


Parte de la crisis en la democracia contemporánea se debe a los fallos estructurales de la representación electoral. La situación nos ha llevado a estar “gobernados” por unas élites extractivas de políticos narcisistas. Los políticos parecen vivir para ser vistos, fotografiados, televisados y para reproducirse “eternamente” en las malsanas redes sociales. Exhiben un narcisismo crónico: necesitan mucha atención constante, incluso antes de llegar a ser políticos electos. Además, luego de fracasar en la política, se regodean en la hiper-presencia en los medios. Lo vemos todos los días en el vaudeville colonial isleño, pero también está el caso extremo de Donald Trump, quien ahora desea aparecer hasta en los pasaportes.

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