


Durante el pasado año y medio, normalidad, no es un calificativo que describa bien los desarrollos en la gobernación de Jenniffer González. Sus primeros meses en el cargo se consumieron en disputas con el Senado sobre la idoneidad de ciertos designados al gabinete. En el proceso, hubo intercambios intensos entre González y el presidente senatorial Thomas Rivera Schatz. Los mismos, aunque tuvieron efectos sobre las operaciones del gobierno y la armonía interna dentro del Partido Nuevo Progresista (PNP), podían justificarse como producto de las visiones particulares de dos líderes fuertes que defendían sus prerrogativas constitucionales. Pero lo peor estaba por venir.

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