

7 de julio de 2026 - 1:12 PM

En un sendero casi vacío, entre los árboles, un adolescente observaba en silencio a quienes paseaban por el parque. No buscaba a alguien en particular. Esperaba a cualquiera. Llevaba un cuchillo y una idea fija que, según más tarde admitiría, llevaba meses creciendo en su cabeza: quería matar. No por dinero, ni por venganza, ni por odio hacia una persona determinada. Quería convertirse en un asesino en serie.
Con solo 15 años, James Fairweather sembró el terror en Colchester, en el condado inglés de Essex, al asesinar a dos desconocidos elegidos al azar. Los ataques, cometidos con meses de diferencia, fueron tan violentos que desconcertaron incluso a los investigadores más experimentados.
Durante más de un año, la policía buscó a un homicida que parecía atacar sin un patrón evidente y que desaparecía sin dejar rastros. La investigación terminó revelando un caso que conmocionó al Reino Unido: detrás de los crímenes estaba un adolescente retraído, fascinado por algunos de los asesinos seriales más conocidos de la historia y convencido de que también podía ocupar un lugar entre ellos.
James Fairweather nació el 5 de agosto de 1998 en Colchester, dentro de una familia trabajadora. Quienes lo conocieron durante su infancia lo describieron como un chico extremadamente tímido, reservado y con pocas habilidades para relacionarse con los demás. En la escuela sufría burlas por sus orejas prominentes y pasaba buena parte del tiempo aislado de sus compañeros.
A esos problemas se sumó una dificultad que durante años pasó inadvertida; Fairweather tenía dislexia, pero el trastorno no fue diagnosticado durante su infancia. Las complicaciones para leer y escribir afectaban su rendimiento escolar y alimentaban una frustración que pocas personas parecían advertir. Sus calificaciones eran irregulares y, aunque los docentes lo recordaban como un alumno silencioso, nada hacía pensar que terminaría protagonizando uno de los casos criminales más impactantes del país.
Con el paso del tiempo, el aislamiento fue dejando lugar a una obsesión cada vez más intensa. Mientras otros adolescentes dedicaban horas a los deportes o a los videojuegos, Fairweather consumía documentales, libros y material sobre asesinos seriales. Pasaba horas investigando algunos de los crímenes más conocidos del Reino Unido y de Estados Unidos. Admiraba a figuras como Ted Bundy, Peter Sutcliffe, Ian Huntley y Myra Hindley.
Los investigadores comprobarían más tarde que no se trataba de una curiosidad pasajera. En su computadora, en su teléfono y entre sus pertenencias aparecieron búsquedas constantes sobre homicidios, recortes de noticias, fotografías de criminales y material relacionado con algunos de los casos más violentos de las últimas décadas. Según concluyeron durante el posterior juicio, aquella fascinación había dejado de ser un interés para convertirse en un modelo que aspiraba a imitar.
Con el tiempo también comenzó a construir un relato sobre sí mismo. Durante los interrogatorios afirmó que escuchaba voces que le exigían hacer “sacrificios” y que le ordenaban matar. Sin embargo, esa explicación sería uno de los principales puntos de discusión durante el proceso judicial.
La tarde del 29 de marzo de 2014, Fairweather salió de su casa armado con un cuchillo y caminó hasta Castle Park, uno de los espacios públicos más concurridos de la ciudad. No había elegido una víctima antes de llegar: esperó hasta encontrar a alguien que estuviera solo.
La persona que apareció en su camino fue James Attfield, un hombre de 33 años que años antes había sufrido una lesión cerebral y disfrutaba de una tarde en el parque.
No existía ningún vínculo entre ellos.
Sin previo aviso, el adolescente se acercó y comenzó a atacarlo con el cuchillo. La agresión fue de una violencia extrema. La autopsia determinó que Attfield recibió 102 puñaladas. El tribunal describiría después el crimen como un ataque “brutal, implacable y cobarde”, mientras que los investigadores señalaron que la cantidad y distribución de las heridas evidenciaban una violencia sostenida que excedía ampliamente la necesaria para causar la muerte.

