Aunque las tensiones entre Estados Unidos y España iban en aumento, nada hacía presagiar que el martes, 28 de junio de 1898, sería distinto para el vapor transatlántico Antonio López, que navegaba en su usual ruta entre España, Cuba y Puerto Rico para transportar mercancía, correo, pasajeros, soldados y equipo militar.
La tripulación ignoraba que, a pocas millas de su destino, la aguardaba una emboscada de la Marina de Guerra de Estados Unidos, cuyo ataque condenaría al Antonio López a descansar para siempre sobre el arrecife Angelina, frente a la costa norte de Puerto Rico.
Fue el buque USS Yosemite que, tras perseguirlo y atacarlo, lo hizo encallar en el arrecife. Sin embargo, dos semanas después, el 16 de julio, el USS New Orleans completaba la tarea bombardeando e incendiando los restos del vapor, que se hundió completamente dos horas después de ese ataque.
No obstante, la importancia de este barco va mucho más allá del contexto histórico en que se dio su hundimiento, sino que, en su momento, representaba una maravilla de la ingeniería náutica del siglo XIX.
Último viaje del López
Según datos recopilados por los historiadores de los textos “Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico” (1972), de la Editorial Edil, en Puerto Rico, y de “Cien años de vida sobre el mar: 1850-1950”, de la Editorial Vicente Riego, el jueves, 16 de junio de 1898, el Antonio López partía de Cádiz con destino a San Juan a través del Atlántico en un viaje sin novedades, hasta el lunes, 27 de junio, cuando comenzó a divisarse la costa de Puerto Rico.
Es posible que la inteligencia obtenida por la Marina estadounidense les indicara que, en ese viaje, el vapor llevaba un cargamento vital de equipo militar para reforzar a las tropas españolas en Puerto Rico.

Hacia el este, la tripulación del López comenzó a avistar un buque de vapor. A las 7:00 p.m., a unas 60 millas al norte de Arecibo, el barco ajustó su curso hacia San Juan colocando su proa hacia el este. Dos horas después, volvieron a divisar al misterioso buque. Al amanecer, el buque seguía siendo divisado por el López. Ya no les cabía duda: se trataba de un buque estadounidense.
Nuevamente ajustaron rumbo; esta vez hacia el oeste sin perder de vista la costa.

De acuerdo a los textos, a las 3:00 a.m. del 28 de junio navegaron a todo vapor hacia la bahía. Al filo de las 4:00 a.m. divisaron a babor el buque USS Yosemite, que rápidamente hizo una primera ronda de detonaciones con su batería de cañones. Luego, otra descarga de sobre 15 cañonazos alcanzó al Antonio López, que en la huida se acercó demasiado a la costa y encalló en el arrecife que hoy se encuentra frente a la playa Mameyal, en Dorado.
Desde San Juan zarparon los acorazados españoles Isabel II y La Concha para proteger al López, enfrascándose en un combate que se extendió hasta las 10:00 a.m. Se dispararon más de cien balas de cañón durante el choque.
Por su parte, el gobierno español organizó inmediatamente una misión por tierra para salvar el cargamento que el fuerte oleaje amenazaba con arrastrar. A pesar de que se varó a 15 pies de profundidad, la carga pudo ser rescatada.
Al ver esto, la Marina estadounidense envió, el 16 de julio, al acorazado USS New Orleans a terminar el trabajo, realizando una descarga de 20 cañonazos que perforaron el casco de la nave y la hundieron definitivamente.
El 4 de septiembre de ese año, todavía los restos continuaban ardiendo.
Maravilla de la ingeniería náutica
Según documenta el Registro Nacional de Lugares Históricos (NRHP, en inglés), el vapor Antonio López, en su momento un navío de alta tecnología, fue comisionado para su construcción por la Compañía Transatlántica de Barcelona en el astillero de William Denny & Brothers de Dumbarton, en Escocia, entre 1881 y 1882. Fue bautizado con el nombre del fundador de la empresa náutica.
Está considerado como el primer buque español con casco de acero y dotado de luz eléctrica, que operaba con una combinación de vapor y vela. Tenía una chimenea, tres mástiles y pesaba unas 6,400 toneladas.
El buque medía 370 pies de eslora, con un mástil de 42 pies de altura y un calado de 30 pies de profundidad. Desde su construcción, navegó la ruta con las más modernas comodidades de la época para pasajeros de primera clase. Entre sus atractivos, contaba con pisos de mármol, plafones tallados en maderas de alta calidad, hielo, duchas con agua caliente, electricidad en cada camarote y un gran piano de cola.
El Antonio López podía transportar a 156 pasajeros en primera clase, 72 en segunda y 27 en tercera, además de contar con 1,100 literas para el transporte de tropas hacia las colonias.
El casco del barco estaba pintado de negro con una franja roja en la parte superior, mientras que la chimenea era de color plomo. Su tripulación estaba compuesta por 74 hombres, entre oficiales y marinos, además de un médico, un practicante, un enfermero y un capellán.

“El buque es significativo por lo que representa en el desarrollo del diseño de navíos, ya que fue una de las primeras naves de su tipo construidas en acero y con sistema eléctrico. Su naufragio está estrechamente asociado con la historia de Puerto Rico”, señala el NRHP en su portal.
A pesar de yacer por casi un siglo en el fondo del mar, los restos mantienen su integridad, lo que lo convierte en un importante recurso para la investigación de la historia de la navegación y la arqueología subacuática.

Un hito submarino
El 17 de julio de 1998 el Gobierno de Estados Unidos designó los restos del barco como un “Hito Histórico Nacional”, según el Servicio de Parques Nacionales.
En la actualidad, los restos del vapor español se encuentran a unos 1,700 pies de profundidad en el extremo noroeste del arrecife y son visitados con frecuencia por buceadores aficionados de todo el mundo.

“El Antonio López se localiza mejor en embarcaciones pequeñas navegando hacia el noreste desde la playa detrás del restaurante ‘El Caracol’ (junto a la curva sur de la carretera PR-165), hasta avistar las dos cúpulas blancas de radar de la Reserva Militar de la USAF Fort Mascaro, en Punta Salinas”, señala el portal del Servicio de Parques Nacionales.
“Dado que las cúpulas nunca se superponen, navegue hacia el este, con un rumbo magnético de 103 grados. Este rumbo cruza las tres calderas de estribor del Antonio López, que se ven fácilmente desde una embarcación que se mueve lentamente”, añade.
Según la agencia federal, el barco se encuentra prácticamente intacto, en el mismo lugar donde encalló. La maquinaria, las calderas, los restos de la cubierta, los mástiles, el aparejo, las anclas, las cadenas, el timón, la chimenea, los extensos restos del casco de acero y el doble fondo completo están expuestos, también siguen relativamente intactos y fáciles de identificar.

