Adjuntas, con el 55% de la población a oscuras. En Comerío, la situación es aún más crítica: apenas el 18% tiene luz.

Doblemente a oscuras

Los alcaldes se sienten doblemente a oscuras: sus pueblos no tienen luz, ni ellos tienen información de cuándo se restablecerá el servicio.

“Desde el día uno, me puse a la disposición del Estado y al día de hoy no conozco el plan que se tenga para energizar a mi pueblo”, dijo el alcalde de Comerío, Josian Santiago, quien tampoco tiene luz en su propia casa.

El alcalde jayuyano González Otero, y su homólogo de Adjuntas, Jaime Barlucea, dijeron que tampoco tienen información de cuándo se restablecerá el servicio de energía eléctrica en sus municipios. Los de Jayuya y Comerío, que son afiliados al Partido Popular Democrático (PPD), dijeron que no han logrado siquiera contacto con los directivos de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE).

Barlucea, quien es del Partido Nuevo Progresista (PNP), dijo que sí ha logrado hablar con los directivos de la AEE, pero, con una sonrisa de tristeza, aclaró que tampoco ha logrado que le den detalles del itinerario de trabajo en su municipio.

Los tres dijeron que se enteran de que están trabajando en sus municipios cuando ven a las brigadas de la AEE o las compañías estadounidenses que les asisten. Pero, por lo general, cuando no ven avances y se comunican con los trabajadores, la respuesta es la misma.

“La excusa que nos dan es que no tienen materiales”, indicó Barlucea. “Nosotros estamos solos en los pueblos. El Estado no llega”, agregó Santiago.

La falta de luz y la intermitencia del agua, por tanto tiempo, tiene a la población al borde de la desesperación.

“Menos en la zona metropolitana, a todos los demás nos tienen olvidados”, dice Antonio García, unveterano de Vietnam y contable retirado, viudo, que vive solo en el barrio Vacas Saltillo de Adjuntas. García cree que los obreros de las compañías de electricidad “se están dándole tiempo al tiempo para cobrar más”.

En el barrio Doña Elena, de Comerío, viven doña Carmen Milagros Otero, de 81 años, con sus dos hijos. Como todo el barrio, y casi todo el pueblo, no tienen luz y el agua les llega muy esporádicamente desde María.

La casa está llena de cachivaches y artefactos para lidiar con la precariedad, incluida una lavadora manual en la que cabe, con suerte, un pantalón a una camisa a la vez. El huracán agrietó una pared de la casa y le dañó los muebles. La Agencia Federal de Manejo de Emergencias (FEMA, en inglés) les dio solo $600 “que dieron para una comprita”, dice Carlos.

La vida, desde el huracán, es una lucha continua por procurarse sus necesidades. “Siento que todavía tenemos el huracán encima. Seguimos viviendo el huracán”, dice Carlos, quien, para ahorrar, a diario almuerza en un comedor habilitado por el municipio.

La situación se complica en las noches. Nadie tiene luz a millas a la redonda y la opresión de la oscuridad los pone melancólicos.

“Ella”, dice Carlos, en relación a su madre, “está más deprimida de lo usual. A veces tengo que luchar para sacarle una sonrisa”.

Doña Carmen dice que extraña la nevera, la televisión, la normalidad. “Cuando cae la noche, es una tristeza...”, dice, sin completar la frase. Suspira, mira al vacío y completa su pensamiento: “Cuando cae la noche es una tristeza. Cada uno se va a su cuarto. Me quedo sola en la sala o ya las 7:00 p.m. me encierro en mi cuarto”.

Doña Carmen ha pensado en irse a Estados Unidos, con tantísimos otros puertorriqueños. “Por mi gusto me iría. Pero yo no dejo a los muchachos. Nunca los he dejado”, afirma.

En la casa de la familia de Gilberto Pagán y Marta Lugo, en el barrio Río Grande de Jayuya, se siente la tensión. Una hija de 32 años con múltiples padecimientos de salud tuvo que irse a Estados Unidos por lo difícil que se le hacía atenderse aquí.

Otra hija perdió todas sus pertenencias y aún espera por ayuda gubernamental.

No tienen luz. Se alumbran varias horas al día con una planta de $500, por la que pagaron $1,200, “porque se aprovecharon de la situación de uno”, dice Gilberto.

Agua solo hay a veces. Pero la desesperación, la sensación de ahogo, la sensación de que sus vidas no han vuelto a engranar a casi cinco meses del huracán, no faltan nunca.

“Me da con llorar, con gritar, con todo. Pero me encomiendo a papito Dios, porque no es fácil. Yo sé que no somos los únicos, pero esto es fuerte”, dice Marta.

