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prima:Edwin Quiles Rodríguez: “La arquitectura es una herramienta de poder”

El Humanista del Año 2021 repasa cómo el diseño es un elemento poderoso en la protección, organización y desarrollo de las comunidades

22 de mayo de 2022 - 11:40 PM

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Esta historia fue publicada hace más de 4 años.
Desde temprano en su vida, el arquitecto y planificador Edwin Quiles Rodríguez se dio cuenta que su inspiración nacía de dibujar estructuras que se ajustaran a las necesidades y los usos que le daría la gente. (Ramon "Tonito" Zayas)

Cuando estaba en segundo año de bachillerato en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico (UPR), Edwin Quiles Rodríguez quiso hacer un cambio en el currículo y le sugirió a un profesor realizar trabajos en las comunidades aledañas al caño Martín Peña, en San Juan. Pero, lo que ideó como un proyecto para aprender mientras beneficiaban a quienes más lo necesitaban, se convirtió en una lección de cómo hacer frente a quienes se resisten a cambiar.

Y, de paso, lo ubicó fijamente en el camino de hacer llevar las discusiones sobre arquitectura, planificación y el poder del diseño a los barrios, las barriadas, a los cafetines y las marquesinas de parcelas.

“Después de mi segundo año de Arquitectura, me fui de la UPR por diferencias de criterio con el decano de la Escuela. Yo quería que la Escuela se metiera en los barrios y él me dijo que eso no era arquitectura, que, si no me gustaba, que me fuera. Entonces, conseguí una beca y me fui”, relató. Fue admitido a la Washington University, en St. Louis, Misuri. Luego, hizo una maestría en Arquitectura en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) y una segunda maestría en Planificación del London Architectural Association.

La semilla para su vocación de trabajo en comunidades desventajadas fue plantada poco después que inició estudios universitarios, cuando vivió unos meses en el ya extinto barrio Tokío, en Hato Rey. Esa comunidad estaba enclavada en los terrenos donde ahora están ubicados el coliseo José Miguel Agrelot, la sede de la Comisión Estatal de Elecciones y varios complejos de vivienda.

“Eso fue lo que empezó a cambiar mi vida, esa experiencia de ver que la arquitectura no era solamente lo que se hacía para los que podían pagar los servicios de un arquitecto, para la elite, sino sobre todo para los que viven mal, los que viven pobremente, que también necesitan una calidad de vida”, rememoró.

Ponceño de nacimiento, se reubicó con su familia en San Juan en la década de 1960. Primero, pensó que quería ser ingeniero, pero cuando se dio cuenta que la arquitectura le daría más espacio para ser creativo, solicitó admisión a la Escuela de Arquitectura.

Desde temprano, se dio cuenta que, más que diseñar edificios grandes y bonitos, su inspiración nacía de crear espacios que sirvieran a las comunidades, dibujar estructuras que se ajustaran a las necesidades y los usos que le daría la gente.

Trabajó en comunidades rescatadas –que algunos llaman invasiones– como Villa Justicia, en Carolina, y Pueblo Indio y Villa Sin Miedo, en Canóvanas, en la década de 1970. De ahí, poco a poco, se dio a conocer entre líderes comunitarios, particularmente los que enfrentaban amenazas de desplazamiento. Con ellos, trabajaba planes de desarrollo, alternativas para presentarles a alcaldes o líderes empresariales en las contenciosas reuniones en las que se discutían cómo sacar a los vecinos. Más tarde, llegó a Altos del Cabro, en Santurce, y con las lideresas comunitarias creó un plan para conservar a la comunidad a la vez que potenciaban el desarrollo económico, mediante la autogestión, del sector con vista a la laguna del Condado.

Edwin Quiles Rodríguez: “La arquitectura es una herramienta de poder”

Edwin Quiles Rodríguez: “La arquitectura es una herramienta de poder”

El Humanista del Año 2021 repasa cómo el diseño es un elemento poderoso en la protección, organización y desarrollo de las comunidades.

Fue, en esos tiempos, que recibió una invitación de la entonces saliente secretaria de Estado, Sila M. Calderón, para ser parte de un grupo de trabajo que ayudaría a idear proyectos para sacar adelante a una comunidad sanjuanera amenazada: Península de Cantera. El año 1991 apenas empezaba cuando llegó a trabajar a Cantera y, más de 30 años después, aún no se ha ido.

“Trabajar en Cantera fue uno de los privilegios más grandes. Yo tenía la oficina en el Viejo San Juan y la desmantelé, la moví a Cantera, precisamente, porque aquí me acogieron con mucho cariño y yo le cogí mucho cariño a la comunidad. Aquí, trabajamos de forma muy participativa. La planificación, la arquitectura, son profesiones, son prácticas, muy participativas”, destacó sobre el proyecto que dio pie a lo que una década después se convirtió en el programa de Comunidades Especiales.

En el camino, fue profesor de la UPR por 32 años y fundó, en 1997, el Taller de Diseño Comunitario, que aún se mantiene como uno de sus legados.

¿Cuál es su definición de lo que es la arquitectura?

