


Alrededor del 70% de mi clase de secundaria se marchó de Puerto Rico. No se fueron buscando aventuras. Se alejaron de su patria para procurar una mejor calidad de vida. Hoy muchos publican fotos de la playa con un “extraño mi isla”. La nostalgia de la diáspora es real y la respeto. Pero detrás de casi todas esas despedidas hay algo más fuerte que la nostalgia. Es la responsabilidad de darle calidad de vida a la familia. Nadie se va de Puerto Rico porque dejó de quererlo. Se va porque, en algún momento, sintió que aquí no podía darles a sus hijos lo que necesitaban.

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