Hasta las últimas décadas del siglo pasado, visitar cada domingo uno de los múltiples hipódromos existentes en la isla para probar suerte apostando en las carreras de caballos era una actividad que denotaba prestigio social. En muchas ocasiones, estos lugares constituían un símbolo de imagen y estatus, donde no solo se practicaba este deporte, sino que también servían como punto de encuentro para la aristocracia criolla.
La relevancia social de los hipódromos durante las primeras décadas del siglo XX quedó reflejada en la prensa de la época. Así lo evidencian las portadas de la revista Puerto Rico Ilustrado, en su edición del 8 de junio de 1911, y de la revista El Gráfico, especialmente en su edición del 25 de enero de 1912, donde se muestra a la aristocracia local disfrutando de las carreras de caballos mientras lucía los elegantes atuendos característicos de la época.
Esa prominencia también se reflejaba en el número de hipódromos en funcionamiento: solo en la zona metropolitana de San Juan operaron seis hipódromos durante la primera mitad del siglo XX.

Según el historiador Aníbal Sepúlveda Rivera, catedrático retirado de la UPR, en su artículo “En clave autobiográfica; En clave pública: lugares y significados de los hipódromos puertorriqueños”, esos hipódromos en la zona metropolitana de San Juan operaron entre 1905 y 1959 y se desglosan como sigue:
Hipódromo de la Parada 20
Ubicado cerca de la Plaza del Mercado, en Santurce, fue inaugurado en 1905 y operó hasta 1915. Estuvo localizado al sur de la carretera central, hoy conocida como avenida Ponce de León, y fue desarrollado por una empresa privada conocida como San Juan Racing Sporting Club, que construyó la pista de 800 metros.
Hoy, su más visible legado puede verse en la vía pública bautizada en su honor: la calle Hipódromo, en Santurce.

Hipódromo La Feria
En su artículo, Sepúlveda Rivera explica que este hipódromo, inaugurado el 22 de febrero de 1913, no solo fue un hipódromo, sino “un espacio urbano multiusos”.
“Allí también se celebraron las ferias insulares. Tanto es así que en 1914 era conocido como La Feria. Allí desfilaban también las carrozas de los carnavales. Era un espacio moderno de visibilidad social…allí aterrizó en 1928 el aclamado piloto Charles Lindbergh”, indica el historiador.

Este espacio contaba con una pista de 1,000 metros de circunferencia y estaba ubicado en los terrenos comprendidos entre la carretera que discurría por la comunidad Puerta de Tierra —actualmente la avenida Constitución— la Batería de El Escambrón y el Fortín de San Gerónimo del Boquerón.
Más tarde se le conocería como el Hipódromo La Ocho, en referencia a la “parada” donde ubicaba, hasta su cierre el 28 de junio de 1959.
Hipódromo Las Casas
Sepúlveda Rivera explica que, tomando el nombre del antiguo campo de entrenamiento de soldados para la Primera Guerra Mundial, se fundó en Santurce otro hipódromo el 13 de abril de 1934: el hipódromo Las Casas.
“En la década de 1930 ya se habían democratizado muchas de las socializaciones urbanas. Este hipódromo tendría un perfil mucho menos aristocrático”, argumenta el catedrático.

Propiedad del empresario, comerciante y aficionado hípico José Rexach, poseía una pista de 1,200 metros y estaba localizado donde hoy se encuentra el residencial público Las Margaritas.
La última tanda hípica fue celebrada el 16 de noviembre de 1956.
Hipódromo Quintana
El primer hipódromo en Hato Rey fue el Quintana, inaugurándose el 6 de mayo de 1923 y operando hasta el 30 de diciembre de 1956. Fue fundado por el acaudalado agricultor y empresario, Deogracias “don Deo” Viera Rodríguez, y luego pasó a manos de su hijo, Deogracias “Graso” Viera.
En la actualidad, los antiguos terrenos del hipódromo albergan el complejo residencial del mismo nombre. Según Sepúlveda Rivera, fue allí donde, tras su muerte en 1956, fue sepultado el legendario caballo de carreras Camarero, una de las grandes estrellas del hipismo puertorriqueño.
“Recién inaugurado, se publicó a toda página en el Libro de Puerto Rico (1923) un anuncio del hipódromo Quintana. Apelaba al turismo internacional y local a visitar el hipódromo donde los grandes industriales y las mujeres vestidas elegantemente a la última moda acuden los domingos a participar de sus amenidades y desde luego a apostar en las carreras”, indica el historiador en su artículo.
Como todo negocio que busca mantenerse a flote, el hipódromo trató de diversificar sus atracciones a medida que la competencia se saturaba, presentando, incluso, corridas de toros.