—La arquitectura ciertamente tiene que ver con espacios, tiene que ver con la luz, tiene que ver con cómo uno maneja la ventilación, el lugar donde está trabajando, pero sobre todo es un evento para la gente, de la gente, con la gente. Sin la gente, es una arquitectura vacía, una escultura. Siempre hace falta ese insumo de la gente que va a habitar los espacios; la arquitectura sin gente no es arquitectura. Sin esa participación, sin esa mirada del que vive en el lugar, se queda vacía, se queda plana. Así que yo creo mucho en esa participación, creo mucho en la importancia que el que vive el lugar, que conoce más que el arquitecto del lugar, participe y opine, y contribuya a ese proceso de decisiones de qué va a ser el lugar, sea un espacio público, un espacio abierto, o sea un espacio cerrado.

¿Por qué Cantera marcó su carrera?

—En el año 1991, la señora Sila Calderón nos invitó a participar en este proyecto, montando el proyecto de Cantera. En el 92, comenzamos a trabar directamente desde Cantera, una locura de la que nunca me he arrepentido porque me permitió conocer de cerca a la gente. Por ejemplo, hicimos una mesa que era una puerta con dos burros, la montamos frente a un cafetín. La gente pasaba, ¿quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? Y aprendimos mucho de la comunidad, aprendimos mucho de diseño, cómo hacer maquetas con ellos mismos para crear conciencia de cómo son organizados los espacios para, a partir de eso, hacer propuestas que se insertaban en la comunidad. Tomar fotos de la comunidad para que ellos las comentaran. Fue una experiencia de intentar, de aprender, de desaprender... Fue una experiencia haciendo algo nuevo como arquitectos, fue tomar el conocimiento mío, pasarlo por un cedazo y salir distinto de este proyecto.

¿Por qué optó por trabajar en comunidades que, como usted dice, no son el cliente tradicional de la arquitectura?

—Pienso que la arquitectura es una herramienta de poder. ¿Por qué digo esto? Porque no es lo mismo cuando tú tienes dinero, que cuando tu comunidad es pobre y un desarrollador dice: ‘Yo quiero expropiar esa comunidad para hacer un proyecto privado’. Eso pasa todos los días, y no es lo mismo decir: ‘Yo no quiero ese proyecto’, que decir: ‘Un momentito, eso no es lo que queremos, queremos esto otro’. Tú tienes esa herramienta de que es lo que tú quieres, tú eres dueño del mundo, tú tienes ya para negociar. La arquitectura es una herramienta, es un arma que, usada adecuadamente, sirve para que los más necesitados puedan tener representación en los círculos de poder.

¿Esa misma visión la llevó a los proyectos que trabajó en el extranjero?

—Sí. Está Haití, después del temblor (de 2010), hicimos la escuela primaria en Leoganes. Yo la diseñé y la construimos con un grupo de voluntarios de Puerto Rico y con 15 padres de la escuela, que además de trabajar y aprender un oficio, tenían un ingreso de más del doble de lo que se ganaba un obrero en Haití. Cada mañana, había un tallercito de qué vamos a hacer hoy y cómo se hace, de manera que ellos pudieran aprender a pescar, no solamente que le regalen el pescado. Ese es un lema del Taller (de Diseño Comunitario), no regalamos pescado, te enseñamos a pescar. Vamos a hacerlo juntos; si tú te mueves, yo me muevo. De hecho, en Chiapas, en México, hicimos un taller para artesanas de tejido y fuimos primero a ver el sitio, a ver las condiciones, el terreno, le dijimos a las artesanas: ‘Las zapatas hay que hacerlas de esta manera; si ustedes las hacen, nosotros venimos a construir con ustedes el taller; si no las hacen, no venimos’. Hay fotos de ellas cargando bloques con los hijos.

Mencionó el Taller de Diseño Comunitario, que es un proyecto que funciona de manera exitosa en la UPR. ¿Qué lo motivó a crearlo?

—Es que la universidad es un centro de conocimiento, es un centro de inteligencia demasiado de importante y gran parte de ese conocimiento no se publica, se queda en un par de estudiantes y después de cierto tiempo se pierde. En vez de trabajar los estudiantes en proyectos imaginarios, en proyectos inventados, (con el Taller) han hecho diseños para una comunidad en Guatemala, por ejemplo. Que esa energía, esa creatividad, esa inteligencia sea aprovechada por las comunidades. De ahí, es que se dan la dinámica de la contrapropuesta, de crear proyecta de desarrollo.

¿Qué se necesita, en términos de política pública, para que el desarrollo urbano pueda servir correctamente a las comunidades desventajas económicamente?

—Se necesita querer hacerlo, porque tú tienes la opción. Si vas a hacer una oficina para un banco multinacional, ese es otro tipo de trabajo, pero, si vas a hacer un proyecto que puedes identificar quiénes son los usuarios, pueden convocarlos a una reunión, puedes estar pendiente a cómo viven, cómo quieren vivir y, tomando eso en cuenta, una pregunta te lleva a veces más lejos que tú pensar que, como tú eres el profesional, lo sabes todo y ello no saben nada. Esa lección es importante, aprender con la gente, el conocimiento es siempre compartido. El conocimiento te lleva, es como un vehículo que te permite conocer mejor el lugar que estás diseñando.

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