


Puerto Rico se sufre. Todos los días. No se trata únicamente del bombardeo negativo de los medios sobre la futilidad novelesca con que se desempeñan nuestros gobernantes y sus diferencias ególatras y de poco valor entre quienes aspiran a puestos electivos. No es sólo la “zamacuquería” de quienes alteran nuestro ordenamiento jurídico para ajustarlo a intereses particulares o de descubrir cuán maleado y podrido se encuentra el funcionamiento del andamiaje gubernamental. Tampoco es la solapada y a veces descarada intención de dirigir el país o la oposición para adelantar un estatus político, que a fin de cuentas, en la manera en que es tratado, depende del Congreso de Estados Unidos. Mientras eso ocurre, el país en todas las esferas de su actividad productiva y significativa, se derrumba ante nuestros propios ojos.

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