


La historia tiene una extraña costumbre: cada cierto tiempo reaparecen figuras que obligan a preguntarnos si los sistemas políticos están diseñados para gobernar o para entretener. En ese sentido, comparar a Donald Trump con Calígula puede parecer exagerado, incluso irresponsable. Después de todo, uno fue emperador romano en el siglo I y el otro presidente de los Estados Unidos en el siglo XXI. Sin embargo, desde la ciencia política, las comparaciones no se realizan para equiparar personas de manera literal, sino para identificar patrones de ejercicio del poder. Y allí es donde la figura de Calígula vuelve a cobrar relevancia.

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