“No es que uno quiera tener más. Pero el agua es todo. La luz, tú sabes... pero el agua es todo”, agrega la mujer.

Marta está atendiéndose las heridas emocionales que le ha dejado el prolongado tiempo sin lo más elemental para una vida normal. “Me estoy tratado de depresión. Me dan hastadeseos de... lo demás déjalo ahí”, destaca.

A Gilberto, un trabajador retirado de una farmacéutica, le preocupa, como es natural, la situación por la que atraviesa su esposa. “A veces se levanta por las noches y se sienta a llorar”, cuenta.

Sonia Ortiz, quien vive sola en la urbanización La Hacienda de Comerío mientras su hijo estudia en Caguas, dice que extraña las cosas simples de la vida.

“Extrañamos nuestra vida cotidiana, hacer compra, tener nuestras cosas, tener las cosas que necesitamos en la nevera”, dice la mujer retirada, quien pasa los días conversando con sus vecinos, todos preguntándose cuándo, si algún día, podrán volver a sus vidas normales.

“La primera pregunta entre los vecinos es: ¿vieron los camiones?”, dice Benito Torres, vecino de Sonia.

En Comerío también vive Jackeline López, quien es coordinadora en una sala de emergencias en Bayamón. Jackeline cuenta que todos los días en su casa comen lo mismo: “potería”.

Inventar para sobrevivir

Su madre, Carmen Santos, de 67 años, agrega: “Aquí estamos viviendo como si hubiera sido ayer, porque uno mira y dice ¿cuándo se resolver la situación?”.

La situación ha obligado a los vecinos a inventar para sobrevivir. A Dionisio “Junior” Medina, un chofer retirado que reside en el sector El Reventón de Adjuntas junto a su esposa Cruz María Mejías y una hija y su familia –que viven con ellos tras perder su propia casa–, se le han dañado tres plantas eléctricas por el mucho uso.

La última vez hizo dos de una: usa una pequeña a la que injertó el tanque de una más grande que está dañada. También aprendió a lavar a mano. “Le voy a decir la verdad: no es fácil acostumbrarse a lavar ropa en esa pileta. No es nada fácil”, dijo.

“Yo estoy acostumbrado al tiempo bueno y al tiempo malo, pero contento no estoy”, agrega.

Entre los tres municipios visitados por El Nuevo Día, los alcaldes contabilizaron 5,406 viviendas destruidas total o parcialmente. Los tres alcaldes entrevistados criticaron que los fondos de vivienda asignados por el gobierno de Estados Unidos se hayan canalizado a través del programa “Tu hogar renace”, que no cuenta con los municipios.

“El título es bonito, pero el programa es un desastre”, dijo Santiago, quien señaló que los ayuntamientos tienen ya toda la información que el Estado necesita para saber quién requiere asistencia para vivienda. En “Tu hogar renace”, sin embargo, se obliga a personas que no tienen luz, a llenar solicitudes por internet.

La mayoría de las personas no ha recibido ayuda de FEMA para la reconstrucción de sus viviendas porque no tienen el título de propiedad, que es un requisito indispensable para la ayuda.

En los municipios del centro de la isla, dijo el alcalde Santiago, “la mayoría de la gente construye su casa en parcelas que eran de la familia y no tienen papel ninguno”.

Ese es precisamente el caso de doña Eugenia. La casa en que vive ha sido de sudifunto esposo por generaciones, pero ella no sabe ni dónde están las escrituras de la propiedad. La casa perdió el techo. El cuarto en el que duerme tiene un toldo, pero se moja como quiera cuando llueve.

FEMA le negó la ayuda porque doña Eugenia no pudo mostrarles las escrituras de la propiedad. Ella no sabe dónde están los documentos. “Las tenía mi cuñado, pero élse fue para Utuado, se murió por allá y no se sabe dónde están las escrituras”, cuenta.

FEMA le pidió que hiciera una declaración jurada que pruebe que la casa es suya. Hizo la declaración jurada, la envió y meses después sigue esperando.

A su hijo Ángel le aterra pensar que no se les dé ninguna ayuda para arreglar el techo. “Yo trabajo en la finca, pero lo que me gano es una miseria. Trabajo pa’ lo básico. Dinero disponible para poder reparar el techo, yo no tengo ese dinero ni la posibilidad de tenerlo” dice el hombre, que gana $25 diarios cosechando ajíes.

“Si no conseguimos la ayuda, me iré a recoger zinc por ahí como Dios nos ayude, porque no hay de otra”, dice.


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