La escena desconcertó a la Policía. No faltaban pertenencias, no existían antecedentes de conflictos entre víctima y agresor y ningún testigo pudo aportar un motivo que explicara semejante ensañamiento.
Durante semanas, la investigación avanzó sin un sospechoso claro. Cuando la conmoción por el crimen comenzaba a disminuir, volvió a ocurrir.
El 17 de junio de 2014, casi tres meses después del primer asesinato, Nahid Almanea, una estudiante saudí de 31 años que cursaba estudios de posgrado en el Reino Unido, caminaba por el sendero natural de Salary Brook Trail cuando fue atacada por la espalda.
Al igual que en el crimen anterior, no hubo discusión ni intento de robo. Fairweather la apuñaló en reiteradas oportunidades con un arma blanca. Durante el examen forense, los especialistas también detectaron heridas en los ojos y en el cráneo de la víctima. Más tarde, el propio acusado declararía que había actuado de esa manera porque creía que así impediría que “viera el mal”.
Los dos homicidios instalaron un clima de miedo en Colchester. Los investigadores ya estaban convencidos de que enfrentaban a un mismo autor, alguien extremadamente violento que elegía víctimas al azar y que podía volver a atacar en cualquier momento.
La ciudad comenzó a mirar con desconfianza sus parques y senderos. Personas que hasta entonces caminaban solas modificaron sus rutinas, mientras la Policía intensificaba patrullajes y pedidos de colaboración. Sin embargo, durante meses el responsable siguió siendo un desconocido.
La investigación dio un giro inesperado más de un año después del primer crimen. El 27 de mayo de 2015, un hombre que paseaba a su perro por un sendero de Colchester advirtió algo que le llamó la atención. Entre unos arbustos había un adolescente inmóvil. Llevaba guantes, pese a que el clima no lo justificaba, y permanecía atento a cada persona que pasaba por el lugar.
La escena le resultó extraña. Decidió acercarse y preguntarle qué hacía allí. La respuesta fue tan inesperada como inquietante: “Estoy buscando a mi siguiente víctima”.
El hombre no interpretó aquellas palabras como una broma. Se alejó y llamó de inmediato a la policía. Cuando los uniformados llegaron, encontraron al adolescente aún en el lugar; no intentó escapar ni ofreció resistencia. Durante el cacheo descubrieron que llevaba oculto un cuchillo limpio entre sus ropas.
En los interrogatorios posteriores, Fairweather habló con una tranquilidad que sorprendió incluso a los policías que participaron de las entrevistas. Dijo que escuchaba voces que le exigían hacer “sacrificios” y que le ordenaban matar.
En uno de los registros audiovisuales difundidos después del juicio, relató que esas voces le decían que necesitaban otra víctima. También aseguró que, mientras atacaba a una de las personas, las escuchaba reír cada vez con más intensidad.
Sin embargo, esa explicación pronto empezó a ser cuestionada. Durante el allanamiento de su vivienda, los investigadores encontraron abundante material relacionado con asesinatos y asesinos seriales. Había fotografías, recortes periodísticos, anotaciones personales, películas de terror, libros sobre crímenes reales y búsquedas en internet vinculadas con homicidios y con técnicas para matar.
También descubrieron que seguía con atención casos protagonizados por criminales notorios y que conservaba imágenes de algunos de ellos en su teléfono.
Para los detectives, el contenido de esa habitación mostraba hasta qué punto aquella fascinación había ocupado un lugar central en su vida. Más tarde, durante el juicio, los investigadores describirían ese espacio como un ambiente donde la violencia estaba presente de manera permanente.
El proceso comenzó en abril de 2016 ante el Tribunal de la Corona de Guildford. Fairweather admitió haber causado las muertes, pero su defensa sostuvo que padecía una alteración mental que disminuía su responsabilidad penal. Según esa estrategia, las voces que decía escuchar habían condicionado su conducta y lo habían llevado a cometer los ataques.
La fiscalía respondió que los crímenes mostraban exactamente lo contrario. Expuso que el adolescente había salido armado de su casa, había elegido víctimas completamente desconocidas, había esperado el momento oportuno para atacar y había actuado sin dejar rastros inmediatos que permitieran identificarlo. Además, recordó que después de los homicidios Fairweather seguía con atención la cobertura periodística de los casos y continuaba investigando sobre asesinos seriales.
Durante el juicio declararon especialistas en salud mental que analizaron su estado psicológico. Si bien coincidieron en que presentaba distintos problemas emocionales y de desarrollo, los peritos descartaron que padeciera una psicosis que anulara su capacidad para comprender lo que hacía. Uno de los expertos incluso sostuvo que la manera en que Fairweather describía las supuestas alucinaciones sonaba más parecida a escenas tomadas de películas de terror que a los relatos habituales de pacientes con ese tipo de trastornos.
El jurado no aceptó la explicación de la defensa. Lo declaró culpable de dos asesinatos.
Al momento de dictar sentencia, el juez Robin Spencer calificó los homicidios como “brutales y sádicos” y remarcó que las víctimas habían sido elegidas completamente al azar, sin que existiera entre ellas y el acusado ningún tipo de relación.
Por cada uno de los asesinatos, Fairweather recibió una condena de prisión perpetua. El magistrado fijó un período mínimo de 27 años de cumplimiento efectivo antes de que pueda solicitar una eventual revisión de su situación, descontando el tiempo que ya llevaba detenido. Incluso si algún día recuperara la libertad, permanecerá bajo supervisión de por vida.
Meses después, la defensa intentó reducir la pena al sostener que el tribunal no había dado suficiente importancia a la edad que Fairweather tenía cuando cometió los crímenes y a su estado mental. Pero la apelación fue rechazada: los jueces concluyeron que la condena era adecuada para un caso de extrema gravedad y respaldaron la decisión adoptada durante el juicio.
Hoy, Fairweather permanece internado en una institución psiquiátrica de alta seguridad mientras continúa cumpliendo la condena impuesta por la Justicia británica.
Entre las producciones más conocidas se encuentra Britain’s Most Evil Killers, que dedica un episodio al doble homicidio ocurrido en Colchester y repasa el perfil del adolescente, los ataques y el proceso judicial. También fue abordado por Killer Kids, una serie centrada en menores de edad que cometieron crímenes violentos y que reconstruye cómo la obsesión de Fairweather por los asesinos seriales terminó convirtiéndose en realidad.
Aunque hasta el momento no se publicó un libro dedicado exclusivamente a James Fairweather, el caso suele aparecer citado en obras que analizan homicidas juveniles y el comportamiento de asesinos seriales. Entre ellas se destacan Children Who Kill, que reúne distintos casos de menores que cometieron asesinatos, y The Anatomy of Evil, donde se examinan los perfiles psicológicos y las motivaciones detrás de algunos de los criminales más violentos.
La historia también fue reconstruida en podcasts especializados en crónica policial, como Murder Mile UK True Crime y They Walk Among Us, que repasaron la investigación, los testimonios presentados durante el juicio y el impacto que los crímenes provocaron en la comunidad de Colchester.
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