“Originalmente tuvo una pista de 1,100 metros y luego fue expandida a una milla, siendo el primer hipódromo con tales dimensiones. También, fue el primero con edificaciones de acero y concreto armado con acomodo para más de diez mil personas”, indica el historiador.
Hipódromo de Las Monjas
El 31 de julio de 1927, el Hipódromo Las Monjas abría sus puertas, convirtiéndose rápidamente en el más emblemático de los tres que operaban en esa zona. Activo hasta el 3 de octubre de 1952, estuvo localizado entre las paradas 28 y 29, en Hato Rey, en lo que hoy se conoce como la “Milla de Oro”.

“Poseía una pista de una milla de circunferencia y fue el primero con dos ‘chutes’, uno en los 1,300 metros y el otro para celebrar carreras a 1,500 metros”, indica Sepúlveda Rivera.

Hipódromo Mira Palmeras
Este hipódromo, que ubicaba en la zona de Villa Palmeras, frente al cementerio de ese sector de San Juan localizado en la avenida Eduardo Conde, no operó por mucho tiempo, de acuerdo a Sepúlveda Rivera. Su diseño y construcción fue comisionado al ingeniero Ramón Llobet, inaugurándose el domingo, 31 de octubre de 1938.
“Este hipódromo tuvo una vida efímera. Fue también un proyecto de Deogracias Viera, el dueño de la finca donde estaba el gran hipódromo Quintana”, explica el historiador.
Este espacio estaba dirigido principalmente a un público más popular, a diferencia de los hipódromos Quintana y Las Monjas, que atraían principalmente a miembros de la aristocracia.
Durante la década de 1930 surgieron varios problemas legales con los hipódromos de Puerto Rico, narra el historiador, y tuvieron que cesar operaciones por un período de tiempo.
Entre otras cosas, según el comunicador Joe Bruno, algunos cierres se debieron a discrepancias entre las administraciones de los hipódromos de Las Monjas y Las Casas en cuanto el itinerario de las carreras en los demás hipódromos.
Aunque los hipódromos pudieron resumir operaciones cuando se solucionaron los problemas legales, Mira Palmeras fue abandonado sin dejar rastro tangible.
Un milagro hípico presente en nuestra cultura
Las carreras de caballos preceden a los hipódromos por décadas, si no por siglos. Antes de que existieran modernas instalaciones para el hipismo, las carreras de caballos se realizaban clandestinamente en las calles del país, igual que hoy se realizan carreras clandestinas de automóviles.
Uno de los ejemplos más notables fueron las llamadas “carreras cuesta abajo” que se realizaban en el siglo XVIII, durante las fiestas patronales de San Pedro y San Pablo, a lo largo de la Calle del Cristo, en el Viejo San Juan.
Un trágico suceso relacionado a estos eventos fue relatado por el historiador Cayetano Coll y Toste en su obra Leyendas Puertorriqueñas (1924), donde cuenta sobre el terrible desenlace del joven jinete Baltasar Montañez, quien, en 1753, perdió el control de su caballo durante una de estas carreras, precipitándose por el acantilado, al final de la Calle del Cristo, cuando la capilla que hoy lleva el mismo nombre todavía no había sido construida.
La caída fue estrepitosa, pero el joven jinete no habría muerto al instante: tuvo tiempo de confesarse con un sacerdote antes dar su último suspiro.
Coll y Toste señala que el secretario de gobierno en ese entones, don Tomás Mateo Prats, había invocado al Santo Cristo de la Salud justo en el momento en que presenció la caída de Montañez, a lo que le adjudicó que no muriera al instante, dándole tiempo para confesarse.
Desde entonces, el lugar se convirtió en un punto de devoción católica y, entre 1753 y 1780, se construyó la Capilla del Cristo, en honor al “milagro” presenciado ese día de carreras de caballo.

