Joanne M. Rodríguez Veve
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De la adversidad a la oportunidad

Los pronósticos de las economías mundiales no son alentadores. Se proyecta un aumento en las deudas nacionales, el ensanchamiento de los déficits presupuestarios, mayores tasas de desempleo y el aumento de la pobreza e inequidades sociales. Ante estas señales que anuncian un posible devenir infausto, todavía nos queda la opción de no caer en la tentación del derrotado que se inmola a la suerte de la desgracia, sino de actuar con el optimismo del que sabe invertir su esfuerzo y recursos hasta el último momento.

A raíz a de la pandemia, Puerto Rico no solo ha destinado sumas millonarias como parte de un plan local de rescate económico, sino que ha recibido y recibirá del gobierno federal muchísimo más dinero para estimular la economía. Dichas inyecciones económicas nos ofrecen una oportunidad, de tipo providencial, para reiniciar y comenzar a dar pisadas firmes hacia el progreso. Pero dependerá de nosotros, de la visión de país que tengamos y de cómo administramos e invertimos el dinero.

Yo vislumbro un país de emprendedores, con una clase empresarial local robusta que continúe solidificando nuestro desarrollo y progreso económico. Por eso, creo que es el momento oportuno para que gran parte de los estímulos económicos sean dirigidos a este sector que actualmente constituye la espina dorsal de nuestra economía. De su fortalecimiento dependerá no solo la preservación de negocios, sino cientos de miles de empleos del sector privado y la propia operación del gobierno. Del sostenimiento de ambas estructuras, tanto la privada como la pública, dependerá el andamiaje económico y de bienestar social de todas las familias en el país.

Por lo tanto, veamos en la adversidad una oportunidad para fortalecer al empresario local a través de mecanismos más accesibles de financiamiento; permisología al instante de aquella actividad que no tenga impacto ambiental o de salud; apoyo logístico desde el gobierno o a través de alianzas con las universidades en el área de infraestructura, asesoría legal y/o financiera en la etapa inicial de arranque del negocio (start-up); e impulsando una revolución de infraestructura tecnológica que nos permita a todos tener acceso, de manera ágil y económica, a la tecnología y al ciberespacio.

En la medida en que invirtamos inteligentemente nuestros recursos para propulsar la transición de una cultura económica de consumidores a una cultura económica de emprendedores, estaremos invirtiendo en la gente, en mejores oportunidades educativas, en acceso a servicios públicos de excelencia, especialmente para los más vulnerables, y en mayores posibilidades de desarrollo para todos. En fin, estaremos solidificando las bases de una sociedad más eficiente, inteligente y justa.

De aquí a unos cuantos años me gustaría mirar para atrás y decir: el 2020 fue el año del gran reinicio del emprendimiento puertorriqueño.


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